jueves, 10 de febrero de 2022

DADDY LONG LEGS: LA CEREMONIA DEL FUEGO

 

Sala Santana 27, Bilbao

 

Existen grupos que evocan por completo esa sensación que debían tener nuestros ancestros cuando se juntaban en torno a una hoguera en un bosque perdido. Esa pulsión animal o primitiva que incita a los participantes a bailar y sacudir el cuerpo como si en realidad estuvieran despojándolo de malos espíritus. Y lo cierto es que el infierno de restricciones y limites de aforo que llevamos soportando durante varios meses bien merecería algún que otro acto de desagravio.

Puesto que esta última iniciativa jamás vendrá de instituciones públicas, más preocupadas en acabar con el sector hostelero y cualquier atisbo de cultura, no parece descabellado que la voluntad popular adopte ese papel y homenajee con sus acciones la paulatina vuelta de la música en directo. Y para ello nada mejor que el trío de Brooklyn Daddy Long Legs con su apelación al blues añejo y salvaje de antaño aderezado de garage rock y una actitud avasalladora digna de los combos más broncos del punk.

Esas descomunales ganas de ver a artistas de cerca en su hábitat natural se palpaban en el ambiente, que andaba muy concurrido y que podría haberlo estado más si no fuera por esa dictadura del balompié que parece que obliga a parar el mundo en determinados días. Nosotros a lo nuestro, que bastante esfuerzo se había hecho con un bolo programado en su origen en el garito Crazy Horse y que hubo que cambiarlo a la sala Santana 27 por las medidas decretadas por el Gobierno vasco. Ojalá con el fútbol mostraran un celo idéntico.

Como a auténticos elegidos que creían en la redención a través del rock n’ roll se podría calificar a los asistentes al bolo de Daddy Long Legs, unos tipos de apariencia elegante que no dudaban en revolcarse en el fango sónico si la ocasión lo merecía. Ya de entrada, su voceras, que también soplaba la armónica que daba gusto oírle, reivindicó el oasis de libertad que había esa noche en el recinto con las siguientes palabras: “Esto es un show de rock n’ roll, no tenemos gente sentada en sillas”.

Y así era, con las primeras filas copadas por chicas bailongas dándolo todo y que acrecentaron la sensación festiva que predominaba en el lugar. No era complicado meterse de lleno en el rollo de estos neoyorquinos con piezas tan impetuosas como “Long John’s Jump”, toda una chispa para desatar el contoneo inmisericorde.

Con el personal comiendo de la mano, no tardaron en alcanzar uno de los puntos álgidos de la velada con “Winners Circle”, que podría pasar por un corte de Diamond Dogs por su halo stoniano. De lo mejor del repertorio. Y no se les caían los anillos por picar de canciones ajenas, caso del “High Flyin’ Baby” de Flamin’ Groovies, que la tocaban con tanta convicción como si fuera una composición propia.


Fue un recital muy entretenido, con píldoras que no mareaban la perdiz e iban directas a cumplir su cometido. El frontman acaparaba la atención total en cuanto soplaba la armónica y no hablemos ya de cuando le daba por pasearse entre la concurrencia. La mítica expresión de menos es más se cumplió milimétricamente en la actuación de los neoyorquinos, pues certificaron que para pasarlo realmente bien tampoco hace falta inventar la rueda ni excesivos desarrollos instrumentales. Basta con tocar las teclas adecuadas y echarle bemoles al asunto.

Muchos temas suyos, como “Pink Lemonade” por ejemplo, parecen creados para ser interpretados en un garito, la verdad es que no me los imagino tocando esta pieza que rezuma humo por doquier y aliento de tugurio a pleno sol. Y lo mejor de estos tipos es que sabían cómo convertir cada número en un auténtico espectáculo, se notaba que llevaban años arrastrándose por los escenarios con una dignidad fuera de toda duda. ¿Quién quiere petar estadios cuando puedes sorber la voluntad de los asistentes en pequeños recintos? Pura cuestión de principios.

Debía haber algún tipo de broma interna, pues de vez en cuando soltaban la palabra “cachopo”, quizás los vestigios de una estancia previa en Asturias, y no pensábamos que en un determinado momento se llegara a montar hasta un pogo con la armónica del vocalista. No en vano sopló tanto este instrumento que no hubiera sido extraño que se prendiera fuego. Y en plena comunión con el respetable, el voceras se arrodilló y se atusó el pelo como si fuera Elvis, un movimiento secundado por sus más discretos compis de escenario, que seguían al líder sin cuestionar lo más mínimo sus decisiones.

La petición de bises se convirtió en algo obligado cuando se retiraron brevemente de escena y hasta se escuchó un emocionado irrintzi. “¡No se puede dormir!” repetían los norteamericanos cuando regresaron para otorgar el golpe de gracia. La armónica siguió sonando a machete en “Death Train Blues”, si no nos equivocamos, pero con el atractivo añadido del vocalista dándose un garbeo entre el respetable y casi preguntando uno a uno “Do you feel allright?”. La magia de los conciertos reducidos.

Toda una ceremonia del fuego montó este indómito trío con actitud a raudales, una armónica omnipresente que se elevaba por encima de los mortales y féminas bailando desenfrenadas como si en realidad lo hicieran alrededor de una hoguera, en un peculiar aquelarre por la salvación del rock n’ roll, y también la nuestra, qué coño. Alimento espiritual en época de inanición cultural que caía cual maná divino del cielo. Abramos de par en par las alforjas.

 

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

 

 

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