lunes, 16 de diciembre de 2019

ROBER PERDUT + KINKI BOYS: LA VIDA EN EL FILO


Sala Shake, Bilbao

Existe tanta y tan variada oferta cultural en la actualidad los fines de semana que casi se antoja todo un encaje de bolillos decidir lo que uno va a asistir el viernes o sábado. Una empresa harto complicada si tenemos en cuenta la espectacular transformación que ha sufrido en este sentido la capital vizcaína hasta llegar a niveles que nada envidiarían las grandes urbes de la península. Frente a consolidados recintos, otros viejos conocidos como el Crazy Horse retoman su actividad concertil mientras siguen surgiendo garitos modestos que se apuntan a la moda de que toque peña en su local. No hay nada como una programación potente con nombres internacionales tipo la de La Nube de Santutxu para dinamizar cualquier local.

En el Shake llevan ya un tiempecito considerable aportando su granito de arena al circuito bilbaíno con figuras tanto locales como foráneas y se han convertido en una parada inexcusable de camino al Kafe Antzokia, situado a escasos metros. O viceversa, si uno realiza el trayecto inverso. Por ese mismo motivo, no son pocos los artistas que después de actuar en recintos más grandes, optan por acudir allí a relajarse y tal vez hasta compartir experiencias con los fans en un ambiente más distendido.


Había otras alternativas interesantes aquel día, pero nos decantamos por ver una vez más al enérgico trío Kinki Boys, pese a que ya habíamos coincidido con ellos hace no demasiado en El Tubo de Barakaldo. Pero aquella era una apuesta segura, sin riesgo de ningún tipo, pues de ningún bolo suyo hemos salido decepcionado ni ningún término que se le acerque. Fue como tirarse en plancha a una tumbona y esperar tranquilamente a que nos abaniquen. Así cabe entenderse determinados conciertos.

Ante una afluencia de público modesta, Kinki Boys abrieron la velada apelando a ese territorio incierto entre el rock n’ roll macarra y el siniestrismo que conforma su glorioso debut de este año. Basta comprobar cómo suenan en las distancias cortas “Vete” o “Tengo un plan” para convertirse de inmediato en seguidor de la banda. El magisterio de Jordi Vila a la voz y las baquetas continúa siendo inapelable, todo un espectáculo en sí mismo.
Jordi Vila impartiendo magisterio.
 Como hemos dicho, ya acudimos a un recital suyo hace poco, así que no nos detendremos en exceso en el repertorio, compuesto básicamente por piezas de su primer disco más algunas versiones escogidas con bastante buen gusto. Si en su bolo barakaldés, por ejemplo, echamos muy de menos “Esta noche” de Commando 9mm, en esta ocasión sí que atronó y además nos obsequiaron con “A sangre fría” de La Broma de Ssatan, que no se la habíamos escuchado hasta entonces.
La influencia de Parálisis Permanente se palpó en la atmósfera ochentera de “Dímelo tú”, mientras que “Si algún día” conserva ese tono nostálgico y macarra de los himnos pretéritos de Loquillo y Trogloditas tipo “Piratas”. Toda una declaración de amor a la música con mayúsculas al margen de estilos y etiquetas. Y a los discos de cada colección particular.

“Respira” nos sorprendió por ser la abrupta despedida antes de los bises, desde luego no esperábamos que se fueran tan pronto. Por lo menos no tardaron en regresar con la tribal “El poblao” y un “Perdida o muerta” que tampoco estaba mal, aunque colocarla en tan privilegiada posición quizás sea pasarse. Imaginábamos que darían el golpe definitivo con el apabullante “Un día en Texas” de Parálisis Permanente, que ya han utilizado para finiquitar otras veces y habría montado un pogo descomunal, pero nada de nada. Imperarían las limitaciones de horario.


Gracias al puro azar uno puede encontrar descubrimientos fascinantes, cosas que hasta entonces nunca se les había prestado la suficiente atención se transforman en fundamentales y hasta llegan a cambiar la vida si te descuidas. Eso sería fácil que sucediera con Rober Perdut, prototipo inequívoco del malditismo en el rock n’ roll que formó parte de Los Fiambres y en 2017 sacó un álbum en solitario titulado ‘Salmos del cable’ en el que colaboraba gente insigne de la talla de Ana Curra, César Scappa o Dogo Mercenario, cuya afición por los bajos fondos tanto tiene en común con el autor que nos ocupa.

Exhibió de primeras sus credenciales con “Calamidad” y ya no habría dudas acerca del rollo que llevaría este señor, es decir, reverencia absoluta a Johnny Thunders. Letras viscerales y de jeringuilla en mano captarían de inmediato nuestra atención, al igual que su inigualable talento para subirse a las tablas y convertirse en el centro absoluto de atención. Sí, hay gente con esa capacidad inefable que ha nacido indiscutiblemente para liderar combos y hasta convertirse en estrella, si las drogas no ponen fin a su carrera, claro.

Rober Perdut, un maldito elegante.
“Estaba equivocado” reincide en el evangelio de yonkis del rock con frases lapidarias como “en el filo se está bien” o “el suicidio no está mal” que certifican que Rober posee cierta habilidad y visión para los textos poéticos decadentes, por mucho que en ocasiones abuse de los tópicos. Su peculiar manera de bailar era además hipnótica total, una suerte de Mick Jagger de puestazo que no dejaba indiferente cuando oficiaba a escasos metros. Para amar u odiar, dependiendo de los gustos de cada cual.

Conocida nuestra afición por el lado turbio del rock n’ roll, nos pareció un personaje tremendo, que se atusaba el pelo entre canción y canción y se dejaba la piel igual que si estuviera tocando ante miles de personas, una figura de otra época que bien podrías encontrarte esnifando una raya en los baños del CBGB o de cualquier otro garito histórico. En este contexto no extraña que hasta adapte al castellano a grandes del glam punk como Michael Monroe. Provocación en estado puro.


Y en este tipo de antihéroes la interacción con el respetable es fundamental, por lo que no faltó el preceptivo baile con una fan de la primera fila antes de la stoniana y macarra “Túnel de lavado”. Una parada en la senda del vicio previa a “Vende tu alma”, la culminación definitiva a cualquier acto sacrílego. Una pena que únicamente se atrevieran a amagar con el “No Fun” de The Stooges, porque si lo hubieran materializado, el bolo habría subido varios puntos.

Dos propuestas con el denominador común de la vida en el filo, profetas incómodos en una sociedad que apenas presta atención a los textos en general, no digamos ya si tratan asuntos escabrosos como hacen tanto Kinki Boys y Rober Perdut. La resistencia al buenrollismo obligatorio imperante. Copa y cigarro a la salud de los malditos.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA





jueves, 12 de diciembre de 2019

AIRBAG: DRAMA ADOLESCENTE EN VENA


Kafe Antzokia, Bilbao

Hay grupos que parecen estar hechos para que los escuche gente mayor, sentada en el sofá y acariciándose de vez en cuando el mentón mientras pegan un trago de coñac o cualquier otra bebida pollavieja. Otros combos, por el contrario, apelan a esa gloriosa época en la que comenzabas a salir por los bares o a fumar porros y sentir ese leve hormigueo en la cabeza tras algunas caladas. Y también tocaba por aquel entonces sufrir las primeras punzadas del corazón, algo que a esas edades se torna casi tan grave como una enfermedad incurable. El poeta Rilke decía que “la verdadera patria del hombre es la infancia”, pero nada hay comparable a la adolescencia, el momento donde se forja el auténtico carácter de un individuo y se viven experiencias que se quedan grabadas a fuego. Gloria eterna a la edad del pavo.

Los malagueños Airbag son una de las bandas que se han labrado todo un universo alrededor de chicas, verano, playa y ese puntillo friki de serie B que ya tenían otras formaciones como Ramones o The Misfits. Si en nuestro país abrieron la veda en los ochenta Los Nikis y Los Vegetales, luego otros como Depressing Claim, F.A.N.T.A. o los protagonistas de esta crónica perfeccionarían el estilo sin perder de vista el entrañable legado de Joey Ramone y compañía, la base imprescindible sobre la que se construiría un edificio espectacular.


Por estar viendo a Discípulos de Dionisos nos perdimos al gran Santiago Delgado & The Runaway Lovers, un habitual de los conciertos y que en el escenario se lo suele montar bastante bien, por lo menos las veces que nos hemos topado con él sobre las tablas. Lástima de coincidencia de bolos, pero seguiremos trabajando en el don de la ubicuidad.

Pensábamos que Airbag no gozarían de demasiado tirón por el norte, habida cuenta de que la vez anterior tocaron en el piso superior del Kafe Antzoki. En esta ocasión oficiaron en la sala grande habitual, y aunque tampoco puede decirse que hubiera multitudes desbordantes, consiguieron reunir a la suficiente cantidad de fieles para montar jaleo y que nadie se aburriera. Y eso que en determinados conciertos que haya o no haya gente es algo puramente anecdótico.

Ante aproximadamente una media entrada, los de Estepona arrancaron su bolo con la emocionante “Eleven y Mike”, pieza que abre su último trabajo ‘Cementerio Indie’ y que a buen seguro conservarán una larga temporada en su repertorio. Sin apenas pausa enlazaron con la maravilla “22”, crónica de un enamoramiento que tal vez ande muy alejada de sus comienzos punk, pero que en realidad se trata de toda una joya para cualquier persona abierta de mente. Y en “Coleccionista de discos” se acordaron de aquellos seres de otra época que todavía apuestan por el formato físico. La minoría silenciosa. O la resistencia. Como prefieran llamarlos.


La novedad “Centro del mundo” resultaba muy apropiada en estos tiempos tan plagados de ofendiditos y por supuesto no se olvidaron de los dramones adolescentes en “Big Acuarium”, uno de sus grandes temas que hasta provocó que subiera a las tablas un espontáneo muy emocionado. Y “El puente de los alemanes” sirvió para relajar los ánimos, a la par que admirar su maestría compositiva incluso en los cortes más sosegados.

Lo cierto es que a Adolfo y compañía se les notan unas tablas enormes en las distancias cortas, encadenan un tema tras otro según la ortodoxia ramoniana y tampoco les da por pedir a la peña que den palmas, se agachen o que hagan el pino puente, como hacen otros pesados por ahí. Lo suyo es puro amor a la música, por lo que sobran las palabras y otras sucias tretas para perder el tiempo que nos cuelan por ahí. Así deberían ser todos los conciertos.

Adolfo canta junto a un emocionado espontáneo.
“Matar a Bill” es uno de los mejores cortes de ‘Gotham te necesita’, quizás hubiéramos preferido un repertorio más punk, pero después de haber visto justo antes oficiar a toda pastilla a Discípulos de Dionisos hasta agradecimos el predominio melódico. Y les entró la vena nostálgica al recordar que hace dos décadas estuvieron en la capital vizcaína tocando en Bilborock y luego se fueron al Kafe Antzoki a ver un bolo de New Bomb Turks. Quién les iba a decir que años después andarían subidos a ese histórico escenario por el que han pasado tantas estrellas.

Sobresalió su cara más power pop con “Marcas en la hierba” y “Phantasma” antes de que por fin pisaran el acelerador punk en “Territorio Dagger” y “En los brazos de la agente internacional”, dos trallazos para levantar de inmediato del sitio. Sin llegar a tantas revoluciones, “Spoiler” sigue siendo deliciosa, algo que el personal sabía muy bien y por eso se cantó a pulmón. Pelos de punta.

Y para elevar la voz hasta la estratosfera se antoja también muy apropiada “Cómics y pósters”, un desenfreno absoluto previo a “La vuelta a la manzana”, otra para relajar sin caer en el sopor total. La pura poesía de garito “Ahí viene la decepción” tocó la fibra sensible con esa conocida situación descrita en la canción que con toda probabilidad le habrá sucedido a más de uno. Un himno anti postureo que debería resonar en redes sociales.


El aire nostálgico y acelerado a la vez de “La ola perfecta” les valió para despedirse antes de que regresaran para unos bises obligados por la afición. Casi fue un visto y no visto, aunque tuvieron el detalle de interpretar en primicia “Jonathan Richman”, un tema que, según confesó Adolfo, lo compuso pensando en Santiago Delgado, el ilustre telonero que les acompañó aquella noche.

Como no son de esos estirados que se avergüenzan de alguna etapa de su trayectoria, reivindicaron sus orígenes punk con “La chica nueva”, pura dinamita para desencadenar pogos por doquier. Faltaba lamerse las heridas con letras reales como la vida misma del calibre de la de “Tus rechazos golpean dos veces”, las calabazas nunca fueron tan dulces. Y para desparramar ahí hizo su aparición “Elena”, el frenesí evocado en una canción con la que suelen terminar los conciertos.

Por si todavía nadie se ha percatado, un servidor es bastante fan del grupo, por lo que disfrutó por igual tanto las piezas punkarras como las poperas, aunque hubiéramos preferido un predominio claro de las primeras. No pasaba nada, el drama adolescente en vena nunca pasará de moda. Y que vivan los Ramones, teníamos que decirlo.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

  

miércoles, 4 de diciembre de 2019

DISCÍPULOS DE DIONISOS: PALADINES DE LO ANALÓGICO


Sala Shake, Bilbao

La de cosas que habremos perdido con la llamada revolución tecnológica. Se nos vende como que la llegada de las redes sociales y demás ha supuesto un avance del copón, pero nunca se habla de todos los damnificados que se quedaron por el camino. Aquella manera artesanal de obtener información que consistía en pillar un tocho cualquiera y leérselo de cabo a rabo para subrayar los datos interesantes. O esa liturgia especial que había al realizar sencillos actos cotidianos como escuchar un disco en casa o acudir a un cine para disfrutar de una película en pantalla grande. Placeres que se volverán desconocidos para esas generaciones futuras que se ofenden casi por cada esquina.

En tiempos de dictadura de lo políticamente correcto convendría conservar en formol propuestas crudas y directas a la yugular como la de los históricos donostiarras Discípulos de Dionisos, pioneros del porno punk y pata fundamental de esa espectacular tríada que forman junto a sus paisanos Nuevo Catecismo Católico y Señor No, el equivalente patrio a la Santísima Trinidad del guitarreo escandinavo compuesta por The Hellacopters, Turbonegro y Gluecifer. Gente que nos recuerda qué era la música con agallas.


Andaríamos a contrarreloj para poder acudir al concierto de Airbag en el Kafe Antzokia, pero ni nos planteábamos faltar a una nueva visita a la capital vizcaína de estos azotes de la incorrección por cuyas venas corre el espíritu del verdadero punk. Y a pesar de que hemos estado en bolos suyos asfixiantes en cuanto a peña, una multitud considerable se congregó aquella noche de sábado en el Shake para rendir homenaje a la electricidad y a la actitud sin paliativos. Una cita no apta para melindrosos ni mojigatos.

Debido a que los mexicanos Los Sustos llegaron tarde al local no pudieron tocar tal y como estaba anunciado, aunque Snobs no perdieron en absoluto el tiempo con una enérgica versión del “Won’t Get Fooled Again” de The Who y piezas muy macarras como “No quiero ser como tú”. Rescataron también otros temazos para levantarse del sitio del calibre del “Bomber” de Motörhead o el apabullante “The Girl Who Lives on Heaven Hill” de Hüsker Dü, casi nada al aparato. Y hasta se montó un pogo reducido con “Sucio lameculos”. Salvaje total.

Snobs, salvajes totales.
Si realmente existen conciertos que provocan idéntico efecto al de un chupito de whisky, esos deberían ser los de Discípulos de Dionisos, una experiencia inolvidable para el que los vive por primera vez y un recordatorio de desenfreno para los veteranos. Se oyen tantas cosas acerca de sus directos que parece que cierto halo de leyenda les envuelve, como ese rumor que asegura que en alguna ocasión han tocado en pelotas o que incluso han aparecido en televisión, en concreto en ‘La noche prohibida’ de Antena 3. Y la de historias curiosas que no sabemos. Los secretos del culto.

Con el voceras y guitarra Juan completamente desatado, como es habitual, enfilaron la actuación desde el comienzo con “Vidas cruzadas”, “Mi obligación” y “Comer, beber, amar”, elocuentes testimonios de que en su estilo no caben las medias tintas. Lo suyo es puro libertinaje, pues se zambullen de lleno en el pilón y no levantan la cabeza hasta terminar. Sus temas de escasos minutos pasan de refilón, pese a que sea inevitable no berrear el estribillo de “Coca ardiendo”, en una ocasión hasta cambiaron su explícita letra por la presencia de público infantil. Y “Látigo rojo” resulta tan evocadora que no hace falta ni escuchar la primera palabra para saber de qué va el rollo.


Puede que a algunos su frenetismo les parezca demasiado cafre, pero benditos sean esos bolos en los que no se agobia a la peña pidiendo que den almas, se agachen o que hagan el pino puente, otra de las costumbres infectas de la época moderna. Imposible detenerse en semejantes sutilezas mientras los cortes casi se atropellan unos con los otros y los fieles no cesan de moverse al ritmo acelerado que proponen los giputxis.

“Seventeen” se carga de un plumazo todos esos absurdos prejuicios raciales que pululan en la actualidad y que exigen que en cada ficción tengamos muestras de diversidad, así que hale, que los susceptibles lean esta letra en voz alta, por favor. Y como “una canción sobre gente sumisa” se presentó “Soldados del orgasmo”, otra bala a la cabeza de los meapilas, mientras su inquieto voceras se tiraba por los suelos y lamía el clavijero. Si alguien quiere saber lo que es la actitud del rock n’ roll, que eche un vistazo a Juan tanto en Discípulos de Dionisos como en el proyecto Bullet Proof Lovers. Un derroche de energía sin parangón.


Y no se sabe si fue cierto o lo contaba para impresionar el personal, pero antes de “Ginger Lee” confesó que había conocido a la actriz porno que da nombre al tema y que le impresionó “su mirada felina”. En su peculiar universo cabe cierta dosis de frikismo, ya sea foráneo o patrio, como ese homenaje al cine quinqui que hacen en “Navajeros”. ¡El Torete vive!

“En la época analógica éramos más felices”, sentenció Juan previamente a arremeter con uno de sus mayores himnos, “Vagina eléctrica”. Y entonces, ni cortos ni perezosos, el cantante y el otro guitarra demostraron que en el amor no hay fronteras comiéndose la boca a la vista de todos. Sin complejos. Para mí que lo de oficiar en bolas va a ser una verdad como un templo. Fijo que se atreven a eso y a mucho más. El punk todavía puede escandalizar.

Para no perdernos a Airbag tuvimos que salir escopetados de allí, pero con la sensación de que aquello había sido un recital tremendo, como meterse varias rayas de una tacada, después de eso se podría aguantar la tralla que sea. Un agradable pitido en el oído certificaba que había sido una descarga de las buenas. Quedaba confirmado. Los paladines de lo analógico son la resistencia. Y que aguanten al pie del cañón por muchas innovaciones que lleguen. La magia de lo añejo jamás la sustituirá una máquina.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

martes, 3 de diciembre de 2019

TROPICAL FUCK STORM: HIPNÓTICA TORMENTA


Kafe Antzokia, Bilbao

Nos gusta vivir seguros, sin ningún tipo de sobresalto. Que nuestra rutina de todos los días no se vea alterada por ningún factor externo. Preferimos tumbarnos a lo largo del sofá de la zona de confort. Y que ningún elemento no deseado perturbe esa paz artificial que en realidad no merece ningún respeto. Es el descanso eterno de los muertos, de los tipos que ya no necesitan preocuparse por los aspectos terrenales y han renunciado a la interacción con el mundo exterior. Tristes vegetales sin ambición que harán lo mismo entre los vivos que criando malvas.

Si de verdad existe una música capaz de agarrarnos por las solapas y echarnos un buen rapapolvo, esa sería la de Tropical Fuck Storm, proyecto paralelo de los miembros de The Drones Gareth Liddiard y Fiona Kitschin. Unos señores que aspiran a volverse cada vez más raros con la edad y que las etiquetas de géneros se conviertan en una herramienta inútil para acertar a definir su caos sonoro en el que caben desde influencias post punk a hip hop. Una auténtica ida de olla, en definitiva.


Los asistentes al último Azkena Rock seguro que todavía no han olvidado la apoteósica sinfonía de ruido que se marcaron estos australianos que lograron eclipsar al resto de estrellas del cartel. Uno comentaba la jugada con los conocidos y era inevitable que no saliera a colación su nombre en menos de cinco minutos. Pocas herramientas de promoción hay más potentes que el boca a boca, por mucho que se cacaree tanto sobre las redes sociales. La sensación de disfrutar de algo in situ sigue siendo impagable.

Tal vez fruto de aquel éxito reciente el piso superior del Kafe Antzoki anduviera a reventar de peña una plena jornada entre semana, cualquiera diría que era sábado. Sin demorarse demasiado y con una actitud ruidista que ni los Swans, Tropical Fuck Storm desataron de primeras el caos sonoro con “Chameleon Paint” y “Who’s My Eugene?”, piezas hipnóticas para meterse de lleno en situación. De hecho, eso fue precisamente lo que hicieron muchos, puesto que para “You Let My Tyres Down” el ambiente de trance dominaba el recinto, con una multitud absorta y concentrada en los movimientos de Gareth y compañía, como si estuvieran abducidos.


El voceras oficiaba en ocasiones como si fuera un chamán y no habría extrañado que se le hubieran puesto los ojos en blanco en cualquier momento. Pese a lo experimental de su propuesta, la base que subyacía debajo de tanta chaladura era punk total, pues los gritos desgarradores eran frecuentes, así como las parrafadas casi recitadas en plan John Cooper Clarke, todo un poeta del imperdible.

Había algo mágico sobrevolando por ahí que te hacía clavar la vista en el escenario y no atreverte ni siquiera a ir a la barra para no perderte ni un instante de aquello. Dentro del carácter anárquico de su música se notaba que el espectáculo andaba muy rodado, en especial en lo que respectaba a los coros o a la descomunal pericia de su batería.


Parecían convivir varios rituales dentro de las tablas, como por ejemplo cuando Gareth se colocó la guitarra pegada al oído igual que si fuera un piel roja con la oreja puesta en la vía del tren. No había peligro de que nadie descarrilara, menos con un repertorio tan limitado que no superaba los dos álbumes. “Maria 63” se convirtió en un descenso a los infiernos antes de que juguetearan con acoples, otra costumbre ancestral en los bolos de este palo. Un hábito que se hallaba tan instaurado entre artistas y aficionados que algunos incluso dijeron que había terminado “perfecto”. Como la cuadratura de un círculo.

Pero esa noche debían de regresar obligatoriamente para unos bises, más que nada porque era el cumple del cantante, por lo que no dudaron en sacar pastel y chupitos para celebrar en su justa medida. Les desearon felicidades hasta en euskera. Y en esta tesitura de subidón, anunciaron una canción sobre “pasárselo bien”, algo tan ambiguo que dependerá obviamente del punto de vista de cada cual y que en este caso debía consistir en volverse locos con los pedales y los ruiditos. Que viva la disonancia.


Y como si se tratara de una especie de mundo al revés, “Braindrops”, la pieza que abría su último disco, servía también para despedirse con su aire a caballo entre el hip hop y el cabaret siniestro de Tom Waits, una delicia para escuchar en catacumbas, cementerios y demás sitios proclives al mal rollito. El preceptivo acople indicaba que ya se habían ido con la música a otra parte. Unos trotamundos del ruido.

Pues la hipnótica tormenta que desataron estos marsupiales empapó a unos cuantos y es muy probable que la humedad impregne todavía a más peña en la próxima visita. Esa deconstrucción del rock y el punk que ofrecen es un fenómeno meteorológico muy raro de contemplar y de que cale en los poco abiertos de mente. Aprovechemos de lleno el temporal antes de que vuelva el anticiclón.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA