jueves, 28 de abril de 2016

THE STEEPWATER BAND: LA CONFIRMACIÓN DE LA FE


Kafe Antzokia, Bilbao

Ser fiel a unos determinados principios cada vez cuesta más en la sociedad contemporánea. Que si comulgar a muerte con los preceptos de un determinado partido político, alabar a un grupo musical sobre todas las cosas y los más suicidas incluso se atreven a prometer exclusividad a una mujer en concreto. Demasiadas lealtades para tan poco tiempo en el planeta y que exigen el temple de un equilibrista para no caer en el vacío o en cualquiera de los casilleros marcados.

Hay algunas adhesiones empero que se deberían mantener inquebrantables, caso del juramento que parecen haber firmado con lo añejo los norteamericanos The Steepwater Band, que pese a comenzar su carrera como devotos del blues del Mississippi han ido expandiendo terreno hasta abarcar casi todo desde la psicodelia al rock americano vía Neil Young. No en vano han alcanzado la friolera cifra de 140 conciertos al año compartiendo escenario con estrellas de relumbrón como ZZ Top, Wilco, Cheap Trick, Bad Company, Marc Ford o Leon Russell. Un currículum que bastaría para cerrar bocas de inmediato.


Da la casualidad de que debutaron en Europa en el 2005 en el festival Azkena vitoriano y desde entonces se han granjeado un nutrido grupo de fieles por estos lares. Algo que seguramente se han ganado a pulso con giras mastodónticas por la piel del toro como la que nos ocupa con hasta 21 fechas, gran parte de ellas consecutivas, y que demuestra que están más que acostumbrados a tirar millas como alma que lleva el diablo.

La congregación respondió una vez más a la llamada de los de Chicago, aunque la mayoría se hicieran los remolones con el aperitivo de categoría Birth of Joy, unos holandeses que le daban con mucha soltura al rock psicodélico a lo Radio Moscow y por su pegada en ocasiones se acercaban a los belgas Triggerfinger. A su cantante rubiales parecía que le había picado un ejército de chinches y se reveló como un frontman inconmensurable. En su tiempo escaso de bolo hubo épica zeppeliniana, espesura fumeta, tralla a lo Wolfmother sin fusilar a Black Sabbath y hasta duelos de teclado y guitarra en plan Deep Purple. Tremendos, para seguirles la pista.

Birth of Joy, todo un descubrimiento.
 Al alcanzar cierto punto en la trayectoria toca renovar votos y eso lo han hecho notablemente The Steepwater Band con su último largo ‘Shake Your Faith’, por lo que consolidaron de inmediato su renacida fe con ese colosal tema homónimo que evoca a Neil Young y no perdieron empuje con la hard rockera “Walk In The Light” antes de tornarse campestres con el rock sureño de “Silver Lining”.

Pocas novedades para los que ya los hayan visto otras veces, su voceras y guitarrista Jeff Massey llevando la mayor parte del peso en escena, con la colaboración inestimable a los coros del otro hacha Eric Saylors. Y sin demasiados aspavientos, no tardaron en recorrer ese vasto territorio que comprende su versatilidad musical, con sus paradas habituales en el boogie rock en la estela de Humble Pie en “Mama Got To Rumble” o en el rock americano de toda la vida de “Be As It May”. 

Jeff Massey, responsable de mantener la fe.
Si uno esperaba innovaciones, golpes de timón o algo remotamente inesperado, podía largarse de inmediato a casa, aquel desde luego no iba a ser el lugar para experimentos. Y la verdad es que tampoco hacía falta, su amplio campo de acción en el rollo vetusto les proporcionaba los ingredientes necesarios para que no decayera la atención un ápice, por mucho que les diera por enredarse en divagaciones dignas de The Allman Brothers, un poco de vidilla a lo The Black Crowes y asunto resuelto. ¿Quién dijo aburrimiento?

Una pieza imprescindible para levantar cualquier sarao era el “Cinnamon Girl” de Neil Young, captada al instante por el respetable por ese inconfundible riff inicial. Y no se bajaron del carro de la potencia guitarrera con “Jealous Of Your Love”, donde su vocalista reveló su notable maestría a las seis cuerdas. Mucha clase se gasta el señor.


El slide de regusto algodonero “High & Humble”, aparte de una buena declaración de principios, sirvió para seguir levantando el pabellón al máximo. Lástima que luego les diera por enredarse en un gratuito solo de batería antes de ceder el turno al bajo para su momento de gloria, algo que sobraba por completo. Nunca hemos entendido la fijación de ciertos grupos por el ombliguismo indiscriminado, en especial, cuando no es ni remotamente necesario, uno podría esperar este tipo de cosas en un concierto de rock progresivo, pero ni por asomo en un combo dinámico con la diversidad estilística por bandera.


Menos mal que enmendaron la plana con “Come On Down”, que se ha convertido en un clásico en sus recitales a la par que el remedio definitivo para desencadenar palmas. Se veían por ahí camisetas de John Fogerty, el Festival Blues de Cazorla y otros eventos viejunos, aunque la camisa de cuadros de Jeff Massey no se antojaba menos mítica, ya suscitó algún comentario al respecto por parte del personal.

Dejaron para la traca final la versión de los Stones “Midnight Rambler”, cuyo comienzo parecía calcado al “Maneras de vivir” de Leño y en la que se ralentizaron los punteos mientras el griterío se incrementaba incluso con expresivos “¡Wow!”. Enlazaron además con un repentino cambio de tercio a lo “Black Night” de Deep Purple que supuso uno de los pocos instantes en el que se salieron del guión respecto a lo contemplado en otras ocasiones.


Pusieron música para amagar, pero terminaron regresando para unos bises que consistieron en el “Love In Vain” de Sus Satánicas Majestades y el rock n’ roll de categoría “Ain’t Got Love”, prueba indiscutible de que confían demasiado en su último redondo, que por cierto ha gustado a bastante gente, entre ellos un servidor.

Esperábamos que se arrancaran con su mejor tema “Remember The Taker”, estaba incluso escrito en el set list, pero optaron por prescindir de ello por un motivo que no acertamos a discernir. Por causas más baladís Lutero pudo publicar sus famosas tesis de Wittenberg, aunque les absolveríamos por su nuevo acto de confirmación de la fe.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA







martes, 26 de abril de 2016

THE MORLOCKS: DÍA DE RESURRECCIÓN



Sala Satélite T, Bilbao

A veces no queda otra que mudar de piel. Dar por cerrada una etapa y adentrarse en un nuevo periodo sin mirar atrás ni descuidar aquella esencia que permanece en lo más profundo del ser. Dejar que la ruleta vital gire hasta desembocar en mil y un transformaciones que confieran sentido a todo ese proceso de caer y levantarse ad nauseam. Un motivo supremo que justifique tantas penurias, las horas sin dormir y el continuo trasegar de un lugar a otro, esa suerte de aislamiento social a consecuencia de la vida en carretera.

Las leyendas del garage punk The Morlocks han soportado ya a estas alturas una cantidad considerable de reencarnaciones que no se entenderían si no fuera por pura afición al arte. Siempre pivotando alrededor de la peculiar figura de su líder Leighton Koizumi, presente desde los tiempos de su debut ‘Emerge’ allá por 1985 y que pasó una década en el trullo por un oscuro asunto con un camello que incluyó un secuestro. 


Tras una larga temporada a la sombra, lo primero que hizo Koizumi al salir fue reflotar The Morlocks, aunque sin ninguno de los miembros originales. Su último trabajo de estudio data de 2008 y ha habido que esperar casi otra década para una enésima reunificación en la que ha juntado a lo más granado del garage punk europeo como los Fuzztones Oliver Pilsner o Rob Louwers a la base rítmica y a las guitarras Bernardette (Sonny Vincent, The Gee Strings) y Marcello Salis (Gravedigger Five).

Toda una formación de lujo que unido a su aura mítica posibilitó que el Satélite T registrara una notable afluencia de público a las puertas del fin de semana. Y es que uno echaba un vistazo a sus fotos de promo con sombreros y estética pseudogótica y casi que entraban de inmediato ganas de ir. Y si encima te ponías leer la hoja de prensa en la que decían cosas como “su directo va a fundirte la mente, hacer que tus oídos sangren y dejarte con esa sensación de querer más”, la peregrinación hacia el garito era ya un hecho.


Porque desde los primeros acordes estaba claro que The Morlocks serían una bomba de relojería, un soplamocos en la cara con la intensidad de Iggy Pop & The Stooges, la sensualidad de The Cramps y las agallas hardrockeras de The Cult, de hecho, en cuanto a gestos, su vocalista clavaba sus movimientos a lo Ian Astbury, aparte de cierto parecido físico al morrisoniano británico en su época gloriosa, no en su posterior mutación en indigente.  

Apelando a la entrepierna desde el comienzo con “Sex Panther”, no tardaron en quedarse con el personal y su bolo fue subiendo en intensidad gracias a su energética revisión de Howlin’ Wolf “Killing Floor” y rescatando a los siempre resultones Flamin’ Groovies en su clásico “Teenage Head”. Y con cierta arrogancia el voceras de pinta indígena dijo que compuso su colosal “My Friend The Bird” cuando “nuestros padres todavía estaban follando”. Bueno, tranquilo, relaje usted paquete.


Y del misticismo saltaron de un plumazo a su último sencillo “Time To Move”, que podrían haberla firmado The Chesterfield Kings, o incluso de The Dandy Warhols, todo un derroche de adrenalina ideal para las distancias cortas con guitarrazos que valían su peso en oro. Aminoraron el ritmo con la cara B del mentado lanzamiento “Hang Up”, pero no esa actitud incendiaria que parece inherente a ellos, el cantante era tan guay que soltaba un “¡Wow!” casi en cada canción y en ocasiones se asemejaba a un animal desbocado que en cualquier momento podría causar un estropicio, un elefante suelto en una cacharrería.

Pero por ahí no había figuras delicadas de porcelana que merecieran preservarse, sino una multitud expectante que ya para entonces estaba más que desperezada y hasta montaba pogos en las piezas frenéticas tipo “One Ugly Child”, el viejo tema de Downliners Sect que Koizumi ya interpretaba con su otra banda Gravedigger Five. Al igual que sus compis de género The Sonics, en directo abusaban demasiado de catálogo ajeno, aunque hay que reconocer que el lavado de cara al que las sometían era considerable, por lo que muchas veces uno no se daba ni cuenta del expolio.


Alternaron con habilidad la urgencia garajera con el poso psicodélico y el aroma vintage, con un espectacular frontman que lo mismo intentaba derruir las barreras entre artistas y respetable encaramándose a la barra de separación del escenario que se tiraba al suelo como si fuera a invocar a Manitú. “Abrasivos”, los definieron desde las filas de atrás, y no erraron en absoluto.

Quizás fieles a la ortodoxia punk, no se estiraron mucho en el repertorio, apenas una hora estuvieron sobre las tablas, pero sus pildorazos caían con verdadera contundencia sobre los fieles y tras semejante repaso no creo que abundaran los insatisfechos en el garito. Concedieron un par de bises, el lisérgico “You Don’t Know” de Roky Erickson y la declaración de principios “Born Loser” de su glorioso debut ‘Emerge’. Para dejar claro que lo suyo no es una simple moda pasajera entronizada por el gafapastismo.


Allá por 1999 la revista Spin Magazine metía la pata de forma épica al asegurar que Leighton Koizumi había muerto debido a su falta de actividad durante una década y una noticia confusa en torno a un asunto de drogas. Lejos de morder el polvo, esa noche demostró que sigue más vivo que nunca, con una vitalidad envidiable y ganas para aguantar por lo menos una larga temporada. Un milagro digno de un día de resurrección.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA



lunes, 25 de abril de 2016

THE POSIES: UNA COPA DEMASIADO CARGADA



Kafe Antzokia, Bilbao

Hay estilos con los que te podrías apuntar de inmediato a una ONG, el mundo se transforma en un radiante y colorido lugar e incluso los pesados concertiles se antojan una insignificante anomalía fácil de superar. Es lo que pasa con esas celestiales melodías de los combos de power pop capaces de producir en el cerebro efectos similares a la MDMA, un chute impresionante de fraternidad cósmica y de ganas irrefrenables de abrazar a diestro y siniestro, la droga del amor hecha música.

Los norteamericanos The Posies pertenecen sin duda a esta entrañable categoría por sus armonías vocales deudoras de The Hollies y su reverencia absoluta a los íconos del género Big Star. De hecho, sus figuras principales Jon Auer y Ken Stringfellow hasta participaron en el reflote de la misma banda en 1993 junto a Alex Chilton y se convirtieron prácticamente en su sombra hasta la muerte de este de un ataque al corazón en 2010.


Por su condición de leyendas en lo suyo, no era de extrañar que el selecto piso superior del Antzoki estuviera hasta arriba de peña, con un entregado fan bastante perjudicado que celebraba cada acorde y se montaba su fiestón particular como si aquello en realidad fuera lo más enérgico y rabioso del mundo. Las propias estrellas tuvieron que aplacar ánimos con un “Tranquilo, tigre” de marcado acento guiri.

Con la fecha de su próximo álbum en estudio ‘Solid States’ prevista para finales de abril tras seis años de sequía, The Posies dejaron claro desde el principio que aquello iba a ser una presentación en toda regla. Así lo constataban “We R Power”, “Unlikely Places”, su reciente single “Squirrel vs. Snake” o el resto de cortes que componen su disco de inminente aparición, que tocaron de cabo a rabo, por si a alguno le apetecía pillárselo al final del concierto en el puesto de merchandising. Estrategia de marketing a degüello.

Las dos cabezas pensantes de The Posies en acción.
 Pero al margen de sus intenciones mercantilistas, lo cierto es que se lo montaron bien, con Ken Stringfellow a veces multiplicándose a la voz, guitarra y hasta teclado, algo que tampoco debería resultar inusual para un tipo cuya discografía alcanza los más de doscientos redondos, incluyendo proyectos en solitario, colaboraciones para R.E.M. o los ya mentados Big Star. Y seguramente contemplar de cerca a este hombre renacentista contemporáneo fue de lo mejor de la velada, pues se desenvolvía con bastante soltura a las seis cuerdas, sus cálidos tonos vocales invitaban a prestarle plena atención y además todavía le sobraba tiempo para intercalar chascarillos.

Su compi Jon Auer se mostró bastante más discreto a las tablas, aunque su contribución en los coros resultó crucial para conseguir ese sonido niquelado marca de la casa. El ambiente andaba tan caldeado que el hombre sudó la gota gorda y en ocasiones parecía que se iba a deshidratar, pues cada poco tiempo se daba la vuelta para secarse con las manos.

El tremendo multiinstrumentista Ken Stringfellow.
 La primera pica la clavaron con “Dream All Day”, su éxito del ‘Frosting On The Beater’ de 1993 y no tardaron en dedicar algún tema al animador sociocultural que se descoyuntaba con cada canción. Subió también al escenario para ayudarles en “Licenses To Hide” y “The Glitter Prize” Tiz Aramini, cantante de formación clásica que un buen día se enganchó al rock alternativo y acabó enfrascada en un proyecto junto a Auer llamado Dynamo Royale.

Su bolo estuvo asimismo repleto de referencias a la historia del rock, como cuando amagaron con el “Cinnamon Girl” de Neil Young, o en ese extenso popurrí que se cascaron a los bises capaz de hacer perder los nervios a cualquiera que incluyó desde la BSO de ‘Fama’ hasta el “I Will Follow” de los primerizos U2, sin descuidar clásicos inmutables tipo “Enjoy The Silence” de Depeche Mode o la ultraradiada “The Final Countown” de Europe. Un repaso al pop en general que comenzó como una gracieta y terminó por descontrolarse por completo hasta el punto de provocar el tedio absoluto. Una verbenilla gratuita.

La invitada Tiz Aramini junto a Jon Auer.
 Hace poco han sufrido la pérdida de su bajista Joe Skyward y en el 2015 su batería Darius Minwalla también falleció por causas desconocidas en su casa de Vancouver, por lo que dedicaron “Rollercoaster Zen” a los caídos en combate y demostraron que ellos siguen muy vivos y con ganas de seguir dando guerra unos cuantos años más. Quizás sus saltos ya no sean tan altos como antaño, pero sus habilidades en las distancias cortas mantienen el empaque necesario para no defraudar a nadie, en especial el multiinstrumentista Ken Stringfellow.

“Please Return It” fue otro de los momentos para recordar por sus impagables melodías vocales y su fundamental “Solar Sister” desató cierto griterío femenino. El carismático dúo se vino arriba girando como peonzas y hasta sacudieron guitarras para resaltar que la actitud rockera no es algo para nada ajeno al universo power pop. Terminaron extasiados diciendo que había sido un show impresionante y lo expresaron de forma meridiana con un escueto “De puta madre”


En la vuelta para los bises se pasaron varios pueblos, alargando hasta lo indecible el conglomerado versionero antes mencionado e introduciendo material no ensayado que dejaba al batería con cara de póker y a los demás asistentes un tanto desconcertados. Porque uno podría esperar los típicos dos o tres temas de propinilla, nada de una monumental segunda parte que intentaba recuperar a trompicones el tiempo perdido empleado en el íntegro repaso a su álbum venidero.

Aquello se asemejó a una copa de esas demasiado cargada de alcohol que al final se convierte en un brebaje intragable que no hay dios que lo beba. Pese al empalagoso regusto final, el licor era de primera calidad. Ni un resquicio de garrafón.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA




martes, 19 de abril de 2016

AIRBAG: CUITAS ADOLESCENTES



Kafe Antzokia, Bilbao

Hay grupos que parecen un homenaje a la eterna juventud. Son los que se toman casi al pie de la letra aquella mítica frase de Rilke de que “la verdadera patria del hombre es la infancia”, pero la retuercen hasta adecuarla a sus intereses y amplían su alcance hasta la edad del pavo, bastante más emocionante y decisiva que los primeros años de vida para todos los que tenemos en un altar a Holden Caulfield y esas preguntas que provocaban la estupefacción del personal.

Y ya completamos el cóctel si encima añadimos ese punto freak, incomprendido, que seguramente habrá experimentado cualquiera durante el instituto a nada que posea una porción mínima de personalidad. Porque es entonces cuando uno empieza realmente a pensar por sí mismo, a desdeñar el borreguismo y a convertirse en un apóstol del malditismo que se emborracha los fines de semana y una ruptura sentimental se antoja una auténtica hecatombe de imprevisibles consecuencias.


Con el ánimo de rememorar ese espíritu que nunca deberíamos perder, se juntó en la parte de arriba del Antzoki una ingente muchedumbre que no se quería perder el regreso de los malagueños Airbag a tierras vascas casi un par de décadas después.

Y la expectación era tal que se rozó el sold out, con una amplia representación de camisetas de los Ramones, chicas guapas, esas a las que los de Estepona dedican unas cuantas pullas en sus canciones, y tipos aguerridos que jamás esperaríamos en un bolo de este tipo. “A mí es que me gustaban DDT y estos son similares”, hasta decía alguno para justificarse.

Pepillo, el artífice de los coros.
 No pasa nada. La verdad es que su travesía del punk ramoniano de los inicios al power pop o al pop melódico a secas quizás haya escocido en ciertos sectores, aunque si uno se acuerda de Joey, Johnny y compañía, ellos tampoco se encasillaron en un género concreto al abarcar desde los ineludibles The Beach Boys, el garaje primigenio o los grupos femeninos tipo The Ronettes que marcaron una influencia a fuego en su sonido.

Dejando patente desde el comienzo su evolución, Airbag arrancaron un recital trepidante como pocos con el corte homónimo que da título a su último disco “Gotham te necesita” y sin pausa empezaron a repartir estopa a las pibas complicadas en “Cubo de Rubik”, toda una guía de supervivencia a la hora de relacionarse con el sexo opuesto. 


“Salva mi domingo” sirvió de leve remanso de paz antes de la inmensa “Cómics y Posters”, donde brillaron los coros del bajista Pepillo, una pieza clave en el engranaje en directo del trío, al igual que el batería José Andrés, tal vez el principal responsable de esa tralla ramoniana que les hace encadenar un tema con otro, casi atropellándose, renunciando a las charlas inútiles y cediendo el protagonismo absoluto a sus redondas composiciones, que encontraron reflejo en una muchedumbre totalmente entregada a la causa, con incluso un animador sociocultural que se subía al escenario a intentar cantar con ellos o incitar a la peña a hacer lo propio, como un director de orquesta.

Alternaron con bastante acierto las diferentes facetas que componen el sonido contemporáneo de la banda, desde la melosa “La vuelta a la manzana” o “22”, un drama juvenil tan emocionante como un enamoramiento, hasta la vertiente playera a lo The Beach Boys acelerados en “De un verano a otro” o los guiños cinematográficos en “Matar a Bill”, donde decían aquello de “Uma Thurman está más guapa que nunca” a ritmo de punk rock melódico. Una lástima que en esa tesitura no rescataran también su sentido homenaje a la actriz Emma Suárez.


Y como si fuera su peculiar “I Wanna Be Your Boyfriend”, así afrontaron el medio tiempo “Todo está bien” de su reciente plástico ‘Gotham te necesita’. Sin demasiados aspavientos estaban montando un auténtico fiestón en el recinto y se pusieron nostálgicos al acordarse en “Coleccionista de discos” de todos aquellos que siguen pateándose tiendas en busca de vinilos u otras joyas discográficas. Lo cierto es que unos cuantos melómanos debería haber por allí, como Santiago Delgado de los Runaway Lovers y los muchos que se dejaron la garganta entonando esas piezas que ya parecen haber alcanzado la categoría de inmortales.

Siguieron con las dudas sentimentales en “Spoiler” y desataron pogos recatados en “El Resplandor”, que volvió a cubrir las necesidades de los fans del séptimo arte. Ante tanto pesado y estrellita con afán de protagonismo que piensa que los bolos son una especie de púlpito particular, es de agradecer que exista gente como los malagueños que condensan el máximo número de cortes posible según la ortodoxia ramoniana, sin pausa que valga. En este sentido fue genial “Tus rechazos golpean dos veces”, su lamento sobre la perfidia femenina, y luego “Ahí viene la decepción”, otra que pone a las tías y su postureo grupil de vuelta y media.


La cuenta atrás de “Marcas en la hierba” mantuvo los ánimos en su cénit, por los que los bises fueron exigidos a grito pelado, y al igual que el resto del concierto, resultaron igualmente frenéticos. Nada de dos o tres temas para cumplir el expediente y a cascarla, sino toda una ristra de himnos impepinables que comenzaron con “Hijos de Hawaii” y en la que retornaron los pogos con “Territorio Dagger”, con lanzamiento de cerveza incluido por los aires.

Cabalgamos en “La ola perfecta” y nos acurrucamos “En los brazos de la Agente Internacional”, que atronó impecable demostrando que a la hora de pisar zapatilla ramoniana no tienen rival, ni Los Nikis, ni Los Vegetales, ni nada. “Big Acuarium” calentó de nuevo las gargantas antes de enfatizar sus principios surferos en “Voy a acabar con el invierno” y terminar de descontrolar a la concurrencia con “Elena”, para que así aquello acabara como empezó, un fiestón por todo lo alto.

Esperemos que no tarden tanto en regresar por estos lares, sus cuitas adolescentes  permanecen en el imaginario popular y levantan pasiones incluso en los más reacios, como aquellos que los acusan de poperos. Pura emoción, revuelven tanto las tripas como una cita con una chica que realmente valga la pena. Nervios a flor de piel.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA







lunes, 18 de abril de 2016

CAPSULA: CONJURANDO LA TORMENTA



Kafe Antzokia, Bilbao

El rock tiene bastante de ritual, de ceremonia litúrgica. Unos cuantos mortales que se reúnen alrededor de un escenario, al igual que antaño se arremolinaban en torno a una hoguera para adorar a un macho cabrío y llegaban al éxtasis mediante diversas sustancias alucinógenas. Los conciertos son los aquelarres de la modernidad, eventos en los que lo mismo puedes experimentar una revelación absoluta que te obligue a convertirte al culto de inmediato o una profunda decepción capaz de hacer abjurar de sus principios al más firme devoto.

Mucho de eucaristía pagana siempre han tenido los shows de los hispano-argentinos Capsula, con un chamán como Martín Guevara con esa habilidad innata de las grandes estrellas para meterse al público en el bolsillo y conseguir que se fundan en un alma sola que salta frenéticamente cual presa de un ataque epiléptico. No es de extrañar que experimentaran esta sensación de comunión las 60.000 personas que abarrotaron el Estadio Único de La Plata durante el tramo argentino de la última gira de Pearl Jam, fans confesos de la banda.


Pese a que el personal tardó en llegar, estaba claro que la presentación de ‘Santa Rosa’ en el Antzoki bilbaíno se transformaría en todo un acontecimiento a la altura de la tormenta eléctrica que da nombre a su disco a punto de salir. 

Pocos andaban por ahí todavía cuando apareció el también argentino Francisco Nogal, un tipo con guitarra a lo Chris Isaak que empezó y terminó rindiendo homenaje a los clásicos con el “Play With Fire” de los Stones y el “Hey Hey My My (Into The Black)” de Neil Young. Entre medias aprovechó para dar cancha a su obra en solitario ‘Eclipse de luna’ y aunque su rollo noctívago intimista no era lo más adecuado para entrar en harina un viernes noche, no desagradó a modo de entremés. La BSO adecuada al pasar por un pueblo maldito de carretera.

En otra onda más animada se movían las getxotarras Moonshakers, combo eminentemente femenino estilo The Pretenders o The Bangles, que en un inicio se tornaron demasiado poperas, pero a medida que avanzaba el show ganaron empaque al acercarse al post punk elegante de las tan en boga británicas Savages. Contaron con el apoyo de unos cuantos conocidos en las primeras filas que se hicieron notar y contagiaron el ambiente de fiestón absoluto, aunque aún necesitan pulir las composiciones y paliar cierto estatismo en escena. Ya adquirirán consistencia.

Las getxotarras Moonshakers.
 A la hora de definir lo que se entiende por un espectáculo salvaje, tal acepción debería figurar justo al lado del grupo Capsula, a tenor de lo que hemos contemplado en directo las tres ocasiones que los hemos visto. Porque pocos existen con ese grado de entrega a la causa del rock n’ roll y que puedan fusionar sin problemas post punk, psicodelia, blues y un ímpetu incendiario deudor de Iggy Pop & The Stooges.

Con el apabullante pistoletazo de salida de “Mejor no hablar de ciertas cosas”, se materializó una suerte de ritual vudú en el que la muchedumbre se agitaba casi a punto de entrar en trance. Martín Guevara desde el mismo comienzo adoptó el papel de sumo sacerdote, un médium para alcanzar  un estado superior de conciencia que otorgaba a las piezas la dignidad requerida. Alucinante cuando en plena eclosión noise anticipó la llegada de un tornado y al mismo tiempo los abrigos volaron por el recinto, como si verdaderamente hubieran traspasado el campo de acción de un fenómeno meteorológico extremo.

El chamán Martín Guevara.
 Añadieron poso blues con “Dirty Rat” y la tormenta adquirió proporciones bíblicas con “Tierra girando”, a la vez que se contagiaban de la fantasmagoria y fuerza poética de Nick Cave & The Bad Seeds. Como es habitual, uno de los momentos cumbre del recital estuvo en “Communication”, donde Martín extendió la palabra entre los fieles desde abajo del escenario y la adrenalina subió hasta cotas estratosféricas.

El temporal arreció con “What’s In The Mirror”, aunque antes el voceras sufrió un arrebato nostálgico al darse cuenta de que “éramos la última generación que íbamos a poder tocarnos”. Y es que la concepción de los bolos que entienden los hispano-argentinos es muy a la vieja usanza, con un frontman que casi parece un caballo desbocado dando saltos por ahí y elevando el mástil al cielo como si aquello de verdad tuviera un significado, un culto en el que se santifican las seis cuerdas y la visceralidad al extremo.


A su vera se encuentra su inseparable bajista desde 1999 Coni Duchess, que otorga el contrapunto elegante a tanto salvajismo y proporciona tonos vocales hipnóticos para inducir al trance. Procedente de escuelas de arte visual, dicen que es en parte responsable del acercamiento del grupo a los sonidos más oscuros del noise o post punk.

Con voluntad arqueológica se entregaron al “Ikusi eta Ikasi” de Delirium Tremens, grupo ochentero de Mutriku “nunca lo suficientemente reivindicado”, en opinión del inquieto vocalista. Y en la homónima “Santa Rosa” bendijeron a las primeras filas tocando la frente a varios asistentes, la unción eléctrica preceptiva para ingresar en la hermandad.


La danza alrededor del fuego de “Flood” nunca falta en su catálogo en directo, antes de que literalmente dejara colgada la guitarra en el aire, a modo de última ofrenda a los dioses. Y después de semejante éxtasis, los bises se exigieron a grito pelado, en los que recurrieron a la versión de The Stooges “I Need Somebody”, “una canción que hacíamos cuando éramos enanos adolescentes y no teníamos alma todavía”, confesó Martín.

Y para mantener las agallas intactas recurrieron a otra de sus clásicas, “Voices Underground”, con toda la sala agitándose como si les fuera la vida en ello. Dado que el gran Duque Blanco había fallecido hace pocos meses, nada mejor que finiquitar con una abrasiva revisión del “Suffragette City”, con el estribillo atronando en las gargantas, parando durante un breve intervalo y luego recreándose con saña. De cátedra.


Esa noche no cabe duda de que conjuraron a la tormenta, una que por su rotundidad apenas se acierta a distinguir, como aquella que impidió que unos piratas holandeses asaltaran la ciudad de Lima allá por 1615. Son descargas así las que provocan toda una cascada de leyendas y mitos en torno a hechos extraordinarios. Un aguacero torrencial de rock n’ roll de fuerza imparable.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA