jueves, 12 de marzo de 2020

LA MOTO DE FERNAN + LOS RETUMBES: ¡QUE NADIE SE VUELVA YEYÉ!


La Nube, Bilbao

Las sutilezas en ocasiones sobran. Al igual que se suele decir eso de que la miel no está hecha para la boca del asno, también debería existir una expresión para designar el efecto contrario, esto es, un sonido tan sucio y grasiento que espante de inmediato a cualquier estirado o fan del rock progresivo. Lejos de esos recitales de sentar cátedra de tipos reputados, aquí lo que se ofrece es pura inmundicia, punk cafre para desmadrarse y dar rienda suelta a los más bajos instintos. El que prefiera algo más de intelectualidad, mejor que acuda a un ciclo de Akira Kurosawa o que pille un libro de Sánchez-Dragó.

En esta categoría de melodías rastreras entrarían de lleno La Moto de Fernan, oriundos de Benidorm que nacieron en 2010 “con la única intención de no trabajar jamás”, según explican en su Facebook, y que precisamente en 2020 celebran “diez años de música de mierda”, como les gusta llamar a su estilo. Un nombre fundamental dentro del underground rockero con una trayectoria labrada en tugurios infectos, festivales tipo Funtastic Dracula y que además responden a apelativos tales como El Grasas aka El Maracas y Pedrito aka Peter Sonámbulo. Menudo par de personajes.


Con estos mimbres era lo más normal que el garito La Nube se petara a tope para recibir a este dúo de chalaos, no importó lo más mínimo que en el exterior hiciera una jornada de perros con lluvia y frío, sus seguidores no son de esos melindrosos que se dejan arrugar por las inclemencias meteorológicas. Si de verdad existiera un equivalente sonoro para la comida basura, ellos lo encarnarían por completo. ¿Qué dicen que es malo para la salud? Pues bueno, de algo habrá que morir. No vamos a dejar encima un cadáver bonito.

Animaron la velada otro dúo muy en boga por estos lares, los barakaldeses Los Retumbes, que se confiesan “intoxicados por el lindano” y le dan a un rock garajero para contonearse cargado de actitud a lo The Cramps y con letras tan viscerales como las de los primeros Siniestro Total, “Eres idiota” constituye un claro ejemplo de ello. No tardaron en ganarse a la peña por su descaro, a pesar de que afirmaran no querer “ofender a nadie”, algo casi imposible en los tiempos actuales. Para enmarcar resultaron “Tatuaje de mierda”, su adaptación en castellano del “White Riot” de The Clash, así como muchas otras de sus adrenalínicas piezas. ¡Que sigan retumbando por doquier!

Los Retumbes y su descaro a lo Siniestro Total.
Y si el respetable andaba más que predispuesto hacia los teloneros, ni imaginar lo que sucedería cuando irrumpieran La Moto de Fernan, que todavía eran más cafres. Los pogos brotaron con saña desde el inicio hasta el punto de que tirar fotos allí podría convalidarse con una estancia en Libia o cualquier otra zona de conflicto. Poseían además ese componente peligroso que distingue a los grandes de verdad, una actitud que contrastaba con el tremendo cachondeo que se traían entre ellos, no en vano el batera calificó a su compi como “coronavirus con patas”. Que no falte el proscrito humor negro.

La cerveza voló como en las grandes ocasiones y si uno luego miraba al suelo del garito parecía que allí había acontecido una batalla campal. Con cortes fugaces, que por lo normal no llegaban a los dos minutos, imprimieron un ritmo tan frenético al bolo que se vieron obligados a realizar “una paradita” para respirar. Un pequeño preludio antes de la tormenta eléctrica que se alcanzaría con su himno “Hazme el harakiri”, con los pogos más desatados que nunca y diversos líquidos surcando las alturas. Entusiasmo en grado máximo.


“Yayo tropical” pudo asemejarse a unos Motörhead garajeros, no ocultan que entre sus influencias están Lemmy y Sigmund Freud, que cada cual le dé vueltas a la pertinente justificación. El ambiente andaba tan caldeado que no pudieron evitar exclamar “Esto no es Bilbao, es una puta fiesta”. No sería extraño que cualquier curioso que pasara por las inmediaciones se preguntara qué diantres estaría sucediendo adentro ante tamaño griterío. Una farra de las que hacen afición.

La autoafirmativa “Somos la moto de Fernan” legaría estampas impagables con el guitarra arrodillado ante la batera de su compañero antes de que el personal levantara al encargado de las seis cuerdas como si se tratara de un dios. Y salió a cantar con ellos un tal Angelito que era una reencarnación viviente del legendario Kike Turmix, seguro que al desaparecido cantante de The Pleasure Fuckers también le había agradado un corte tan explosivo del estilo de “Mi hijo ya se droga”. Socios de Satán a perpetuidad.


Toda una demolición de lo políticamente correcto podría considerarse “Chica joven”, cuya letra tendría problemas con los censores modernos si alcanzara mayor repercusión, les salva el bendito underground y la ignorancia supina de los encargados de analizar las estrofas de canciones, esperemos que algún día entiendan que se trata de productos de ficción, del mismo modo que una película o cualquier obra artística.

No habían llegado ni a la hora, pero a ver quién es el guapo que aguanta más tiempo a semejante ritmo endiablado. A pesar de la sudada que tendrían a esas alturas, se animaron a complacer a los fieles con su peculiar revisión del mítico “Johnny B. Goode”, tema muy trillado que en sus manos adopta una perspectiva completamente nueva, la hacen suya por completo. ¿Quién mencionó a un señor llamado Chuck Berry?
Una auténtica sesión de purificación vivimos aquel día, pues estos tipos son capaces de quitar la tontería en cuestión de minutos. Desmontaron el esqueleto del rock n’ roll a su armazón básico y tiraron a la basura el resto de detalles accesorios como la popularidad, la competencia instrumental o la pose desmedida, aquí solo teníamos agallas para regalar. No dejamos de lanzar un último consejo para su disfrute: ¡Que nadie se vuelva yeyé!

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA


martes, 10 de marzo de 2020

IGOR PASKUAL: EL DE LOQUILLO


Sala Shake, Bilbao

Dime con quién andas y te diré quién eres, reza nuestro inefable refranero popular. Y lo cierto es que a veces no existe mejor opción que fijarse en las compañías de alguien para acertar a desentrañar cualquier personalidad. Una regla que de vez en cuando posee excepciones, de sobra es conocido que pocas certezas absolutas tenemos en esta vida. Si hablamos de tipos con múltiples facetas tal norma se antoja inservible por completo, puesto que, por fortuna, no todo puede reducirse a una simple disyuntiva de blanco o negro según la costumbre imperante en los tiempos maniqueos actuales. Ampliemos la paleta sin miedo, por favor.

En una categoría poliédrica deberíamos incluir de cabeza al actual guitarrista de Loquillo, Igor Paskual, una suerte de Leonardo Da Vinci contemporáneo, que aparte de tocar junto a uno de los grandes del rock patrio, también escribe con notable habilidad, no en vano en 1992 ganó un concurso de poesía para menores de edad del Principado de Asturias. Y por si dichos méritos resultaran insuficientes, se licenció además en Historia del Arte, al tiempo que realizaba excavaciones arqueológicas en Jordania y luego formaba el grupo de glam rock Babylon Chat. Los mismos que solían iniciar sus conciertos con el provocador grito de guerra: “¡Vamos a follarnos a vuestras novias!”. Que nunca se pierda el descaro punk.


Una chulería que nunca le ha abandonado a este carismático músico capaz de convertir un simple recital acústico, que en otras manos se tornaría un peñazo insoportable, en un fiestón de envergadura con momentos hilarantes dignos de un monólogo cómico. Así de peculiar es este señor, los ofendiditos y amantes de lo políticamente correcto no pintan nada en un bolo suyo, hay por ahí espectáculos inocuos mucho más adecuados para las mentalidades cerriles.

Tras llegar al Shake a toda mecha después de ver a Tahúres Zurdos en la sala BBK, nos sorprendió encontrar una nutrida afluencia en la parada vizcaína de Igor Paskual. Una interesante cita que atrajo incluso a brillantes astros del panorama como el mítico batería de Trogloditas Jordi Vila o Marga Alday, bajista de Moonshakers, y a la sazón de Kinki Boys junto al ya mentado aporreador. Figuras de envergadura para arropar un recital mucho más divertido que el de su anterior visita al Kafe Antzokia, pese a que fuera del mismo modo para enmarcar.


Por los motivos antes expuestos nos perdimos los primeros temas, pero alcanzamos a llegar para el folk incendiario de “Napalm” o la chulapa “Alborada”, con estrofas que son puro nihilismo. Un ambiente decadente que se esfumaba en cuanto el protagonista de la velada soltaba alguna coña, como presentar a su invisible banda virtual compuesta por santos o imitar a compis de profesión del estilo de Mikel Erentxun o Enrique Bunbury. Las cervezas que había trasegado con alegría se dejaron notar.

El glam rock adrenalínico de “Nuestra señora de la consolación-Hazlo tú” ofició enlazado a una más reposada “Nuevo bautismo”, una elección acertada en las distancias cortas. Igor mandó entonces a la peña gritar y no dudó en picar al personal afirmando que “así que los de Bilbao no follan”. Y poco más tarde se escuchó una voz femenina preguntar a voz en grito: “¿Es ese el de Loquillo?”, con el consiguiente pitorreo general. En esta tónica festiva propia de los conciertos de tú a tú se arrancó con la etílica “Bebemos”, dedicada, por supuesto, a su viejo compi de correrías Jordi Vila.


La verdad es que hubiéramos preferido un formato eléctrico tradicional, pero no se lo curró nada mal el carismático hacha y vocalista acompañado únicamente de Ángel Miguel, que le ayudaba con bastante habilidad tanto a las seis cuerdas como a los coros, muy digna en este aspecto les quedó la country “Volver”. Y subieron otro escalón en “Con la suerte de nuestro lado”, quizás nuestro tema preferido de su último disco. Ni un ápice se echó de menos la versión electrificada.

Tocaba descender todavía más a los infiernos con “El peor novio del mundo”, que rezuma Tom Waits por los cuatro costados, hasta se atrevió a emular la voz aguardentosa de la coz cantante. Y lo elevamos hacia la estratosfera en nuestro altar particular con la políticamente incorrecta “Casanova”, un enorme himno a las mujeres con cierto deje Elvis. “Waterloo” en estudio no llama demasiado la atención, pero interpretada a escasos palmos pone realmente la piel de gallina. A sus pies, maestro.


La prodigiosa garganta de Igor Paskual destaca en “Tierra firme” antes de que se despidan por unos breves instantes. No tardaron en regresar amagando con el “Personal Jesus” de Depeche Mode, una excentricidad previa al “Heroes de David Bowie, muy trillada aunque nunca desagrada escucharla de nuevo. Mucho más interés poseía el guiño a Babylon Chat de “El último brindis del año”, lástima que no se suela prodigar en esta vertiente.

El legendario pique entre Bilbao y Donosti fue azuzado en diversas ocasiones por Igor Paskual, pero sin duda alcanzó su punto álgido cuando una espectadora se quejó diciendo “Eh, que las de Bilbao somos más guapas” y el vocalista la dejó tirada en la lona respondiendo “Igual sí… pero las de Donosti son más putas”. Zasca épico para enmarcar. Para que no se generaran malentendidos, reculó rápido añadiendo “Pero para puta…yo la primera”, en consonancia con su añeja militancia glam. Y así todos contentos. Y muertos de la risa.


El epílogo llegó con la springsteeniana “Música para traicionar”, la pieza que abría su debut en solitario. Y a modo de coda rescató “Cansado de la vida” preguntando al respetable lo que habría que hacer en caso de estar harto de la vida, del amor o de las drogas. Las grandes preocupaciones de la humanidad. Hubo los que pidieron más bises, aunque después de dar el callo unas dos horas tampoco era cuestión de abusar. Habían cumplido de sobra.

Fue sin duda uno de los recitales más divertidos de los que hemos estado últimamente por deconstruir por completo lo que uno entendería por un show acústico. Sin condescender en absoluto al almíbar o a las moñadas, el de Loquillo, como lo calificó una chica con cierta ingenuidad, demostró que es mucho más que el mero escudero de una figura de relumbrón. Le avala una actitud rockera que echa para atrás. La rebeldía juvenil de las boas de plumas sigue de su lado. Y la suerte también.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA



jueves, 27 de febrero de 2020

AMPARITO + JAMARAZZA: BILIS Y PSICODELIA AMAZÓNICA


Sala Shake, Bilbao

Es curiosa la manera en que ciertos detalles accesorios nos pueden llegar a clasificar por completo. Hay multitud de ejemplos pululando por ahí. En el plano estético, si llevas melena, eres un heavy, si tienes cresta, entonces punk, y así podríamos seguir hasta el infinito relatando todo lo que sirve para encasillarnos al personal que no nos conoce y no se toma la mínima molestia de informarse. En tales casos siempre agrada, y hasta debería ser obligatorio, convertirse en el fallo del sistema y demostrar que las etiquetas se tornan inútiles en determinados aspectos.

Los grupos de chicas de Malasaña sufren a menudo el sambenito de que les comparen con combos tipo Hinds, de clara vocación indie y que transforman su pretendido amateurismo en una de sus principales señas de identidad. A las madrileñas Amparito seguramente les suceda eso mismo, a pesar de que repartan rabia por doquier en su largo ‘Clara oscuridad’ y la mayoría de sus temas no superen los dos minutos. Y en directo tampoco les da por ponerse a cotorrear en plan pescadería como hacen otras petardas. Para ser justos, habría que encuadrarlas entre urgentes portadores de bilis como Biznaga o Futuro Terror. Ese sin duda sería su rollo.


Un sarao interesante y variado se había montado aquella noche en el Shake, pese a que hubo una notable diferencia de asistencia entre los teloneros y las protagonistas de la velada. Así, los chavales cántabros de Jamarazza apenas congregaron a unas veinte o treinta personas para un brutal tripi cósmico que combinaba la psicodelia setentera con fuzz para regalar con sonidos propios de la tradición amazónica. Una pasada era ver a estos jóvenes tocar como auténticos profesionales y constatar que nada tenían que envidiar a luminarias contemporáneas tipo Radio Moscow. Al igual que estos últimos, quizás abusaran demasiado de los punteos hendrixianos, pero eso no quitaba para que algunos saliéramos de allí pensando que su recital había sido de otra dimensión. Calidad a raudales. Que vuelvan cuanto antes.

Jamarazza, fieles discípulos de Radio Moscow.
Y de repente irrumpieron Amparito, nos dimos la vuelta y el garito estaba hasta los topes, con muchos familiares del grupo, ya que una de las guitarristas debía de ser vasca. Hasta hubo unas niñas en las primeras filas a las que se requirió para hacer coros, una propuesta que rechazaron probablemente por vergüenza, a pesar de las facilidades que les pusieron, como colocar uno de los micros en el suelo. Sin demasiados aires de grandeza, pisaron a fondo el acelerador desde el inicio con “Crudo” y “Explosión”, piezas frenéticas que desde luego hacen dudar que lo suyo sea el punk pop, según las han descrito en algunos medios. De pop, poco. Pura furia sin contemplaciones.

Había gritos de “Gora Amparito” y resultaban apropiados con temazos del calibre de “Oscuridad” o “Asesinos”, deudores hasta las cartolas de Parálisis Permanente. Todo un contraste se producía entre esas letras cargadas de cuerpos en putrefacción y otras turbiedades frente a su actitud risueña en escena, la bajista freak, por ejemplo, se estaba riendo constantemente y transmitía un buen rollo impresionante. Se lo pasan bien, se les nota y eso obliga a cualquiera a animarse.


“Menos mal” les acerca, por el contrario, a una suerte de Fresones Rebeldes acelerados o incluso a la vertiente más desenfadada de Alaska y Pegamoides, espíritu de la Movida total. Cambio de timón por completo para “Dolor”, que vuelve a evocar a Edu Benavente en cada frase o giro vocal. Tal vez en la actualidad tengamos ya demasiados discípulos del desaparecido cantante, prueba evidente de ese descomunal legado de Parálisis Permanente que no se circunscribe a su exigua discografía. Pero ellas no se limitan a copiar, puesto que sus influencias se encuentran asimiladas en un maremágnum en el que cabe hasta cierta alegría, como hemos mencionado anteriormente.

Siguieron supurando pus con “Daño” y “Miedo”, a la par que revelaban que todavía les hace falta más material para el directo, porque su único disco se lo ventilan en tiempo récord. Es un visto y no visto en el que si te descuidas igual ya te has perdido tres o cuatro canciones. En semejante tesitura, se vieron obligadas a repetir cortes en los bises como “Dolor” o “Asesinos”, algo que suele ser siempre un poco bajón, aunque si se trata de composiciones frenéticas como las que hemos mencionado tampoco es que importe mucho, quizás alguna versión les hubiera funcionado mejor. Por lo menos tuvieron el detalle de querer alargar el show. Y eso ya debería ser bastante.


Pues nos comimos al final una interesante sesión de bilis y psicodelia amazónica, dos estilos casi contrapuestos que añadieron una versatilidad que no esperábamos ni de lejos. El talento no debería ceñirse a ámbitos concretos, sino propagarse cual virus en pandemia. No resulta complicado contagiarse. Una infección que solo puede antojarse beneficiosa.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA





martes, 25 de febrero de 2020

FIRST GIRL ON THE MOON: RETROFUTURISTAS


Kafe Antzokia, Bilbao

Al igual que hay gente que parece que ha nacido mayor, tenemos también grupos cuyo sonido estaba a años luz del resto de sus coetáneos. Adelantados totales a su tiempo en cuyo vocabulario no existía el riesgo. En esta categoría incluiríamos a pioneros de la electrónica del calibre de Kraftwerk o Suicide, e incluso a combos más inclasificables como Roxy Music, capaces de conjugar protopunk y rock progresivo a la vez y que encima les reivindiquen nombres tan dispares como Depeche Mode o Fields Of The Nephilim, entre otros. La cuadratura del círculo.

Tal vez en pleno siglo XXI poca cosa se pueda inventar a estas alturas, pero no cabe duda de que todavía quedan cruzados que nada más escucharlos uno se pregunta de qué cápsula espacio temporal habrán salido. Es el caso del dúo First Girl On The Moon, que bebe de un abanico de influencias tal que hasta asusta pensarlo. Lo mismo recrean los ambientes hipnóticos cinematográficos y musicales de David Lynch que apelan a una suerte de minimalismo que hacía eones que no se veía por estos lares. Como si hubieran cruzado un portal procedentes de otra dimensión.


A pesar de que en el pasado BIME Live muchos alucinaron con su propuesta sideral, una afluencia muy discreta se registró en esta presentación en el piso superior del Antzoki bilbaíno. Ya se sabe que entre la jungla aborregada no cabe otra que abrirse camino a machetazos. Los que más tarde les descubran en un arrebato moderno, pues que se pongan a la cola. Nadie dijo que ir contracorriente saliera gratis. Por motivos laborales no alcanzamos a llegar para Verde Prato, pero fijo que resultaría igual de atractivo, puesto que siempre nos suele llamar la atención lo que hace la vocalista Ana Arsuaga, ya sea tanto en Mazmorra como en Serpiente.

Como decíamos, una lástima que poca peña se animara ese día porque lo de First Girl On The Moon fue una cita para recordar por diversos motivos. Para empezar, moló bastante esa atmósfera siniestra plagada de niebla a lo Sisters Of Mercy en la que echamos de menos todavía más humo, por lo menos hasta asemejarse a los bolos de Andrew Eldritch y compañía en los que no se distingue absolutamente nada y solo se escucha una voz por ahí. El poso atormentado Joy Division de vez en cuando asomaba la cabecita.


Con el eco lejano de la anarquía científica de Aviador Dro, “Scars” funciona a modo de perfecto percutor para el inicio, no resultaba descabellado pensar en monos de obreros especializados y brebajes de colores, si no cantaran en inglés, afirmaríamos sin reparos que ellos también celebran el nacimiento de la industria. La fascinación por la carrera espacial soviética se intuye en “Moon”, con ese ritmo muy krautrock y unos tonos no muy alejados a los de Wayne Hussey de The Mission. Que me aspen si su música no podría incluirse en cualquier sesión gótica.

Pero el rollo decadente en plan Iggy Pop se evoca asimismo en “Danger”, con la guitarra haciéndose notar y marcando su territorio frente a la predominancia de los sintetizadores. Ya lo hemos contado en otras ocasiones, pero conseguir este equilibrio entre lo sintético y lo orgánico no resulta para nada sencillo, si se desborda alguno de los dos extremos ya no vale. Coloquemos el ‘Get Ready’ de New Order en una de las cúspides de ese peculiar maridaje entre rock y electrónica.


Y en “Tiger Blood” las imágenes que vienen a la mente son de ciudades futuristas tipo ‘Metrópolis’, esa ciencia ficción de antes que hoy en día se antoja completamente retro. En esta línea encajaríamos además “Now I Miss What I Never Had”, una suerte de declaración de amor androide que pegaría de BSO  de ‘Blade Runner’, si a un servidor no se le está yendo ya demasiado la pinza. Y en “This Is Not A Test” nos acordamos de los asturianos Fasenuova, con sus ínfulas orientales y con las seis cuerdas reclamando mayor protagonismo. La expresión glacial del voceras Juan Carlos Parlange contribuía a incrementar la sensación de frialdad congénita. Qué rol tan diferente al que acostumbra a ejercer con los ramonianos Bonzos o con los rockabillies Help Me Devil.

Con un reducido catálogo de temas no esperábamos que se alargaran durante horas y horas, pero un poquito más de tiempo les hubiera engrandecido, por lo menos alguna versión, los ya mentados Sisters of Mercy o Joy Division podrían ser alternativas interesantes. El poco más de media hora de actuación se antojó muy corto, aunque al salir nos encontramos con el bonzo Álvaro Segovia que mantenía que siempre era mejor dejar al personal con ganas de más, un enfoque para nada desacertado, sobre todo en este género tan minimalista.

Sonaba el “Ghost Rider” de Suicide por los altavoces y uno pensaba en el auge actual del llamado synthwave y demás estilos que beben a paladas de los años ochenta. Quizás esto de los retrofuturistas se pueda considerar una especie de anomalía del sistema, una peculiar paradoja en la que se funden pasado y futuro de manera similar a la que utilizan las distopías para alertarnos acerca de un posible devenir de la humanidad. Ideas que llegados a un determinado punto se perderán por pura repetición o acumulación. Como lágrimas en la lluvia.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA