martes, 11 de diciembre de 2018

DORIAN: SISMOS DEL ALMA


Kafe Antzokia, Bilbao

Pocas cosas existen más odiosas que la falta de sinceridad o los farsantes que tratan de venderse como lo que no son. Si haces pop, pues admítelo y no des la murga con etiquetas más o menos resultonas que no se corresponden en absoluto con la realidad. Es una actitud que predomina hasta la extenuación en el mundillo indie, siempre buscando hacerse los interesantes como aquellos que van de cultivados y apenas habrán leído tres o cuatro libros en toda su vida. Ojo, que aquí no se trata de ponerse elitista, sino de llamar a las cosas por su nombre. Sin engañar a la gente.

Entre ese batiburrillo festivalero formado por bandas como Izal, Vetusta Morla o Love of Lesbian, pondríamos de inmediato en un escalafón superior a los catalanes Dorian, en primer lugar por sus evidentes influencias de Aviador Dro, New Order o The Cure, referencias que tampoco suelen abundar en el panorama patrio. Y luego también porque nadie les ha regalado nada, pues supieron abrirse hueco cantando en castellano en una escena dominada por petardos anglófilos que por chapurrear inglés en sus canciones se creían los más guays del universo.


Tras esa suerte de paréntesis llamado ‘Diez años y un día’ que reinterpretaba en clave acústica algunos de sus éxitos y, a nuestro parecer, les quitaban toda la chispa, volvieron a elevar el vuelo con ‘Justicia Universal’, un disco redondo en el que apuestan sin complejos por el synth pop de letras poéticas que tanta fama les ha dado. Una nueva oportunidad de reafirmar su identidad y legar joyas pop que probablemente permanezcan una larga temporada en su repertorio. Nunca el pesimismo vital resultó tan rentable.

Que es uno de esos grupos que en la actualidad está en su momento álgido lo confirmó el hecho de que agotaran entradas con varias semanas de antelación. Un escenario con cañones y plataformas daba a entender que lo que allí sucedería sería por lo menos especial o digno de contemplar. Pese a la abrumadora mayoría femenina, había un respetable tan variopinto que hasta se pudo ver por ahí una camiseta de Metallica. Vivan los abiertos de mente.


Ya desde el inicio Dorian fueron a lo grande con lanzamiento de confeti en “La isla” antes de ese comienzo clavado a The Cure de “Verte amanecer”. La cita fue ganando poso sentimental con “El temblor”, que el vocalista Marc dedicó a “los sismos que se producen en el alma”. Bueno, el lado intensito a veces les pierde.

La homónima “Justicia universal” justificó de sobra su inclusión en un repertorio intachable de temas coreables en el que no faltaba nada. Dinamismo por doquier que certificaba que su faceta electrónica daba mil vueltas a arrebatos intimistas pasados con instrumentos de cuerda. Eso lo constató su ya himno “Duele”, donde sacaron mucho partido a las plataformas de estrellas del rock que pululaban por las tablas. Quizás su música fuera pop, pero no su actitud, ni tampoco su vestimenta, con la mayoría de negro, cuero y hasta tachas. Dejemos el blanco en el armario.


“Noches blancas” ha adquirido asimismo características hímnicas con su letra plagada de alusiones a Radio Futura o Soda Stereo. Y en “Vicios y defectos” sustituyen el dueto junto a Javiera Mena de la versión en estudio por la aportación vocal del multitarea Lisandro Montes, si no nos equivocamos, pues se ocupaba de teclados, guitarra, programaciones y hasta algo de percusión. Un pluriempleado a tiempo completo.

Aunque probablemente aquella fuera la mejor vez que les hemos visto, al sonido tal vez le faltaba algo más de pegada, no obstante, éramos conscientes de que no cabría esperar demasiado desmelene en ese sentido. Un detalle insignificante si lo comparábamos con la grandeza de un catálogo de canciones que impedía que te aburrieras ni un solo instante.


“Llévame” se presentó como “un homenaje a Latinoamérica” y luego al vocalista Marc le dio por hablar del proceso creativo, de cómo se van ensamblando las diferentes piezas hasta conformar un disco. En ese aspecto señalaron que “Hasta que caiga el sol” fue la primera canción que compusieron del nuevo trabajo, algo que no nos extraña en absoluto, pues pensamos que se trata de su corte más redondo. La alusión a The Smiths de “Señales” también nos place sobremanera, desde luego parece que su material más reciente ha nacido para ser interpretado en directo.

“Paraíso artificial” repasó con acierto su trayectoria, al igual que “Cualquier otra parte”, entonada a pleno pulmón por las chavalas hipsters. Un éxtasis coronado por el lanzamiento de serpentinas que alcanzaron hasta el segundo piso del Antzoki. Tras un breve parón, regresaron hablando de labrarse un camino en la vida, una obsesión recurrente en las letras de Dorian y que aparece en “Cometas”, que sonó tan sintética como Depeche Mode.


Pero si hubo un tramo álgido en la noche fue durante “La mañana herida”, con el personal extasiado cantando de principio a fin, y luego con “La tormenta de arena”, que fue ya el acabose con Marc arrancándose con una estrofa y la peña respondiendo como si fuera su eco. Los móviles dominaban el paisaje y algunos fans no dudaron en acercarse lo máximo posible para vivir aquel irrepetible momento de subidón. Consciente de su importancia, el cantante sacó partido de la situación sumergiéndose entre las masas, por lo que si los ánimos andaban por las nubes, esa muestra de cercanía los propulsó hasta el infinito y más allá. Un broche de oro que cerraron con los cañones disparando confeti, como era menester.

Después de tan espectacular colofón, cualquier cosa sobraba, pero lograron mantener el tipo con “Los amigos que perdí”, otra de esas para cortarse las venas, antes de aflojar irremediablemente el pistón con “Tristeza”, que no está mal, aunque no merece ni de coña tan privilegiada posición. Pero ya se sabe que tras la tempestad debe sobrevenir la calma, incluso los sismos del alma necesitan ajustarse a ese esquema. Perturbaciones controladas del espíritu.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

    

lunes, 10 de diciembre de 2018

SÓLVEIG MATTHILDUR: AMOR POR LA NATURALEZA


Nave 9, Bilbao

Decían los antiguos panteístas que en realidad no existía división alguna entre las divinidades y sus diferentes creaciones. Todos los objetos y criaturas que pueblan el planeta son producto de una determinada conciencia celestial, por lo que deberían reverenciarse de la misma manera. Eso sucedería, por ejemplo, con la naturaleza, que se entendería como otra obra más de Dios a la que respetar, e incluso idolatrar y aprender de ella, pues la humanidad no se diferenciaría de cualquier otro animal. Sin rangos ni seres superiores.

Tal doctrina se trasluciría de la personal propuesta de la islandesa Sólveig Matthildur, componente del trío de post punk Kaelan Mikla y que en sus aventuras en solitario da rienda suelta a los sintetizadores y a los ambientes opresivos con cierto deje onírico de la escuela Björk. Las emociones juegan asimismo un papel decisivo en su obra y en ocasiones se hace imposible disociarlas de la música del artista, por eso no suele dudar en presentar las canciones que va a tocar, como si aquello fuera una especie de diván psicológico ante la mirada atenta de un desprejuiciado respetable.

Para lo inusual de la velada muchos curiosos se acercaron hasta la Nave 9 en plena jornada laborable, lo hemos dicho ya varias veces, pero nunca nos cansaremos de subrayar el carácter inusual de estas citas que suelen suceder por estos lares casi cada año bisiesto. Si ver por aquí grupos de post punk es de perros verdes, no digamos ya apostar por el rollo atmosférico o ambient de una atormentada escandinava. Delicatesen total.


Muy en la sintonía del acto principal se antojaban también las locales Serpiente, un trío de jovenzuelas que transita la senda de Joy Division aderezada con algo de poso siniestro. Han mejorado bastante desde que coincidiéramos con ellas por primera vez, pero todavía resulta muy complicado no acordarse de Belako al escuchar la voz etérea de su cantante parapetada tras el teclado, aunque la herencia de Cocteau Twins parece que también anda por ahí. Sigo pensando que les falta quizás algo más de garra a la hora de interactuar con el respetable, pero si uno se encuentra ese día, o todos, en plan antisocial, es fácil pillarles el punto. Misantropía musical.  

Serpiente y su euskal wave.
 Con una especie de tocado con trenzas que reforzaba su apariencia mística se presentó Sólveig Matthildur igual que si aquello fuera la sesión de un psicólogo, como ya hemos dicho. No tardó en relatarnos sus traumas interiores y hablar sobre la necesidad de perdonarse a uno mismo antes de confesar que en el pasado se había “dañado mucho” y que esa era la razón de sus “heridas”. Todo ello bajo un manto vaporoso en plan Björk, aunque también se podía percibir la elevación inherente de otros combos de su tierra tipo Sigur Rós. Música para retirarse a un monasterio alejado del mundanal ruido.

Había que meterse de lleno en una suerte de viaje introspectivo para apreciar de veras aquello, pese a que se nos hizo más entretenido de lo que esperábamos. Más que nada porque ese formato a lo cuentacuentos de explicar cada canción aportaba cierto dinamismo, por muy paradójico que parezca. “Dystopian Boy”, por ejemplo, trataba de aceptar la pena por haber finalizado una relación y del principio y final que caracteriza ese proceso. Una purga de males en la que se va abriendo paso incluso un diminuto halo de esperanza.

“Unexplained Miseries, Part III” abrió el camino colindante con el cold wave o los The Cure más atmosféricos mientras la chica aportaba aire teatral a su interpretación arrodillándose como si realmente se estuviera deshaciendo de malos espíritus. Hubo oportunidad de acordarse de su terruño con un corte con una parte en islandés que se asemejaba a una fantasmagórica canción de cuna. Cuentos de hadas para mayores, incapaces de entender por los retrasados emocionales que tanto pululan en la actualidad.

Llegados a cierto punto, no quedaba claro para quién de los dos resultaba más beneficiosa la velada, si para la artista, por su voluntad de exorcizar demonios sin tener que sentarse en un diván, o para el respetable, por la desorbitante paz que transmitía y que la convertía en todo un ejemplo de superación personal. Superar una ruptura sentimental sin atisbo de ira o de mal rollo, monumento ya.

Las barreras culturales de vez en cuando chocaban, como cuando al finalizar el show pidió a los asistentes que le hablaran “si les apetecía”, quizás por aquellas latitudes tan elevadas no se lleve demasiado eso de interactuar con humanos y uno pueda pasarse meses o años sin dirigir la palabra a sus semejantes. No había problema, aquí lo normal es que el personal confraternice después de los conciertos, algunos incluso alcanzan extremos que bordean la vergüenza ajena. Aguantar lo indecible, pocas cosas pueden resumir mejor la idiosincrasia patria.

Pues lo cierto es que este curioso plan resultó bastante más dinámico de lo que barruntábamos, no nos aburrimos en ningún momento, levitamos entre letanías y ejercicios de sanación de heridas a la par que admirábamos la admirable entereza de esta islandesa que confiesa sentirse más en conexión con su entorno que con sus habitantes bípedos. Amor por la naturaleza en vena.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA


viernes, 7 de diciembre de 2018

AIRBAG: NOVIEMBRE AÚN ES VERANO


Sala Caracol, Madrid

Todo el mundo sabe que hay temas que son para salir de fiesta y otros que deberían evitarse. Por ejemplo, no cabe en ninguna santa cabeza ponerse a discutir en plena madrugada sobre la inmortalidad del alma o la obra filosófica de Kierkegaard, por mucho que el pensamiento hipster invada hasta los más profundos rincones. En cambio, siempre serán bienvenidas las conversaciones sobre música, chicas, libros, cómics o cualquier otra afición sana que se tenga a bien cultivar, como si se trata de la cría de bonsáis o de langostas.

No hace falta escuchar demasiadas canciones de los malagueños Airbag para darse cuenta de que abogan claramente por lo segundo, aunque quizás limitando los temas a los más esenciales, esto es, los Ramones, amoríos y fijaciones en féminas, e incluso ese puntillo freak de serie B que siempre fue una constante en el punk más desenfadado. Unas obsesiones que nunca han variado en exceso, a pesar de que en lo musical sí que hayan transitado desde la ortodoxia ramoniana del “one, two, three, four” al power pop de melodías impagables que nunca han escondido una de sus influencias principales, los Beatles, aparte de la sombra alargada de los de Queens, claro. 


Pocos grupos pueden presumir de conseguir agotar entradas con varios meses de antelación al evento y hasta verse obligados a añadir una nueva fecha ante la espectacular demanda registrada. Eso es lo que sucedió con el bolo anunciado en la sala Caracol para conmemorar el veinte aniversario de la banda y la reedición en vinilo y CD de sus tres primeras referencias ‘Mondo Cretino’, ‘Ensamble Cohetes’ y ‘¿Quién mató a Airbag?’. Toda una trepidante montaña rusa para cualquier fan que se precie.

Nosotros acudimos a la cita del sábado y lo cierto es que tampoco percibimos una desmedida sensación de agobio por la afluencia de personal, si bien la parte central era totalmente impracticable por los pogos y los frecuentes saltos de peña desde el escenario. Creo que nunca hemos estado en un concierto con tanto furor por lanzarse sobre las masas, pues se subían a las tablas personas de toda edad y condición, con numeritos que iban desde los osados que aterrizaban en plan plancha como si fuera una piscina hasta los timoratos que simplemente se dejaban caer, cual ejercicio de confianza ciega en los fieles, incluso vimos a un niño recorrerse el recinto de punta a punta en brazos de la gente. Eso sí que era solidaridad.

Tras sonar por altavoces una selección de combos punk tipo Riverdales y otros que fijo les han marcado, Airbag, o lo que es lo mismo, Adolfo, Pepillo y José irrumpieron de manera adrenalínica con “Cómics y pósters” antes de hacer gala de sus principios ortodoxos estivales en “Septiembre aún es verano”. Los flotadores, en alusión a la pieza de ese nombre de su debut, pululaban por la sala y a menudo caían donde uno menos lo esperaba. “Marta no es una punk” supuso la primera pica en Flandes, un arranque épico en el que se empezó a constatar la afición por lanzarse desde las alturas.


En teoría el show de esa noche iba sobre echar la vista atrás, pero como nos confesaron, también les había pillado en medio de la grabación de nuevo material, así que no renunciaron a presentar alguna novedad, como “Eleven & Mike”, un tema muy escorado hacia el power pop, según la tradición imperante en los últimos lanzamientos. En “Terror en el garaje” arreciaron los pogos, pero de muy buen rollo, nada de subespecies, mientras que en “Cómics de Batman” rememoraron las historias de amor juvenil a lo “I Wanna Be Your Boyfriend”. El evangelio de los Ramones.

Y sin despegarse de los enamoramientos en establecimientos públicos, rescataron la frenética “La chica no”, otra en la que se hace imposible no acordarse del “Oh Oh I Love Her So” de los de Forest Hills. Para estas alturas, lo de tirarse del escenario se convirtió en una suerte de desfile y dejó de ser una excentricidad del exaltado de turno. Menos mal que aminoraron el ritmo con la reciente “La bomba de neutrones” antes de volver a pisar el acelerador sin perder la melodía por el camino en “La chica normal”. Desde luego con este grupo nadie se podrá quejar de que se invisibiliza a las féminas.

Sin apenas hablar durante el bolo, como tiene que ser, era un gustazo verles enlazar temazo tras temazo como “Territorio Dagger”, que incluyó hasta acrobacias en las sesiones de salto de altura. Muy compensado resultó el repertorio con piezas tralleras que desataban a la marabunta y otras más reposadas tipo “Big Acuarium”, que por lo menos permitían recuperar aliento. El equilibrio al poder.


“Roswell 1947” aludió con coros ramonianos a aquellos inexplicables hechos acaecidos en Nuevo México y en la homónima “Ensamble cohetes” amagaron con el “London Calling” de The Clash. En “La ola perfecta” hubo de nuevo despiporre con invasión por turno de las tablas, hasta se presentó un tipo con camiseta de Los Nikis, no en vano Joaquín, Arturo y Emilio del mentado combo formaron una suerte de núcleo clarividente durante el álbum ‘Manual de montaña rusa’ e incluso se reunieron expresamente para tocar con los malagueños allá por 2011.

Llegamos a los bises así casi sin enterarnos porque aquello iba a toda mecha y el regreso no iba a ser diferente abriendo fuego con “La chica nueva”. Siguieron compensando añadiendo poso melódico en “Spoiler” antes de lanzarse al punk en barrena con “Películas de miedo” y centrarse en la épica veraniega de “Prefiero la playa”, con los flotadores revoloteando todavía por ahí y enlazando con un fragmento del “Surfin’ Safari” de los Beach Boys, si no nos equivocamos. Nada mejor que cerrar un recital tan auténtico con el himno antipostureo “Ahí viene la decepción”, que retrata una recurrente situación que fijo que le ha pasado a más de uno. 


Los ánimos andaban tan caldeados que de ahí no se quería marchar nadie, así que los de Estepona volvieron de nuevo con “Crystal Lake”, otra pieza unida indefectiblemente al séptimo arte más freak. Y ya “Elena” provocó el asalto generalizado al escenario hasta llegar a juntarse unas 30 o 40 personas. No se hubiera entendido otro final.

Quizás podrían haberse ceñido todavía más a los tres primeros álbumes, ya que echamos de menos cosas como “La rookie del año”, que la debieron tocar el día anterior, o “El resplandor”, entre muchas otras. Pero entendemos que también había que respirar y tomar aliento, habría sido matador un concierto con todo temazos a doscientos por hora. Queda claro que para muchos noviembre aún es verano.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA


miércoles, 14 de noviembre de 2018

ENTREVISTA SÓLVEIG MATTHILDUR: “Mis directos son muy variables, dependen de la manera en que me sienta”


Quizás de primeras su nombre a más de uno le suene a chino mandarín, pero lo cierto es que bajo este personal proyecto se esconde la encargada de los sintetizadores en la banda islandesa de cold wave de culto Kaelan Mikla. A pocos días de que recale en la península (21 de noviembre, Bilbao, Nave 9, 22, Madrid, Maravillas Club), ALFREDO VILLAESCUSA contacta con esta artista tan singular. Abran el alma y el corazón.

¿Cómo empezó este proyecto en solitario?
“Comenzó básicamente porque me mudé a Berlín hace dos años para estudiar música electrónica e ingeniería de sonido. Allí empecé a producir otros tipos de música diferentes a Kaelan Mikla y a pasar más tiempo sola, de algún modo la cosa terminó convirtiéndose en un proyecto en solitario, pero no estaba planeado”.

Vas a pasar en breve por la península, ¿qué se puede esperar de tus conciertos?
“En efecto, estaré en Madrid y Bilbao, pero no creo que la gente debería esperar nada aparte de luces rojas y sentimientos melancólicos y catárticos”.

¿Qué caracteriza a tus directos?
“Se basan mucho en mi actuación en sí misma, a menudo cambio de instrumentos y así puedo utilizar toda mi mente y energía física para expresarme. Es un desafío estar sola frente al público y sentirse muy vulnerable, pero en mi opinión, ese es el propósito del arte. Expresar tus sentimientos a través de un medio de forma desnuda y confrontar todo en tu cabeza. Por eso mis directos son muy variables, dependen de la manera en que me sienta. Siempre es algo muy honesto”.  

Tus composiciones tienen una vertiente muy onírica, ¿utilizas diapositivas o algún otro elemento para reforzar tu presencia en escena?
“A veces mi amiga Kinnat me hace algunos elementos visuales. Ella es la encargada del diseño gráfico y me conoce muy bien. Es lo más adecuado”.

Editaste el año pasado tu álbum debut, ¿te quedaste satisfecha con el resultado?
“Sí, me autoedité mi primer disco ‘Unexplained Miseries and the Acceptance of Sorrow’ en 2017. Me volví un poco loca después de romper con mi novio y necesitaba algo de descanso. Hice solo 100 copias en CD y una versión digital en el bandcamp. ¡Y consiguió un par de premios en Islandia! En concreto, los Kraumur Awards y los Reykjavik Grapevine Music Awards. Fue algo que me sorprendió mucho, porque, como he dicho antes, nunca imaginé que esto sería algo más que una manera de expresarme. Estoy muy contenta con los resultados. Más tarde, Jacek, el director de Artoffact Records, contactó conmigo para editar el álbum en vinilo, que se puso a la venta el pasado junio y ha vendido muy bien”.

Creo que vas a sacar otro trabajo en breve, ¿podrías adelantar algo?
“Aparecerá en marzo de 2019 a través de Artoffact Records, se llamará ‘Constantly In Love’ y estará compuesto por nueve canciones. Espero que no sea demasiado parecido al debut, pero eso lo tiene que juzgar otra gente”.

Hay un poso tristón en tu música, ¿eres una persona melancólica?
“Bueno, tengo cierta tendencia a expresar mis sentimientos y frustraciones, y estos tienden a ser tristes y desgraciados, así que quizás sí que sea una persona triste, pero intento ser optimista”.

Tu manera de cantar es similar a la de Kate Bush, ¿es una de tus influencias?
“¡Nunca había escuchado eso! Pues la verdad es que nunca lo había pensado, pero me gusta su música”.

Definen lo tuyo como cold wave, ¿te parece un término acertado?
“Al final los músicos no suelen elegir el tipo de música que hacen, el público termina decidiendo cómo lo quieren llamar. No me importa que cataloguen mi música como cold wave, me gusta ese género”.

Esas palabras aluden de inmediato a la cultura gótica, ¿sueles ir a bares de ese estilo?
“Lo cierto es que no me gustan nada los bares, pero elegiría uno gótico frente a uno normal”.

¿Hay escena cold wave en tu país?
“Sí, tenemos cosas interesantes de ese estilo en Islandia. Si estás interesado en el cold wave islandés, te aconsejo echar un vistazo a Rex Pistols, Aska, Kvöl, Dulvitund y muchos más”.

¿Crees que bandas como Sigur Rós han contribuido a que muchos fijen su atención en Islandia a nivel musical?
“Creo que la música en Islandia siempre ha sido muy especial. Vivimos aislados en una isla, pero cuando se inventó internet, pudimos escuchar cosas de todo el mundo y de cualquier época. Por eso gracias a las nuevas tecnologías, grupos como Björk y Sigur Rós pegaron fuerte primero en Islandia y luego en el resto del mundo con más éxito que nunca. Su música es especial y eso me encanta”.

Parece que en tus temas existe una conexión muy sólida con la naturaleza…
“Estoy muy inspirada por la naturaleza y su romanticismo es mucho más poderoso que el que se puede sentir hacia los humanos. Me crié al lado del mar y de pequeña solía jugar con elfos en un campo de musgo y piedras cerca de mi casa. Era muy creativa y tenía mucha imaginación, por eso pasaba tanto tiempo sola con la naturaleza, eso me ha conformado como individuo, el silencio de la naturaleza es mágico”.   

Estuviste en España hace no demasiado con Kaelan Mikla, ¿qué te pareció?
“Tocamos allí el año pasado y nos encantó, a mí siempre me ha gustado España”.

¿Observas alguna diferencia importante entre el público de la península y el de tu país?
“Creo que no puedo responder a eso. Islandia es mi casa y ahí toco para mi familia y amigos. España es demasiado extraña para mí para poder decir algo”.

Algunos te han comparado con Nico de The Velvet Underground, ¿cómo te lo tomas?
“Es un honor”.

Por último, creo que cofundaste una revista underground llamada Myrkfaelni, ¿qué tal la experiencia?
“Sí, era un proyecto mío y de mi amiga Kinnat. Era sobre la escena underground islandesa y fue una experiencia muy buena. Viajamos mucho con Kaelan Mikla y conseguimos conocer a mucha gente con la que queríamos compartir la música islandesa. Acercarlos a la música y que la música se acerque a ellos”.

Recordamos las fechas de la gira:

21 de noviembre, Bilbao (Nave 9)
22 de noviembre Madrid (Maravillas Club)