lunes, 19 de octubre de 2020

THE NORTHAGIRRES + AITOR OCHOA & MAD MULE +THE DALTONICS: MOTÍN EN EL PATIO DE LA CÁRCEL

Sala Santana 27, Bilbao 

Ya decía el gran Jorge Martínez de Ilegales que “hace rock quien puede, no quien quiere”. Algo que hoy en día parece haberse convertido en lo más subversivo que uno pueda echarse a la cara, a tenor de las campañas gubernamentales en las que se difama y criminaliza a todo el sector del ocio nocturno con una rotundidad que asusta. Quizás debamos asumir que el objetivo de este tipo de medidas obedezca más a mecanismos de control social que a los lógicos protocolos de contención ante una pandemia. Da igual que todavía no se haya producido ningún contagio en un concierto, la consigna sigue siendo vincular ciertos espectáculos con muerte y poner el énfasis en imágenes de aglomeraciones en el exterior de bares para que así el personal salte con la indignación de furibundos franquistas. Qué ejemplaridad tan repentina que nos rodea.

 Si hace escasas semanas celebrábamos el retorno a la actividad de la sala Santana 27, uno de los pilares de la vida cultural de la villa bilbaína, a toda una carrera de obstáculos se tuvieron que enfrentar los organizadores para llevar a cabo tanto la cita de Los Deltonos del día anterior como la de The Northagirres, Aitor Ochoa & Mad Mule y The Daltonics que nos ocupa esta crónica. Porque a cualquier mente racional le resulta complicado entender que lo que valía una semana antes ya no sirva unas horas después, según nos daba a entender Juegos y Espectáculos del Gobierno Vasco al prohibir los bolos con mesas. Otra de esas incongruencias supinas con los transportes públicos a reventar en hora punta. Ya se podría aplicar esa manga ancha también en otros sectores.

Así que ahí nos plantamos en un recinto plagado de sillas, algunas incluso vacías de peña que había reservado con anterioridad. De sobra es sabido que cuando llueve es como si el mundo se parara en la capital vizcaína y no son pocos los que deciden recluirse en casa, como si lo que de verdad cayera fueran bombas radioactivas y no simples precipitaciones. Una acción que tenía todavía más delito con el pedazo cartel que se había organizado en una velada a un precio ridículo por tres bandazas.

 Abrieron la terna los siempre cachondos The Daltonics, con su animado rollo pub rock que bebe lo mismo de Dr. Feelgood que del descaro de Siniestro Total, solo hace falta escuchar la letra de temazos tipo “Vintage” o “El novio de mamá”, que con toda su chulería dedicaron a “las mujeres solteras de la sala”. Repasaron otros especímenes autóctonos en “Vienen tus cuñaos” y “Viudas de Epalza”, no sin olvidarse de los que esa noche tenían mambo en “Calcetines” o del agraviado gremio de los hosteleros, con recuerdo especial a Txema de Zuloa, que se hallaba presente en la primera fila. Se quejaron además de que “ya no se puede interactuar con la gente…solo si es una orgía autorizada”. Héroes locales.

Los irreverentes The Daltonics.
 

Y no menos apabullantes se tornaron Aitor Ochoa & Mad Mule, unas bestias que le daban a un rock americano bastante contundente con poso de Neil Young o incluso Beasts of Bourbon. “Parece el patio de una cárcel”, dijo el más que competente cantante y guitarrista antes de acometer otro derroche de pura electricidad. Toda una tormenta la que desplegaron desde el escenario, con punteos soberbios a cargo de un líder al que le quedaban genial hasta las piezas más reposadas. Mucha elegancia había en esas composiciones con aire de clásico que revelaban a unos músicos como la copa de un pino. Enormes. Para seguirles el rastro. 

Aitor Ochoa & Mad Mule, elegancia guitarrera al cubo.
 

Y los guipuzcoanos The Northagirres ya tiraron la casa por la ventana desde el demoledor inicio con “Cavaré”, que puede evocar lo mismo a La Frontera que a Burning. El ambiente se calentó tanto desde los asientos que alguno de las primeras filas hasta gritó: “¡No nos dejan bailar!”. Otra de esas cosas que un servidor tampoco logra entender, salvo que exista evidencia científica de que el virus prefiere a las personas levantadas y a lo loco. 

 Pero daban igual los impedimentos, allí se estaba para disfrutar y lo estábamos haciendo de lo lindo con “La vez”, en la que volvimos a pensar en la histórica banda de La Elipa. “La boca rota” era otra composición impecable, que también podría haber sido escrita por Pepe Risi, mientras que “Cuéntales” rememora el spaghetti-western de ponchos y mascar tabaco, un terreno casi virgen en la península y que ellos bordan tanto como Javier Andréu y compañía. Muy conseguidas esas atmósferas polvorientas en las que el teclado les aportaba la riqueza necesaria. Aquí ese instrumento no se trata de un mero convidado de piedra, como sucede en otras bandas. 

The Northagirres
 

 No esperábamos tampoco que se arrancaran con una versión muy punkarra del “C’Mon And Love Me” de Kiss, que fue de lo mejor de la velada. Lejos se quedaron de los que recurren a temas requetequemados como “Detroit Rock City” o “Rock N’ Roll All Nite”, ojalá se reivindicara con mayor frecuencia esta primeriza etapa de los neoyorquinos en la que estaban influenciados tanto por el rock clásico de The Beatles o Led Zeppelin como por el protopunk de MC5 o New York Dolls. 

 “Norte y sur” siguió echando carburante en la locomotora, antes de que incidieran de nuevo en el ambiente ferroviario con “Yo también”. Y que lo suyo es un agradable conglomerado de influencias rockeras lo certificaron con “Anoche vendí mi coche”, con esa garra guitarrera similar al “Go Down” de AC/DC. Solo podrían finiquitar un recital de altura estratosférica con “Lalala Lala Lalalala Lalala”, que en las distancias cortas se torna un auténtico trallazo. Tremendo. 

 

Ante el entusiasmo generado, los bises eran obligados, por lo que no tardaron en regresar con “Lo pactado”, más macarrismo burniniano en vena, y un “Elevator” de notable aroma stoniano que demuestra que cantar en inglés tampoco les sienta nada mal. La buena música entra incluso en swahili si hace falta. 

 Una cita, en definitiva, en la que tres grupazos oficiaron a un nivel increíble, por lo que sería complicado precisar quiénes sobresalieron por encima de los demás. Por afinidad estilística nos quedaríamos con los últimos, aunque otras opiniones al respecto se antojarían igual de respetables. Que no se pierda nunca la cultura de los conciertos. El motín en el patio de la cárcel es posible. 

 TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

martes, 6 de octubre de 2020

EL COLUMPIO ASESINO: CONTAMINADOS HASTA LAS TRANCAS

Sala BBK, Bilbao 

Habrá que acostumbrarse a esto de los conciertos separados y con mascarillas. Sobre todo cuando parece ser esa la única vía para sortear la férrea censura dictatorial impuesta por esas autoridades sanitarias que vinculan ocio nocturno con muerte y no tienen tanto remilgo a la hora de confinar peña en transportes públicos y aerolíneas. Pero hay cosas que no pueden ser, ya que dicho formato intimista no se antoja el más adecuado para ciertos grupos que invitan al fiestón descontrolado, ese puro hedonismo de madrugada que también ha sido proscrito, entre otras libertades arrebatadas desde el inicio de la pandemia. Salga de casa, trabaje y vuelva a su hogar. El futuro de ‘1984’ hace tiempo que llegó. 

De entre los combos que por su energía incitan a venirse muy arriba siempre estarán los navarros El Columpio Asesino, cuyo himno llenapistas “Toro” continúa siendo banda sonora perfecta para el desfase del fin de semana y quizás uno de los pocos ejemplos en el indie patrio en el que se aborda sin tapujos el tema de las drogas. Inclasificables y con un espectacular abanico de influencias que va desde Pixies hasta el post punk o el krautrock, han sorprendido recientemente en su álbum ‘Ataque Celeste’ con un giro hacia sonidos más sintéticos pero en el que no se han desechado esas atmósferas malrollistas que tan bien les funcionaban en el pasado.

Con las entradas agotadas en cuestión de horas, al igual que el resto de las citas con las que la sala BBK celebra su décimo aniversario, el ambiente a reventar andaba garantizado en el interior. Al contrario de lo que sucedió en Los Punsetes, cuando en torno a la mitad del aforo decidió no acudir al evento debido al mal tiempo, en esta ocasión seguro que no sobraron demasiados sitios, incluso un servidor tuvo que echar un ojo a su asiento para que unos advenedizos no se lo mangaran. Maravillas de los aforos reducidos, casi podríamos entretenernos jugando a las sillas. 

 La artista multicultureta Hakima Flissi gozó del privilegio de abrir la velada, aunque no nos sedujo demasiado su rhythm & blues de efluvios comerciales y algún destello soul. Es evidente que la chica posee una voz deslumbrante que llama la atención, pero cuando se acerca a los sonidos trap o latinos, con la notable aportación de una DJ bailonga, a uno le entran ganas de esconderse debajo de la mesa y no salir de allí hasta que el temporal haya amainado. Una mera cuestión de gustos con la que no sintonizamos, sin más. 

Hakima Flissi y su rollo multicultural.
      

Todo lo contrario de El Columpio Asesino, cuyo rollo experimental llevamos adorando casi desde el primer disco. Y por supuesto el golpe de timón que han dado con su último largo ‘Ataque Celeste’ lo abrazamos sin complejos, puesto que no vale cualquiera para saltar con tanta precisión del rock a la electrónica y no enredarse con el almíbar por el camino, quizás New Order en el ‘Get Ready’ y poco más. Una deconstrucción en la que los géneros dejan de importar y nos obligan a centrarnos solo en lo importante: la música. .

A modo de intro futurista con ecos de Aviador Dro, “Ataque Celeste” ya nos puso en guardia de que ese concierto sería especial por diversos motivos. El más obvio lo estábamos sufriendo con las dichosas mascarillas y la distancia de seguridad, pero también iba a ser la primera vez en la que veríamos sentado a un grupo que llevaba el ADN del descontrol muy metido dentro. Y la experiencia resultó de lo más gratificante, con un inicio realmente sensacional con “Huir”, constatación práctica de que el malrollismo no está reñido con la electrónica, y “Preparada”, otro temón para las distancias cortas que nos recuerda que “para empezar de nuevo hay que morir”. Que el fuego nos purifique a todos. 

 

Sin condescender en absoluto a la hipocresía quedabien, “Sirenas de mediodía” constituyó otro paso importante en el descenso a los infiernos que nos proponían los navarros. La voz de Cristina Martínez sigue sobrecogiendo en directo e insuflando brío a esa vertiente siniestra que les emparenta con Parálisis Permanente. Esta mujer debería ser la femme fatale definitiva del indie patrio. 

No se desviaron de la senda oscurilla con “Babel”, otra pieza que podría atronar en cualquier sesión gótica. Y añadieron dinamismo al asunto con los tonos casi susurrantes de Cristina mientras aporreaba una baqueta marcando el ritmo. Sin pausa que valga enlazaron con “La lombriz de tu cuello”, otra letra insana por doquier. Esto es lo que de vez en cuando hace falta, nada mejor para liberar tensión y cabreo contenido. Que los buenrollistas se metan las tacitas de Mr. Wonderful por donde les quepa. 

 

Con este panorama de efecto ascendente contener las emociones desde el asiento se antojaba complicado, por lo que no era extraño contemplar a algunos asistentes agitarse como si llevaran una camisa de fuerza. Bastaba pronunciar palabras mágicas tales como “Un coche bomba estalla en Moscú” para que el personal alcanzara el delirio y entonase las estrofas restantes como buenamente se podía con mascarilla. Si esto hubiera sido de pie y sin restricciones que valgan, se habría liado muy parda. 

 “A la espalda del mar” es otro corte negrísimo cual tizón que cuestiona ese empeño en meterles en el cajón de sastre de los indies, a pesar de que esos giros perturbados que otorgan a sus letras les alejan miles de kilómetros de Dorian o Love of Lesbian, por ejemplo. Sacaron el guante de seda con “Perlas”, que les quedó muy My Bloody Valentine antes de devenir en shoegaze chirriante. Versatilidad a tope. 

La guitarrista y vocalista Cristina agradeció la descomunal respuesta recibida, no sin asegurar que se tirarían “horas tocando los discos”. Estaba más que cantado que para despedirse recurrirían a “Toro”, su llenapistas definitivo y que no cansa por mucho que se escuche mil veces, esos guitarrazos siguen sonando a gloria en las distancias cortas. Cualquiera se movía de allí después de semejante subidón, eso mismo nos dijeron ellos al darse cuenta de la jugada. “Estáis como para ir a casa”

 

No quedaba otra que regresar en breve, algo que hicieron por todo lo alto con “Your Man Is Dead”, una pieza primigenia tan macarra como siniestra. “Se supone que el rock es para contaminar”, nos dijo el batera Álvaro y Cristina puso en duda tal afirmación. Muchos interpretaron aquello como una señal para la rebelión, para levantarse de la silla y atreverse a moverse, actos totalmente proscritos en la actualidad. El festín contó además con “Vamos”, otra tonadilla de alaridos para alcanzar el éxtasis con delirio ruidista y trompeta. ¿Qué más se puede pedir? 

 Acabamos contaminados hasta las trancas por sus letras insanas y su desmedido talento para adaptarse a las circunstancias actuales. Porque eso de conseguir sobresalir en un recital en el que la única interacción posible consiste en dar palmas ya tiene su mérito. Ya lo hemos dicho antes, pero lo volvemos a repetir para que quede bien claro, la que habrían montado si no existieran las medidas vigentes para la celebración de conciertos. El entusiasmo es un arma muy peligrosa. Normal que no nos dejen juntarnos.

 

 TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

martes, 29 de septiembre de 2020

LUKIEK + MARBAN: PURA VIDA DESDE LOS ASIENTOS

 Sala Santana 27, Bilbao

 Siempre hace ilusión recuperar espacios de libertad. Lugares abandonados desde hace meses que vuelven a brillar con el calor de la gente y demuestran que en realidad tampoco ha pasado tanto tiempo. Basta volver un poco a las costumbres de antaño para darse cuenta del vertiginoso cambio social que se ha producido en un país incapaz de aprender de sus errores y con la cultura de nuevo en el punto de mira de las autoridades gubernamentales. Pero sin que se note mucho la persecución política, en eso consiste ser “progresista” hoy en día. Hace unos añitos, el cantautor Nacho Vegas ya alertó de esta peste de arribistas e incompetentes supinos popularizando unas camisetas que rezaban “Odio a los progres”. Y cuidado, el que discrepe va directo al cajón de la extrema derecha.

En una época en la que montar conciertos cada vez se asemeja más a hacerlo en pleno franquismo, se agradece que sigan al pie del cañón promotoras como Hey Hey My My y que así se aprovechen las escasas oportunidades para el mundo musical que nos deja esta democracia del 2020. Ya no te llaman cochambre o piojoso como antaño, pero la culpa del descontrol de la pandemia lleva meses atribuyéndose sin base científica ninguna a los mismos. Todavía estamos esperando a que se confirme algún brote en un concierto, mientras que los casos en colegios y otros sitios se multiplican cada día. Simple cuestión de manipulación.

 

Ganas había por tanto de atravesar la puerta en este regreso a la actividad en la sala Santana 27, por lo que nos sorprendió comprobar que la pista principal se había transformado en una suerte de cabaret con mesas para grupos de varias personas y sillas individuales. Parecía que más que un concierto lo que allí se iba a contemplar era una sesión de monologuistas, pero ese detalle era insignificante comparado con la posibilidad de poder disfrutar de nuevo de bandas subidas a un escenario.

Con los ánimos del personal muy elevados por el sold out registrado en el recinto escasas horas antes, los getxotarras Marban ofrecieron todo un bolazo en el que brillaron tanto sus revisiones de Arctic Monkeys, caso de “Do Me A Favour”, como temas propios del calibre de “Perséfone”, con cierto deje a lo Love Of Lesbian. Muy bien interpretadas estuvieron las piezas de Alex Turner y compañía, pese a que no sea nada sencillo pillarles el punto vocal y lo único que echamos de menos es que no se animaran con algún corte del laureado ‘AM’, quizás uno de los mejores discos de la pasada década. Mucho nivel, para seguirles la pista.

Los getxotarras Marban dieron lustre tanto a Arctic Monkeys como a temas propios.
 

A Lukiek a estas alturas les tenemos catados en la mayoría de circunstancias posibles, esto es, en garitos pequeños, recintos medianos, festivales y demás. Y si algo se cumple con milimétrica exactitud es que saben hacer que la peña se divierta, han dado con esa fórmula mágica que otros tardan años, o incluso toda una vida, en encontrar. El poder descomunal de lograr que sus actuaciones no pasen desapercibidas en absoluto.

Para que un trío funcione en las distancias cortas es fundamental que sus integrantes estén compenetrados al cien por cien hasta el punto de que su sonido no se resienta en absoluto. No sería la primera vez en la que vemos brillar formatos minimalistas con mucha más convicción que bandas enteras atragantadas en su barroquismo y pretenciosidad. El guitarra Josu y compañía parecen controlar bastante los tiempos y tal vez por eso ofrecen bolos enérgicos desde el minuto uno, incluso en la complicada tesitura de pandemia, cuando la única interacción permitida es dar palmas.

 

“Cisne Disney” marcó las coordenadas noventeras por las que se moverían en el terreno musical, un inclasificable territorio entre el rock alternativo y el post punk al que cuesta atribuir referentes inmediatos. Es tal su personalidad que el hecho de que su vocalista y guitarrista Josu sea el compositor principal de Belako se antoja más un hecho anecdótico que otra cosa, pues ambos proyectos poco tienen que ver, a excepción de esa patológica obsesión por la década del grunge y de las camisas de cuadros.

“Ha habido tiempo de hacer cosillas”, nos advirtieron antes de dejar caer alguna novedad que no desentonaba para nada en el conjunto. Pero donde sobresalían era en piezas del debut tipo “Nondik Zatozie” o “Don Gomes” que la peña coreaba como si fueran auténticos himnos. Y quizás no se pueda montar el pogo o la bulla de la vieja normalidad, aunque eso no impide buscar alternativas diferentes de mostrar el afecto, una de ellas fue sentarse y levantarse de las sillas repetidamente. Todo un espectáculo no apto para apalancados.

 

Por el ímpetu que le echaron a la velada, se notaba que lo de subirse a las tablas lo habían pillado con ganas, en especial el batera, que ofició cual titán aporreando sin descanso, una máquina. Y la simbiosis entre Josu y el bajista era asimismo asombrosa, le ponían tal esmero que recordaban en ocasiones a Biffy Clyro, otros salvajes en directo. Un trípode en el que cada pieza se tornaba imprescindible para mantener la estabilidad.

De lo mejor del recital se antojó “Kontuz!”, post punk ortodoxo vía PIL para deleite de los puristas del género, mientras que el poso Nirvana se disparó en “Bi Polar Eztabaidan”. El entusiasmo del respetable no disminuyó un ápice a lo largo de la cita, la peña comía tanto de su mano que a veces parecía que daba igual lo que tocaran.

La recta final con “Vampiro Zara Orain” y “Automata” confirmó su impresionante poderío escénico y su inefable voluntad de liarla incluso aunque el público tenga que permanecer sentado. No son pocos los que aseguran que ver un concierto en estas condiciones no dista demasiado de un ensayo. Y puede que posean razón en parte, lo cual no quita para reconocer la valía de esos alquimistas capaces de transmitir emociones de esta peculiar manera. Se sentía pura vida desde los asientos.

 

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

 

 

 

martes, 22 de septiembre de 2020

LUKIEK Y MARBAN REANUDAN LOS CONCIERTOS EN LA SALA SANTANA 27

 

La llamada nueva normalidad sigue dominando nuestro destino, pero poco a poco vamos recuperando recintos en los que antes era habitual ver conciertos casi cada semana. Uno de ellos era la Sala Santana 27 de Bolueta, que desde que se iniciara la pandemia a mediados de marzo parece como si se hubiera volatilizado del mapa. Por suerte, la siempre valiente promotora Hey Hey My My ha tomado la iniciativa en estos tiempos inciertos y ha programado ya varias citas interesantes.

La primera será el próximo viernes 25 de la mano de Lukiek, grupo paralelo de Josu Ximun de Belako que seguirá repasando su interesante debut. Les acompañarán los getxotarras Marban con un repertorio centrado en clásicos de Arctic Monkeys, una de sus principales influencias. 

 

Y el sábado 26 hay organizada también una buena timba con Los Brazos, The Allnighters y The Cherry Boppers para saciar la sed de directo de los aficionados más exigentes. Que no se diga que la gente no comienza a moverse en el sector del ocio, por muchas trabas institucionales y campañas difamatorias que se monten al respecto.

Sobra decir que en dichos eventos se seguirán las actuales medidas sanitarias para frenar la propagación del Covid-19, como el uso obligatorio de mascarillas y la posibilidad de disfrutar de los conciertos en grupos de hasta cinco personas. En este sentido, desde la organización piden la colaboración de los asistentes, a los que se tomará la temperatura nada más entrar al recinto, aparte del correspondiente lavado de manos. Una vez en el interior, será posible hacer uso del servicio de hostelería desde la mesa asignada.

 El viernes las puertas se abrirán a las 21.00 y el show comenzará a las 21.30, mientras que el sábado se podrá acceder a las 19.30 antes de que los conciertos arranquen a las 20.00.

 

Para reservar mesa:

 

https://entradas.codetickets.com/…/l…/11319/santana27/online

https://entradas.codetickets.com/…/l…/11327/santana27/online

 

 

martes, 28 de julio de 2020

CAPSULA: SOMOS ESCLAVOS, BABY


Palacio Euskalduna, Bilbao

En plena ofensiva contra el ocio nocturno y todo aquello que no sea quedarse en casita sin rechistar, siempre conviene recordar los motivos que nos hacen sentirnos vivos. El bueno de Joaquín Sabina ya nos hablaba de más de cien mentiras “para no cortarse de un tajo las venas” y desde luego los conciertos de rock ocuparían un lugar predominante. Porque con esto de la pandemia han proliferado además los recitales reposados de tocarse el mentón y menear ligeramente la cabeza. ¿Qué fue del desenfreno y la pura electricidad? Esa sensación de imprevisión y hasta peligro que podría vislumbrarse en los bolos primigenios de leyendas como The Doors o Iggy Pop. Ya basta de comer pipas, hemos tenido suficiente.

Con el fin de restaurar ese orden natural de las cosas arrebatado por el coronavirus, Capsula volvieron a insuflar dignidad al rock en un recinto tan elegante como el Palacio Euskalduna, por algo nos enseñaron en los setenta que el glamour no debería estar reñido con la autenticidad. Lástima que el poder de convocatoria no resultara tan abrumador para lo que un grupo de su categoría merecería, pero por lo menos los congregados se mostraron lo suficientemente emocionados para que su clamor resonara como si fueran miles. El eco de los parias y olvidados no se ha apagado.


Si algo nos ha dejado esta “nueva normalidad” es que se ha matado por completo cualquier atisbo de espontaneidad, no digamos ya a la hora de conocer gente, sino incluso en el aspecto más nimio de nuestra existencia, con citas previas para casi cualquier trámite que uno necesite. Y si en los conciertos una parte importante para valorar la efectividad de un combo residía en la interacción con el respetable, ahora lo único todavía permitido es dar palmas, algo que a un servidor siempre le pareció más propio de verbenas, bodas y bautizos que de un concierto de rock propiamente dicho. 
Pero allá cada cual, que disfruten los entusiastas de las palmas mientras se pueda. Quizás mañana nos digan que de esta manera también se propaga ese virus que solo encuentra su caldo de cultivo en lugares de ocio por la noche.

Aquella era una ocasión especial, el reencuentro con su público bilbaíno, y Capsula no desaprovecharon la oportunidad apelando a las agallas desde el comienzo con la psicodelia abrasiva de “Sun Shaking”. El vocalista Martín siempre fue un experto a la hora de añadir misticismo a cualquier cita, por lo que en ese aspecto no errarían ni por asomo. Muy emotivo se tornó en determinados momentos verle arrodillado a escasos metros de los fieles y un servidor incluso deseó que el carismático frontman volara sobre las multitudes como antaño, al igual que si se tratara de una levitación insólita, una lluvia de ranas u otro detalle característico del realismo mágico.


De baile ritual se calificó “What’s In The Mirror”, uno de sus cortes con mayor empuje y que jamás deja indiferente en las distancias cortas. El evangelio rockero impartido por Martín y compañía siguió cursando a pleno rendimiento en “Candle Candle” antes de alcanzar uno de los picos de la noche en la versión de SUMO “Mejor no hablar de ciertas cosas”. Apoteosis ruidista total con el inevitable halo mesiánico, un muro sónico que no lo tiraba ni el tornado que aparecía en la canción.

Y de los tormentos exteriores pasamos a los interiores con “Away From Heaven”, de su último disco ‘Bestiarium’, una suerte de blues de ultratumba. En contexto de confinamiento inminente pegaba bastante “Santa Rosa”, “una canción que salió de dentro de una tormenta”, según nos explicó la bajista Coni antes de que Martín tomara el relevo a la voz y pisara el acelerador con “No contestás”, todo un tratado de post punk con ecos de The Cramps. La puntilla final al primer tramo del bolo la pusieron con “Caballos de mar”, más combustible necesario para mantener la hoguera del rock.


Regresaron acompañados de un viejo amigo como Jorge Cayama a las teclas para la evocadora “Cry With You”, otra de las cimas de la velada interpretada de manera impecable por Coni. Y se sumergieron en marasmos de influencia oriental en “Siren’s Lips” y “Magnets” mientras Martín advertía en plan apocalíptico: “Este es el futuro”. Pues vaya, casi hubiéramos preferido la tan cacareada hecatombe nuclear antes de este porvenir en el que apenas te dejan vivir. Del trabajo a casa. Y vuelta a empezar. Prohibido el ocio. La pesadilla orwelliana de ‘1984’ ya está aquí.

No sabemos si estaría permitido, pero algunos rebeldes del siglo XXI se levantaron de la silla con el “Russian Roulette” de Lords Of The New Church. Y no era para menos con este clásico imperecedero del rock gótico, debería comprobarse el pulso de cualquiera capaz de permanecer impasible ante tamaño himno. Terminar así les habría elevado hasta la estratosfera, pero todavía siguieron con un “Dead or Alive” que tampoco estaba nada mal y que contribuyó a mantener las revoluciones en su punto álgido.

Si tocara señalar algún tramo flojo del show, nos acordaríamos de los temas que siguieron a su segunda vuelta a las tablas, piezas decentes pero que no merecían tan privilegiada posición, salvo la punkarra “Sphinx”, claro. Y más cuando echamos muy de menos ese in crescendo llamado  “Communication” o la revisión de Iggy Pop “I Need Somebody” que ya no se suele estilar demasiado en directo. Cuestión de gustos.


Y en un concierto de Capsula de los últimos tiempos algo de Bowie tenía que caer sí o sí. No defraudaron al retornar ya por tercera vez para un soberbio “Suffragette City” que contó con Gaizka Insunza (Audience) a la guitarra y coros. Que nunca falten los homenajes al hombre de las estrellas.

“¿Quién dijo que no se podía hacer rock en un teatro?”, nos dijo en cierto momento Martín antes de reírse con la carcajada de un villano de James Bond. Y ese aire de profeta del futuro tampoco le abandonó cuando nos soltó un “Somos esclavos, baby” en los comienzos del show, una frase que más que un lamento se tornaba como un acto de indiferencia ante el inevitable mal, igual que si uno se fuera estrellar contra un muro. El destino inaplazable después de haber conseguido que la mayoría de la población se pusiera sus grilletes de forma voluntaria. La fantasía recurrente de Aldous Huxley en ‘Un mundo feliz’. Ni drogas hicieron falta.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

 




miércoles, 15 de julio de 2020

MC ENROE: EL PODER DE UNA VOZ


Palacio Euskalduna, Bilbao

En ocasiones existe un rasgo particular que se convierte en el más importante de una persona y logra eclipsar todo lo demás. Es lo que le sucede, por ejemplo, a uno de los protagonistas de la novela de Michael Ondaatje ‘El paciente inglés’, un tipo que únicamente disfruta de la poesía cuando la recitan mujeres y que al final acaba enamorado de una voz. Las cuerdas vocales se transforman en una suerte de instrumento que interpreta una melodía imperceptible al resto de los mortales y que cobra su vital importancia situada en su contexto. “No quería oír nada más”, esas fueron las palabras.

Algo similar nos sucedió una vez que andábamos vagabundeando por el festival BBK Live cuando unos tonos profundos y grandilocuentes nos obligaron a parar en seco y dejar de pensar en cualquier cosa que pululara por la cabeza. Al levantar la vista, nos topamos con los getxotarras Mc Enroe, un combo que conocíamos ya desde hace tiempo pero que hasta entonces, por un motivo u otro, jamás nos habíamos detenido a escuchar con atención. Y aquello fue como una revelación, pues en ese preciso instante percibimos toda la congoja y angustia existencial que expresaban sus letras, enmarcadas de dignidad gracias a la voz rotunda y sincera de Ricardo Lezón. No era desde luego lo que uno esperaría en un marco mayoritariamente juvenil y hedonista con gente más preocupada en subir fotos a redes sociales que en deleitarse en aspectos formales. 


Después de este proceso iniciático hemos vuelto a coincidir con esta formación o con su líder en solitario y siempre hemos salido satisfechos gracias a su contrastado buen hacer sobre las tablas. Por lo tanto, no íbamos a faltar a otra propuesta suya en el contexto de la aberrante nueva normalidad, aunque hubiera que aguantar todo el recital con la mascarilla puesta, un tormento comparable a la cal viva o a la tortura china de la gota de agua. Pero en fin, es lo que toca para ver bolos en estos momentos. Ojalá se extendiera ese excesivo celo también a sectores como el de las aerolíneas o el turismo. Desescalada a la carta según el interés.  

Al margen de polémicas, Mc Enroe oficiaron a un nivel estratosférico ante un respetable compuesto en su mayoría por gente bien y con aparente solvencia económica, el habitual pijerío procedente de la margen derecha. Un respetable muy educado que guardó escrupulosamente la distancia de seguridad y que aplaudió como si se encontrara en el teatro o en los toros. No se esperaba un excesivo desmelene, por lo que aquí la espontaneidad por parte del público apenas existió. Cada uno en su sitio y sin molestar a nadie.


No hacía falta tampoco mucho más para disfrutar de temazos del calibre de “Electricidad” o “Seré Tú”, que abre su último disco con el profético título de ‘La distancia’, aunque según explicó el voceras Ricardo Lezón ni siquiera sospechaban el alcance de la pandemia actual cuando lo registraron. Las ovaciones eran lo único que rompía el silencio imperante en el recinto mientras los getxotarras andaban en faena. Y es que un concierto de este tipo con cacatúas hubiera sido insufrible total. Menos mal que ahí sí que cumplen una función encomiable las mascarillas.

Impecables sonaron asimismo “La gran belleza” o “Ahora”, la última muy de evocar cumbres, no en vano recordaba a “Cerca del cielo” de Nacho Vegas, el tema que dedicó en su día al montañero Juanito Oiarzabal. Podrán definirles como “slowcore” o cualquier otro rimbombante término gafapastil, pero lo cierto es que los paralelismos con las composiciones añejas del bardo asturiano de vez en cuando asoman la cabeza, como en “Cristo de los faroles”, la pieza que cierra el soberbio álbum conjunto ‘Lluvia y truenos’ de The New Raemon & Mc Enroe. Precisamente de dicho trabajo rescataron “Gracia”, con su leve deje a lo The Smiths. Lástima que no se animaran del mismo modo con “La carta” o “Malasombra”.


Siguieron repasando de forma exhaustiva su reciente obra con “La distancia del lobo”, no sin que antes recordaran que se habla más de “distancia emocional que física”. Y rebuscaron en el baúl con esa suerte de juego de palabras llamado “Brandon Marlo” que apareció en el recopilatorio de rarezas ‘Quiero pensar que aún queda tiempo’. Nadie les podrá achacar que sus repertorios son monolíticos, anda que no tienen material para rascar.

Otra sorpresa estuvo en “La Palma”, algo que nos hizo rememorar aquel recital intachable que se marcaron junto a The New Raemon en la bilbaína sala Santana, probablemente la mejor vez que les hemos visto, una apabullante coalición de talentos. Lezón nos tomó el pelo al presentar “una balada”, como si su música invitara a subirse a una mesa o a desenfrenos descomunales, y bordaron “Luz de gas”, nuestra preferida del último disco que cursó doliente a más no poder. No aptos si uno anda pensando en tirarse por un puente o colocarse una soga al cuello.


Preludiaron los bises con “Tormentas” y luego Ricardo Lezón regresó en solitario en plan country para “La cara noroeste”. Y en el final definitivo no podría faltar “Rugen las flores”, que desató los aplausos en cuanto sonaron las primeras notas. Una actitud comprensible hasta la médula, pues resulta complicado abstraerse a ese comienzo tan poético que bordea la pura literatura de calidad. Imprescindible para los aficionados a cortarse las venas con la primera época de Nacho Vegas. O a los que les gusta inventarse nombres, vaya.

Todo un bolazo de altura el que ofrecieron los getxotarras y que confirma su infalibilidad total en las distancias cortas y en circunstancias variopintas, sean salas, festivales o palacios de congresos. Nunca hay que subestimar el poder de una voz con la que se te puede caer hasta el alma al suelo. Emoción a raudales.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA