miércoles, 6 de noviembre de 2019

SUICIDE GENERATION: EN LA JAULA DEL LEÓN


Pub Mendigo, Barakaldo (Bizkaia)

Cuentan que la primera vez que Iggy Pop vio a Jim Morrison en directo se quedó fascinado por ese peculiar antagonismo que establecía con el público. Más que confrontar, se cachondeaba de la peña, y por eso el Rey Lagarto no dudaba a la hora de cantar en falsete sin venir a cuento. Tal vez por ese motivo, entre otros, a menudo debía de abandonar los recintos escoltado antes de que el respetable acabara linchándole. No se podría pedir demasiado a  musculosos jugadores de rugby, refinados tipos de las fraternidades o esos que algunos con bastante pompa consideraban “los futuros líderes de América”. Que les den a todos, esa era la actitud.

Una idéntica sensación de peligro, de que podría suceder algo fuera de lo normal, invade a cualquiera que haya visto en alguna ocasión a los londinenses Suicide Generation, combo salvaje donde los haya que en su anterior visita a La Nube dejaron hasta un reguero de sangre. Literal. Como Iggy Pop en el Detroit de comienzos de los setenta. Los susceptibles que se vayan a la cama.


Con semejantes antecedentes, era obligada la visita al Mendigo de Barakaldo para contemplar a una de las bandas contemporáneas que más se deja la piel sobre el escenario. Lástima que no nos esperaran en el garito grandes multitudes, sino un discreto reducto de fieles, en su mayoría locales, que justo ese día no tendrían un plan mejor al lado de casa. Es igual, hemos acudido ya a tantos conciertos que ya sabemos de sobra que la afluencia en los bolos por norma general suele resultar algo bastante anecdótico.

Casi ante un grupo de amigos oficiaron La última bala, unos vizcaínos que le daban al rock n’ roll de bareto en la senda de Platero y Tú. Un estilo que quizás a estas alturas esté ya más visto que el tebeo, pero lo cierto es que estos muchachos no se lo montaban mal en las distancias cortas con temazos que invitaban al buen rollo como “Mírame”, “El ser humano” o “Abandonar esta ciudad”. Les costó conseguir que la gente rompiera el hielo y se acercara a la distancia adecuada para el rock, pero al final aquello se asemejó a un agradable chascarrillo en el que se habló de “peperos”, “poperos”, “perros con asma” y hasta se sugirieron las propiedades nutritivas para el cabello de las que gozaban los que aguantaron en primera fila al pie del cañón. Muy entretenidos.

La última bala, en la estela de Platero y Tú.
Como elefante en cacharrería irrumpieron Suicide Generation, con su inquieto vocalista saltando hacia los congregados casi desde la primera pieza y subiéndose a la barra. Un numerito que habíamos contemplado en La Nube, aunque en esta ocasión lo quiso hacer más espectacular al amagar caminar por el estrecho espacio que había al lado de la cabina de DJ. Menos mal que una camarera se lo impidió, porque parecía poco probable que dicha estructura aguantara tanto peso. Hay que poner límites incluso a las fieras desbocadas.

En lo musical, “Prisoner Of Love” clavó la pica en Flandes por su aire desgarrador al “Muscle of Love” de Alice Cooper y luego “Shitty In The City” mantuvo el tipo evocando el macarrismo de New York Dolls o Hanoi Rocks, glam punk en pleno esplendor, uff. Dicen que si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña, así que el cantante no se cortó a la hora de arrastrar al personal a las primeras filas. ¿Qué es eso de vegetar en un concierto de rock? A dormir a casa.


Por fin teníamos ante nosotros a un frontman de esos que no pasa desapercibido, se podría decir incluso que eclipsa cualquier otro detalle accesorio. Es el espectáculo en sí mismo y lo demás no importa. Una bestia deudora hasta las cachas del salvajismo de Iggy Pop, que se daba golpes con el micro en la cabeza como los auténticos jartos, véase Wattie de The Exploited, y que tal vez se tiraba más tiempo por los suelos que levantado. Para no despistarse ni un instante.

Estallidos de energía como “Love Is Hate” que no superan los dos minutos valen de sobra para convencer a los indecisos, pues aquí no se trata de admirar exquisitos pasajes instrumentales, sino más bien de apelar a las agallas. No en vano dicen que el lema de Suicide Generation es “te follaremos con la polla larga del rock n’ roll”, sin consentimiento ni leches. A la vieja usanza.

Nadie se libró de aquel fiestón que se montó en un momento a pesar de la escasa afluencia, pues el vocalista iba a buscar a los que se encontraban situados más atrás, aquí esa vieja táctica de instituto de sentarse lo más alejado posible del profe no funcionaría. Como hemos dicho, era un bolo tan frenético y entretenido que si te descuidabas un momento, igual ya te habías perdido algo fundamental porque continuamente pasaban cosas.


La homónima “Suicide Generation”, con alaridos y solos al tuétano, sirve de carta de presentación para que se le termine de volar la peluca a cualquiera. Era tal la vitalidad de su cantante adorador de Iggy Pop que hasta simuló ahorcar a un fan de las primeras filas y el resto de la banda no se quedaba tampoco atrás en este peculiar viaje hacia la autodestrucción, pues cedieron el bajo a un parroquiano para que desparramara a gusto. Que no se diga que no se favorece el arte.

Fue un visto y no visto con una duración irrisoria para los acostumbrados a canciones enrevesadas con varias partes, complicados desarrollos instrumentales y demás. En serio, no hace falta darle tantas vueltas al bolo. A algunos con subir el volumen a tope y chillar con saña nos requetebasta. Y sentir de nuevo esa sensación de peligro. Igual que cuando entras en la jaula de un león.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA         



jueves, 31 de octubre de 2019

BULLET PROOF LOVERS: ALIMENTO PARA EL ESPÍRITU


Sala Shake, Bilbao

De un tiempo a esta parte tenemos tantos eventos en la capital vizcaína que  requiere encaje de bolillos organizarse para no perderse ninguna cita fundamental. Es tal la saturación que ya cada vez resulta más frecuente toparse con uno de esos días en los que hay repartidos cuatro o cinco bolos por el territorio y casi se podría montar hasta un festival si se aunaran esfuerzos. Y que así siga por mucho tiempo, lejos quedó aquella época antediluviana en la que era necesario recorrerse más de cien kilómetros para contemplar a estrellas de cierta enjundia.

Una jornada complicada había elegido el supergrupo Bullet Proof Lovers para batirse el cobre en los escenarios, el terreno que mejor dominan y en el que se revela toda la experiencia que atesoran Kurt Baker y compañía. Creo que este año ya habíamos repetido unas cuantas veces, pero da igual, sus recitales son otra de esas garantías absolutas en la vida de que uno saldrá más que satisfecho y con los ánimos por las nubes.


Apurando los minutos nos plantamos en el Shake, que tampoco presentaba ingentes multitudes para recibir a los teloneros, The Grace of Dionysus, unos guipuzcoanos que le daban al hard rock de efluvios setenteros, un rollo un tanto alejado del de los protagonistas de la velada, pero que se disfrutó igualmente. Al margen de gustos o fobias particulares, era evidente que estos tipos de Zumaia estaban muy rodados en las distancias cortas y su pericia instrumental era encomiable. Recordaron a The Spencer Davis Group en sus piezas más bailongas, e incluso no faltaron referencias al “Rock N’ Roll Nigger” de Patti Smith. Todo un batiburrillo de influencias de fácil digestión.

The Grace of Dionysus y sus efluvios setenteros
En una especie de limbo se encuentran en estos momentos Bullet Proof Lovers, con su último álbum en estudio ‘Shot Through The Heart’ ya en el recuerdo y a la espera de que nos deleiten con nuevo material en breve. Un territorio entre dos orillas en el que se pueden esbozar pasos futuros en una dirección determinada y así atisbar algo de luz en el camino.

Con esa situación en mente, irrumpieron con la novedad “Razor Sharp” antes de que la cosa comenzara a tomar vuelo con “It’ll Be Allright” y “Ain’t No Joke”, dos trallazos capaces de levantar a un muerto. El voceras Kurt salió con sus descomunales ganas de siempre y no menos entusiasmo mostraba el guitarrista Juan levantando el mástil como los Hellacopters o arrancándose desbocado en los solos. El que permanezca impávido ante semejante derroche de energía, mejor que se lo haga mirar.


“Can’t Let Go” fue casi un visto y no visto por su acelerado ritmo y no dudaron en anunciar que en diciembre tendrían nuevo disco, por lo que tocaba anticipar algún adelanto más. Y eso hicieron para certificar que eso de los experimentos no va con ellos, pues siguen reincidiendo en esos coros deudores de Kiss y punteos a lo Hellacopters marca de la casa. A mamarla la evolución y demás mandangas.

Y en cualquier bolo suyo se torna obligatorio que suene “Breaking Down”, una joya redonda de power pop que podría hasta convertirse en todo un clásico del género. No nos hubiéramos perdonado marchar de allí sin que cayera ese pedazo himno que todavía pone la piel de gallina cada vez que se escucha en directo, si de verdad poseen algún tema que defina de un plumazo su rollo, este podría ser uno de ellos.


Y sin pausas ni mierdas enlazaron con “Take It Or Leave It”, otro de los cortes más destacados de ‘Shot Through The Heart’, con influencia más que evidente en los coros de Paul Stanley y compañía. Otra pieza que nos podríamos tirar horas escuchando en bucle. Se continuó recurriendo a algún otro avance para subrayar el carácter especial de la velada y allí nos hubiéramos quedado hasta el final de no ser porque debíamos acudir a otro bolo a escasos metros. La obligación apremiaba.

Con un grupo que siempre se deja la piel en los escenarios, no importa repetir las veces que haga falta, e incluso podría prescribirse verles por lo menos una vez al año para mantener los principios rockeros en sus niveles adecuados. Que no se suba el azúcar y que las agallas se mantengan. Hay que cuidarse. Puro alimento para el espíritu.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

  

jueves, 10 de octubre de 2019

ANARI & THALIA ZEDEK: SIMBIOSIS TOTAL


Kafe Antzokia, Bilbao

Lo de las colaboraciones entre músicos en ocasiones es un poco complicado. No siempre salen las cosas como uno espera. La lucha de egos puede echar al traste cualquier ansiada unión. O simplemente no se conecta, al igual que sucede en la vida real cuando dos desconocidos se encuentran. Otras veces surge la magia casi desde el primer minuto y aquello adquiere proporciones de milagro bíblico. Una gesta conseguida sin demasiado esfuerzo y que certifica que con voluntad por ambas partes los consensos son posibles. Y hasta deseables, que se lo digan a la clase política.

La inefable conexión entre la cantautora vasca Anari y la estadounidense Thalia Zedek bien valdría para montar una coalición bastante más sólida que otras que se ven por ahí. Y es que algo divino debió suceder en aquel concierto a comienzos de año en Gernika en el que compartieron cartel y que desembocó en una gira conjunta por tierras vascas de cuatro fechas. Una velada especial en la que se harían acompañar por la solvente banda de la guipuzcoana en la que destaca el guitarrista Ander Mujika, ex miembro de Napoka Iria y colaborador habitual de Jabier Muguruza.


Dado el conocido tirón de la azkoitarra en la emblemática plaza del Kafe Antzokia bilbaíno, era esperable que agotara entradas en el piso superior de Kutxa Beltza. Y más si añadimos el carácter especial de la cita con esa colaboración junto a Thalia Zedek que quizás no se vuelva a repetir en un tiempo considerable. Peña muy fan se podía ver por ahí, algunos incluso ni siquiera dejaban hacer fotos y hasta pedían que uno se agachara como si aquello fuera una ópera en La Scala de Milán por lo menos.

Con los ánimos caldeados pero contenidos, Anari & Thalia Zedek iniciaron tan magna noche con la norteamericana tomando la voz cantante en primer lugar en “Temporary Guest”, una pieza íntima y desgarradora que tampoco se diferencia demasiado del repertorio de Anari y hasta podría colar por un tema suyo. “Go Home” comparte el tono reposado anterior y sirve para ir metiendo al personal en materia, a la par que nos descubre a muchos el inmenso talento compositivo de la ex integrante de Come, Uzi y otros combos noventeros.


Pilla el testigo su compi a las tablas con “Txori Beltza” y “Zubiak”, cortes crepusculares para ir acercándonos hasta el fondo del abismo antes de un “Aingura Hegodunak” para regodearse asimismo en la miseria. Y desde luego la estadounidense no nos produce tampoco ganas de saltar con “Ladder”, con su foráneo poso doliente. Menos mal que “Bus Stop” sube ligeramente la apuesta en cuestión de electricidad e intensidad y no sería raro rememorar la fuerza poética de Patti Smith, me atrevería incluso a asegurar que uno de los nexos musicales entre ambas cantautoras se encuentra ahí.

Uno de los momentos álgidos de la velada estuvo sin duda cuando Anari se arrancó con la desgarradora “Orfidentalak”, imprescindible en sus directos y que toca la fibra sensible de cualquier ser con un mínimo criterio, no era extraño divisar entre el respetable a alguno llevándose las manos a la cabeza de pura emoción. Y “Harriak” no desmerece en absoluto a la hora de mantener la emoción contenida.


Regresamos con Thalia de la mano de “Afloat”, una pieza en la que destaca su dominio de las seis cuerdas, no en vano Anari la presentó como “una guitarrista de calidad”. Y “Bend Again” reincide en ese poso melancólico que también es seña de identidad de las dos compositoras antes de un “Fightning Season” con ecos tan alternativos que podría recordar a los inicios de PJ Harvey. El respetable desde luego lo acogió como si lo hubieran estado escuchando toda la vida.

Con los sentimientos de la muchedumbre a flor de piel, era cuestión de tiempo desbordarlos con “Epilogoa” y “Gu”, muy celebradas por los fieles. Hubo incluso espacio para que cada una de las cantautoras se explayara en los bises y en el caso de Thalia comprobamos que sus habilidades a la guitarra sobresalían mucho más que su voz, a pesar de que tampoco lo haga mal en lo que respecta a las cuerdas vocales. 


Y después de que Anari disfrutara de su espacio se fundieron en un final eléctrico que cosechó una buena salva de aplausos. Una de cal y otra de arena. La vasca se decantó por la delicada “Oreinak” mientras que la estadounidense hizo lo propio con “What I Wanted”, una excusa más para resaltar la tremenda compenetración entre ambas a los coros. No es de extrañar que se dieran un abrazo al terminar.

Pues lo cierto es que el recital ofició mucho más eléctrico de lo que esperábamos y no se tornó pesado en ningún momento, se hizo hasta corto, y eso que tocarían cerca de las dos horas. Como señoras. Y exhibiendo además una simbiosis total como pocas veces hemos visto. Que repitan esta aventura cuando quieran. Muy recomendables. Tanto juntas como por separado.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA



miércoles, 2 de octubre de 2019

STOCKHAUSSEN: BAILES DEL MAÑANA


Muelle, Bilbao

Nunca nos cansaremos de agradecer su labor a los promotores que posibilitan que escuchemos cosas que se salgan de la norma y que sean difíciles de ver por estos lares. Frente a los clásicos nombres de siempre que hacen mucho ruido, existe toda una cultura underground con valores totalmente a la contra de los de la mayoría. Gente a la que le mueve más la cultura o la sed de conocimiento que el ganar pasta de cualquier manera y aplastando a posibles competidores si se torna menester. Lo rastrero ante la elevación de espíritu.

Una auténtica oportunidad de oro se antojaba ver en la capital vizcaína a Stockhaussen, versátil proyecto electrónico bajo el que se esconde el mexicano Angel Kauff y que engloba un amplio espectro que va desde el dark o minimal wave hasta el post punk. Unas miras elevadas que ya se pueden intuir desde ese mismo nombre que combina a artistas alemanes vinculados a Johann Sebastian Bach, su máxima inspiración, como el compositor y organista Wolfgang Stockmeier o el pintor germano del periodo barroco Elias Gottlob Haussmann. 


Quizás la incesante actividad bilbaína no estuviera para demasiados experimentos aquella jornada en la que había bolos casi en cualquiera de los garitos habituales del circuito concertil. Pero ya se sabe que la vida es de los que arriesgan, y a pesar de que tampoco tuvimos que andar peleando por el espacio vital, hubo una afluencia bastante decente para tratarse de una tesitura tan complicada. Y no entremos ya a valorar la comercialidad o tirón del género en cuestión, porque entonces tendríamos que pensar en titánicas tareas tipo las de Hércules.

Mucha pena nos dio perdernos por motivos laborales a Isotropía, el otro proyecto post punk de Angel Kauff junto a Keren Batok, pues los comentarios daban a entender que aquello había sido histórico como poco y la mayoría alababa la capacidad para la contorsiones de la mitad femenina del grupo. En fin, ojalá que vuelvan pronto.


Por fortuna, catamos a la perfección a Stockhaussen, que ofició en un primer momento en solitario y hierático, muy a su rollo, aunque la peña respondiera con entusiasmo a su propuesta bailonga. “Efectos mínimos” dio el pistoletazo de salida rememorando los ambientes sintéticos de Aviador Dro y esas letras que parecen casi de manifiesto científico, muy ochentero todo, sí. “Sonidos electrónicos” reincidió en el futurismo y en la glorificación de las máquinas. Imposible no acordarse de nuevo de los paladines de la anarquía eléctrica.

Como hemos dicho, el personal no tardó en entrar al trapo, seguramente gran parte de la culpa la tuvo la propia Keren Batok, cuyos movimientos entre la muchedumbre llamaban la atención sí o sí. Pero hubo asimismo émulos de zombies y hasta algún baile de equilibrio dudoso, era complicado permanecer impávido con algún comienzo que parecía clavado al “Everything Counts” de Depeche Mode. Corazón de rompepistas.

Angel Kauff junto a la georgiana Keren Batok.
Y por supuesto la compi georgiana de Kauff se volvió a subir a las tablas para marcarse cabriolas imposibles mientras su garganta evocaba a leyendas de la talla de Siouxsie Sioux. Lo curioso del recital es que a medida que avanzaba, la cosa se iba poniendo cada vez más maquinal. El mismo Angel se encargaba de preparar a los fieles para la mutación con palabras como las siguientes: “Un tema para que bailéis mucho, como si fuera la última noche”. Una mera declaración de principios que recibió algún grito de “chulo”. Pero ya lo hemos dicho otras veces, mejor sobrado que sencillo, los humildes que se queden en casa.

La pulsión germanófila del proyecto Inmatfabrik con “Resistencia” nos zambulló en el EBM sin paliativos, aunque la concurrencia se lo tomó a bien y hasta se montó pogo, algo que no es exclusivo de los punks. Y subimos un escalón más con ese “Simulación Total” que evocaba a Chimo Bayo y sonaba tan potente como si hubiera guitarras. Las masas se entregaron por completo al bailoteo y alguno hasta se encargó de animar el cotarro gritando “¡Vamos todos!”. Muchas ganas de mambo había por ahí.

Pues estuvo interesante este curioso viaje desde el cold wave o dark wave hasta los confines del EBM y el tecno, una travesía no apta para estrechos de mente. Fue tan fugaz que ni siquiera sentimos las curvas. Bailes del mañana que se perderán como lágrimas en la lluvia, como decía en su monólogo final el replicante Roy Batty. Hora de morir.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA