martes, 12 de febrero de 2019

PUSSY RIOT: ¿Y ESTO ES PUNK?


Kafe Antzokia, Bilbao

Hoy en día las etiquetas en muchos casos se otorgan a la ligera, sin la menor justificación de ello y a veces únicamente desde un punto de vista comercial que permita llamar la atención. Una ceremonia de la confusión en la que se producen situaciones curiosas cuando uno acude a un espectáculo en teoría musical y acaba viendo otra cosa completamente distinta. No pasa nada, somos tipos abiertos con un vasto abanico cultural que también aprecian otras formas de expresión, pero no juguemos al despiste con el personal, por favor. A los eventos hay que llamarlos por su nombre.

Que al famoso colectivo de arte protesta Pussy Riot vaya unido el término punk huele más a jugarreta de marketing para vender un producto supuestamente provocador que a una mera intención de encasillar su música en dicho género, habida cuenta de que si uno repasa sus composiciones las guitarras son un elemento más bien anecdótico, con una clara predominancia de la electrónica o el indie convencional. Ni siquiera la apelación al feminismo o a los derechos LGTB les proporciona un aura transgresora, pues hace tiempo que ambos movimientos entraron a formar parte de ese buenismo imperante ante el que no cabe añadir matiz alguno sin que a uno lo cataloguen de fascista.


Pese a que en este colectivo eran 10 en un principio, para esta gira de ‘Riot Days’ solo queda María Aliójina, autora del libro homónimo en el que se basa el espectáculo y una de las arrestadas por las autoridades rusas por vandalismo tras aquel sonado episodio en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú en el que tras hacer la señal de la cruz tocaron una canción en la que pedían a la madre de Dios que echara a Putin del poder. Ya se sabe que en lo relativo al orden, los rusos no se andan con chiquitas, así que el resultado fue un escrito de acusación de 2.800 páginas y dos años de reclusión allá por los Urales. Que no se pierdan las viejas costumbres.

Después de semejante historieta a la que habría que añadir un presunto envenenamiento de uno de sus miembros que les forzó a cancelar su participación en el Donostia Festibala el pasado septiembre, era de esperar que el morbo se incrementara tanto como si fuera un mitin de Vox. De hecho, aunque su ideología no tenga nada que ver, comparten bastantes cosas con ese partido ultraderechista. Por ejemplo, ambos se tratan de fenómenos de moda que van de políticamente incorrectos, una ensoñación que contagia a no pocos seguidores, cuando lo que en realidad ofrecen es algo más antiguo que el chotis. No han inventado nada. Lo de las performances está ya más visto que el tebeo. Y desde el famoso urinario de Duchamp cualquier supuesta provocación en el mundo del arte conviene no tomársela demasiado en serio.


Pero antes de meternos de lleno en el engañaviejas de la velada, conviene subrayar que las únicas guitarras potentes que escuchamos durante la noche fueron las de New Day, el nuevo proyecto de la ex Dover Amparo Llanos, que como era de esperar tampoco se aparta demasiado de la sombra alargada de su antigua banda, aunque en ocasiones se atisbe un mayor acercamiento a la electrónica. Para pasar el rato ni tan mal.

Porque lo de Pussy Riot fue un timo en toda regla para cualquier aficionado a la música en general. Una prueba de que gran parte de los asistentes no sabía lo que se les venía encima estuvo en el comentario de sorpresa de una chica en primera fila: “¡Pero si no tienen instrumentos! ¿Dónde están?”. Y en efecto así era, pues por ahí se veía un teclado, algo de percusión y una mesa en medio con una cantidad considerable de botellas de agua que llevaba a pensar que no eran para consumo propio salvo inesperado ataque de sed colectivo. En escena se encontraba la mente pensante del proyecto María Aliójina, Kiryl Masheka y el dúo electrónico AWOTT (Asian Women On The Telephone). Dos tíos y dos tías, ambiente paritario en suma para no ofender la sensibilidad feminazi predominante en la sala.


De entrada, Alexander Cheparukhin, productor de todo el meollo, anuncia el evento como si aquello fuera lo más transgresor del mundo y nos incita a comportarnos de la manera “más punk posible”, menos mal que no le hicieron demasiado caso, pues de lo contrario podría haberse llevado algún que otro escupitajo. Una chica eslava guapilla se sitúa al lado de una trompeta disonante que da paso a un documental en pantalla grande con subtítulos en el que se suceden imágenes muy cambiantes que a veces costaba bastante seguir.

La líder del proyecto empieza a declamar con una tonalidad vigorosa a medio camino entre un rito ortodoxo y un mitin político. Los clásicos pasamontañas de colores que casi se han convertido en la marca corporativa de Pussy Riot no tardan en aparecer, e incluso una máscara de osito panda aporta el toque freak. Y se suceden los mensajes con consignas que mezclan religión del tipo “María, sé feminista”. En fin, recemos para que la masculinidad tóxica del fecundador Espíritu Santo no sea un impedimento.

Entre el rito ortodoxo y el mitin político.
 La historia del juicio ocupa una parte importante de la narración, no en vano la propia María participó activamente en el proceso repreguntando a los testigos y cuestionando la naturaleza de los cargos y el procedimiento. “El fiscal no entiende que no odio a nadie”, se puede leer por ahí y uno piensa en farsas judiciales como las que suceden en nuestro país, donde se piden más de 20 años por una declaración política. Menos mal que ese tipo de cosas tan antidemocráticas solo suceden en Rusia.

Eso de mirar hacia las alturas es un tanto incómodo, la verdad sea dicha, por lo que seguir el argumento de la obra de principio a fin te podría granjear una tortícolis como mínimo, pero de vez en cuando conseguimos quedarnos con ideas, como esa que decía que el aislamiento puede modificar el comportamiento de un individuo. Algo muy ruso, sí señor.

Y de vez en cuando los diferentes componentes se acercaban al frente como en una discoteca y hasta ululaban cual almas en pena. Hablaron de la vida en un campo de concentración donde uno solo es “un cuerpo” antes de un grito desgarrador y de que a Kiryl le entrara un siroco y empezara a lanzar agua indiscriminadamente al público. ¿Así que las botellas eran para eso? Pues como haya por ahí algún activista a favor del plástico va a sufrir de lo lindo, está muy de moda ahora.

O sea que en esto consistía la provocación, en arrojar agua y ya. Pues vaya. “Nadie debe ser como todos los demás”, otro mensaje supuestamente revolucionario que ya lo cantaban The Kinks allá por mediados de los sesenta en “I’m Not Like Anybody Else”. Se os han adelantado, chatos. Y el “Abajo la policía” tampoco es mucho más afortunado, pues The Exploited ya contaban con una pieza titulada “Police Shit” que no se andaba con medias tintas de si policía arriba o abajo.



“La revolución no es un camino de rosas. Es una batalla entre el presente y el pasado”. Vale, sí compramos esa frase de Fidel Castro, un tipo con una inteligencia y oratoria descomunal, aunque no sé si al Comandante le hubiera agradado este espectáculo o que utilizaran sus palabras para reforzar otro mensaje radicalmente distinto al que él defendía. Por ahí no había ni banderas rojas ni símbolos comunistas, ¿apropiación ideológica?

El episodio de la huelga de hambre mostró caras compungidas entre las presentes, habría que ver si la misma piedad aparecería en los linchamientos virtuales de las redes sociales. El lema “Libertad para los presos políticos” alzó de inmediato un mar de puños en alto y la imprecación final de “¿Soy libre?” cayó en un profundo vacío, pues nadie la contestó. Quizás es que ya se había desconectado del rollo hace tiempo. Un impecable espectáculo quedabien. Solo faltó un llamamiento para salvar a las ballenas.

A nosotros, más allá de la libertad, la pregunta que se nos quedó en el tintero fue la siguiente: ¿Y esto es punk? La respuesta solo cabría con una negación rotunda, a no ser que pensemos en la palabra punk como un mero reclamo, un término utilizado únicamente para llamar la atención, como las camisetas de The Clash o Ramones en el H&M. Los Sex Pistols se mearían en algo así.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA


miércoles, 6 de febrero de 2019

CHUCK PROPHET & CHARLIE SEXTON: EL CAMPECHANO Y EL GUAY


Kafe Antzokia, Bilbao

Los tributos siempre han tenido muy mala fama. Y no es de extrañar con la cantidad de expoliadores de repertorios ajenos que pululan por ahí, muchos incluso de bandas que todavía siguen en activo y con una prolífica vida en carretera. Pero en toda norma o ley debe haber una excepción. O incluso dos, vale. Aquí entrarían por ejemplo los casos en los que por fallecimiento de algún componente sea imposible contemplar ya a ese combo sobre un escenario. O esos homenajes hechos con tanto mimo, clase y gente grande que despreciar semejante esfuerzo sería cometer una profunda injusticia.

En esta última categoría podríamos englobar esta suerte de pasatiempo que se han montado el ex Green On Red Chuck Prophet y el guitarrista de Bob Dylan Charlie Sexton, dos reputados tipos que a estas alturas de su existencia no deben padecer estrechez económica alguna, en especial el segundo al trabajar junto a todo un premio Nobel de Literatura. Por lo tanto, únicamente cabe tomarse esta revisión del mítico disco de los Rolling Stones ‘Some Girls’ como un mero divertimento para ambos, otra delicatesen más del ciclo We Used To Party montado por la promotora Houston Party.


El cancionero de sus satánicas majestades ejerce todavía a día de hoy un atractivo tan potente que su reclamo está fuera de toda duda. Era previsible que el recinto anduviera a reventar de peña, habida cuenta de que se trata de uno de esos denominadores comunes que gustan a un amplio espectro del personal, desde el melómano empedernido hasta ese que se vanagloria de escuchar “de todo”. Los farsantes y quedabien habituales, nada nuevo bajo el sol.

De sobra es sabido que el álbum original de los Stones ‘Some Girls’ apenas alcanza los cuarenta minutos, pero esa noche también caerían otros clásicos a cascoporro, como algunas piezas que Jagger y compañía solían interpretar en esa gira. Un ejemplo claro fue la inicial de Chuck Berry “Let It Rock”, pistoletazo de salida para que Chuck Prophet & Charlie Sexton revelaran una química total y asombrosa entre los dos que engrandecía cada uno de los temas que tocaban.


Con una base rítmica exiliada al fondo del escenario, este carismático dúo fue incrementando la gradación con cortes de la materia principal de la noche como “When The Whip Comes Down” o la original de The Temptations “Just My Imagination (Running Away With Me)”. El reparto de labores estaba muy claro, Chuck Prophet aportaba el toque elegante a la voz, mientras el hacha Sexton se reservaba las posturitas a lo Keith Richards (ha tocado junto a él, así que supongo que se lo podemos perdonar) y los numeritos más vistosos, del calibre de los preceptivos baños de masas o sustituir la púa por una botella, aparte de, por supuesto, solos de escándalo de los de levantarse del sitio.

Lo que quizás les perdía un poco era esa tendencia a alargar ciertos cortes como si no hubiera un mañana, caso de “Beast Of Burden”, en la que bajaron las escaleras para pedir la participación del respetable igual que si fuera una iglesia góspel. Pero hay que escuchar la voz del pueblo, y esa era inapelable, con un entusiasmo tal que ni que fueran los mismísimos Rolling Stones de verdad. 


Y lo cierto es que no era para menos cuando enfilaban algo con tanta clase y aroma noctívago como “Miss You”, que comenzó reforzada por palmas de los fieles y “wows” sazonados de pura emoción. Una combustión de talentos que volvió a florecer en los punteos y hasta en la actitud macarra de Sexton, que lanzó la chaqueta por los aires como un señor. Se estaba calentado el asunto cada vez más y “Respectable” supuso una de las cimas de la velada, con juegos de voces impresionantes y una precisión asimismo impecable a las seis cuerdas.

“Far Away Eyes” mostró la faceta más country antes de que nos despertaran con una enorme y trallera “Lies”, con riffs de los que se te clavan en el alma. Un subidón que no desaprovecharon al recurrir a un himno mayúsculo de la envergadura de “Brown Sugar”, con los ánimos desbordados hasta la estratosfera y elevando un descomunal monumento a la electricidad con los tipos punteando como locos delante de la batería. Demasiado. ¿Pero ya se había acabado?


Por fortuna, no tardaron en regresar, pues el griterío de la afición era considerable y reincidieron en el lado más descarado de los Stones con “Star Star”, otra piedra angular que otros grandes como Burning ya habían versionado antes. Y el colofón final no se entendería sin otra pieza clave de la historia de la música de la enjundia de “Jumpin’ Jack Flash”, con guitarrazos para prender fuego al recinto, macarrismo para regalar y estampas inolvidables como la de Charlie Sexton punteando sentado en las escaleras del Antzoki. Igual que en el salón de su casa.

Muy por encima de las expectativas resultó este homenaje de altura a cargo de un campechano de voz impecable y un guay que aportaba el glamour requerido al que solo le faltaba purpurina. Por poner alguna pega, mencionar esa horrible costumbre de sacar un atril para las letras que denota una falta de profesionalidad pasmosa. ¿Acaso no han tenido tiempo de aprenderse unos textos que tampoco son los de Dylan? Pero bueno, digamos que no se les vio consultar demasiado la chuleta. Hay que llevar aprendida la materia.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

jueves, 31 de enero de 2019

FREEDONIA: DIGNIDAD A RAUDALES


Kafe Antzokia, Bilbao

Hay palabras que casi han dejado de tener sentido en nuestra época. ¿Qué fue de aquello que se llamaba educación y buenas costumbres? Vestigios de otro tiempo en el que la palabra escrita en papel todavía retumbaba cuando le daba a alguien por leer en voz alta. Nadie hablaba siguiendo esa moda estúpida del lenguaje inclusivo y eso no constituía una afrenta descomunal imposible de subsanar. Definitivamente, algo se torció con el advenimiento de las redes sociales, esos púlpitos gratuitos en los que cualquiera se puede proclamar rey de lo que sea o presidente de Venezuela y no tardará en contar con un ejército fiel de subordinados que le rían las gracias y tonterías.

La música soul precisamente apela a un periodo histórico en el que la elegancia era decisiva y podía determinar la inclusión o exclusión social de un individuo. Pequeños detalles que marcaban la diferencia. Del mismo modo que los grupos que se entregan con obediencia ciega a los dictados del mercado y los que en pleno siglo XXI todavía siguen creyendo a pies puntillas en el viejo lema punki del “do it yourself”. Que cada cual se saque sus castañas del fuego. Todo un acto revolucionario.


Mucho de rompedor posee el álbum ‘Shenobi’ de Freedonia desde el mismo título que es un juego de palabras entre “shinobi” (ninja de videojuego), el pronombre “she” (ella) en inglés y el término “nobi” (crecimiento en japonés). Y frente a los que abogan por producciones mastodónticas, añadamos un método de grabación analógico que ha conseguido un sonido “orgánico, crudo y único”, según sus propios creadores. La humilde artesanía contra las grandes corporaciones.

Al igual que sucede con Sex Museum o The Dictators en Semana Santa, parece existir una especie de tradición no escrita según la cual esta banda madrileña de soul debe tocar en el Kafe Antzokia durante el primer mes del año. Así ha sido en repetidas ocasiones y en esta ocasión no podrían faltar, pese a que ya presentaron ese mismo trabajo a principios del 2018. Pero su tirón sigue siendo considerable por estos lares, con una notable proporción de respetable femenino y activista, no en vano ‘Shenobi’ está dedicado a la liberación de la mujer.

Y así entre una mayoría aplastante de hembras empoderadas Freedonia iniciaron su espectáculo con una intro para lucimiento exclusivo de la sección de vientos, que se apiñaron formando un círculo, como manda la tradición en el rollo. Ni siquiera hizo falta animar a la peña, ya se ponían en modo fiesta los interesados mientras estiraban el formato instrumental evocando las películas de 007 y esas espías fatales que a menudo acababan en la cama junto al protagonista. Martini agitado, no revuelto. 


Los movimientos robóticos de Maika Sitté dan su bienvenida al escenario después de que los restantes miembros ya llevaran un tiempo considerable metidos en faena. Sus cualidades vocales permanecen intactas desde la última vez que la vimos y sigue oficiando a un nivel muy profesional. Como una diosa, para entendernos.

Unos tonos que conquistaron a la mayoría femenina de la sala, que no tardó en estallar en gritos y aplausos. Un entusiasmo que alcanzó su punto álgido cuando la vocalista anunció que el último disco estaba dedicado a “la mujer” y recordó a su madre de Guinea Ecuatorial antes de dedicar “Nekopé” a “todas”, si había algún macho en la sala que no había deconstruido su masculinidad tóxica tocaba aguantarse. Mucho más popular e inclusiva se tornó “Hopes and Dreams”, “las esperanzas y sueños que todos tenemos”, según explicó Maika. Y ante semejantes deseos no cabía poner pega alguna.

 “Dreaming” se antojó otra demostración de clase sin parangón, al igual que “My World”, y no cesaron los guiños y el compadreo entre féminas, eso que ahora llaman “sororidad”. Las muestras de aprobación se sucedían cada dos por tres y cuando Maika levantó el puño no fueron pocas las que le secundaron como si estuvieran en un mitin del PCE. Pero allí no se hablaba de lucha de clases, sino que algunas asistentes más bien parecían proponer una confrontación de sexos, que al fin y al cabo es lo que tienen las personas y no género.

Un interludio instrumental dividió el espectáculo en dos y no cortó ni por asomo el rollo, pues sirvió para realzar esa espectacular sección de vientos que podría cascarse tranquilamente un concierto entero. Del mismo modo que al inicio del bolo, en esta ocasión también se pusieron muy peliculeros, pero recordaron esta vez a Tarantino, en concreto a su ‘Jackie Brown’. Y los pantalones casi se nos pudieron caer al suelo cuando aquello cristalizó en un mayúsculo “Dignity and Freedom” con ecos de ‘Django desencadenado’ y un mar de puños levantados entre el respetable. Sin perder los principios.

“Ojalá tuviéramos un poquito más de dignidad y no estaríamos así”, se quejó Maika mientras pegaba un trago a su botella de jengibre que a estas alturas del recital ya era otra parte imprescindible del atrezzo. “¡Es vodka!”, chilló el fotógrafo y melómano Carlos García Azpiazu. Y en plan cachondeo pegaba “Upside Down” con su rollito funky y aullidos desatados cuando la vocalista se rompió bailando con unos ejercicios que tenían más de acrobacia que de danza.
Hubo incluso amago de trepar un muro invisible, quizás ese “techo de cristal” que impide a las mujeres alcanzar lo que se proponen y no renunciaron tampoco a la familiaridad total de los bolos íntimos cuando anunciaron que se iban y un espontáneo gritó a la cantante “¿Dónde vas?” y ella respondió con toda la naturalidad del mundo “Nada, a tomar algo”. Aniquilación total de las fronteras entre artistas y público.


“Shake Your Body” proporcionó ciertos momentos de gloria al saxofón y sirvió para despedirse por todo lo alto mandando cantar a la peña y acelerando al final con los puños de nuevo levantados entre el gentío. Las ovaciones fueron tan descomunales que regresaron al de nada con “The Time Has Come” y un alarido espectacular con el que seguro temblaron hasta los cimientos de la sala.

Pero todavía quedaba margen para un blues de copa y puro del estilo de “Begging You”, que provocó incluso que una exaltada gritara una sandez del calibre de “brava”. De sobra es conocido que utilizar la palabra “bravo” en los tiempos que corren resulta de un opresor insoportable. Al margen de dicha empanada ideológica, lo cierto es que Maika se desgañitó a más no poder y demostró que a estos madrileños en directo todavía les queda dignidad a raudales. Que no se rompa la tradición y vuelvan el próximo enero. O antes.

TEXTO: ALFREDO VILLAESCUSA
FOTOS: MARINA ROUAN

martes, 29 de enero de 2019

DEAD BRONCO: SIN REMORDIMIENTOS


Kafe Antzokia, Bilbao

Los golpes de timón en ocasiones suelen ser efectivos. Sacan al personal del aletargamiento general y provocan que los asuntos importantes pasen a primera línea de fuego. Ya no vale esconderse debajo de la mesa, sino abordar el tema fría y llanamente sin aspavientos. Un revulsivo total para timoratos o esa clase de tipos que tanto abundan en la actualidad que dudan hasta de su sombra. Una revolución jamás se hará con semejantes infraseres. Echemos las tibiezas a la basura. Y sin reciclar.

Algo parecido habrán pensado en Dead Bronco al editar su reciente disco ‘Driven By Frustration’ y distanciarse de toda su trayectoria anterior con una peculiar propuesta que ellos definen como “Americana Sludge” y que su líder Matt Horan justificaba por su uso de instrumentos tradicionales como el banjo o la mandolina, entre otros. Si bien es cierto que en lanzamientos previos ya habían experimentado cierta progresión no ha sido hasta este último trabajo cuando han volado alto con una rejuvenecida y dinámica banda y una apuesta que resulta cuando menos arriesgada.


Porque estaba claro que hasta entonces contaban con un público variopinto en el que cobraba especial importancia el sector rockabilly, guardianes de las esencias que se verían sin duda reflejados en aquellos veteranos miembros que luego acabarían apiñados en torno a General Lee. Los mismos que probablemente ahora se rasguen las vestiduras ante este nuevo giro contundente que les lleva a exclamar entre horrorizados e indignados “¡Pero es que ahora hacen metal!”, como pudimos escuchar por ahí.

Con cada decisión relevante se producen bajas, eso es inevitable, pero lo importante es que se renueven los efectivos, algo que sucede en la actualidad en términos de asistencia, según comprobamos aquella noche en el Kafe Antzokia. Quizás el nuevo enfoque haya favorecido la presencia de un mayor volumen de chavalada, pese a que algunos vetustos seguidores siguieran estando por ahí, aunque solo sea para echar pestes. La épica del sufrimiento.

Wicked Wizzard, un trío a lo The Vintage Caravan.
 En una onda completamente diferente a la tónica de la velada, calentaron el ambiente Wicked Wizzard, unos émulos totales de Black Sabbath que se podrían codear tranquilamente con grupos añejos contemporáneos rollo Kadavar o The Vintage Caravan. No en vano este power trío de Mungia sonaba como una auténtica apisonadora en directo y su descomunal pericia, plasmada en verdaderos solos de escándalo, recordaba sobremanera a los islandeses. Y encima no renunciaban a esas atmósferas psicodélicas ideales para ir de cuelgue, incluso sus piezas reposadas molaban. Un torrente de electricidad.

Que el buen ambiente es fundamental para el funcionamiento de una formación es algo de una lógica aplastante. Y que en Dead Bronco andan con mucha coña quedó patente cuando recurrieron al casposo “Azul” de Cristian Castro como melodía previa antes de saltar al escenario. Menos mal que la seriedad no tardó en llegar con la épica de “Death of an Appalachian” antes de pisar el acelerador a fondo con “Scumbag”, un corte de base contundente y hasta cierto aire a Metallica que certifica como pocos ese reciente cambio de rumbo, que en nuestra opinión ha sido a mejor.


“Devil’s Road” siguió profundizando en el sabor del terruño americano y “I Hate You” se torna todo un trallazo que fuerza al extremo la maquinaria cowpunk. De hecho, no pasó mucho tiempo hasta que rompieran una cuerda, algo que no sorprende en absoluto, pues también han ganado bastante en intensidad. La etapa anterior comparada con lo que hacen hoy en día parecen juegos florales.

Qué gustazo que la velocidad en los recitales también se haya incrementado significativamente. Si antes esperábamos con ansia que se arrancaran con la frenética “Stupid Man”, poco después vuelven a recurrir a la artillería pesada con un “Freight Train” en el que el voceras Matt pega saltos y casi funde la guitarra de los meneos que le pega. Que llueva whisky sobre nuestras cabezas.


La versatilidad y amplitud de miras que tienen ahora se palpa en el aire a lo Guns N’ Roses de “Life of Leech”, quizás por eso alguien enardecido por el macarrismo lanzó un preservativo al escenario. Y esa voluntad de picotear en géneros a priori ajenos sigue prevaleciendo a lo largo del recital, como en la revisión del “Vampira” de The Misfits, algo casi inimaginable con los antiguos miembros. Sin cerrarse a nada.

“Penitent Man” a toda pastilla y con el micro sufriendo de lo lindo se convierte en uno de los puntos álgidos de la noche. Pero ellos no son unos convidados de piedra ante semejante derroche de energía y lo mismo se suben a un bafle o utilizan un contrabajo a modo de improvisada atalaya desde la que divisar al personal en lontananza. Quizás a veces les pierda tanto cachondeo, aunque cuando las salidas de tono sirven para esbozar una sonrisa o hacer un breve alto en el camino siempre son perdonables.  


“No Name” y “Funeral Inhibited” pillaron a Matt desgarrando la voz antes de que las tablas se fundieran en color rojizo y asemejaran su espectáculo a un bolo de black metal en el que solo faltaban pentagramas y machos cabríos, otra de esas cosas que ni se le hubiera pasado por la cabeza a cualquier fan de la trayectoria precedente, unos cuantos se santiguarían fijo. Una eucaristía diabólica que celebran introduciéndose entre las masas y lanzando cerveza, como debe ser.

Un carácter impío que subrayan en “The Shepherd” y en la apocalíptica “Lucifer’s The Light Of The World”, versión de King Dude más negrísima que el carbón que incita a quemar iglesias por lo menos.  En el último aliento recurren a “Keg Stand”, que desata pogos por doquier en los que volaron hasta zapatillas, y en una furia destructora de instrumentos que ni los The Who vemos con cierto dolor en el alma al contrabajo estrellarse contra el suelo. Brutal.

Un bolazo de los de sentar cátedra, a pesar de que ahora sean más punkarras y aperturistas, más Hank III que rockabillies. Eso sí, siguen apelando a los temas que verdaderamente interesan a la gente, esto es, la priva y sus efectos sobre el organismo. Y uno lo aplaude con el mismo entusiasmo con el que el bourbon resbala por la garganta. Sin remordimientos al día siguiente.

TEXTO: ALFREDO VILLAESCUSA
FOTOS: MARINA ROUAN