Kafe Antzokia, Bilbao
En
estos tiempos de vorágine y atención inmediata siempre conviene reservar un
hueco para esas propuestas que probablemente no arrastren multitudes, pero cuya
mera existencia ya debería alabarse por ser un bálsamo de tranquilidad en una
época frenética que no invita para nada a ello. Armarse de paciencia,
desconectar de los usos contemporáneos o de las redes sociales y prepararse
para una sesión con emociones a flor de piel.
Ricardo
Lezón, vocalista y guitarrista de los getxotarras Mc Enroe parece que encontró
la horma de su zapato junto al cantautor catalán The New Raemon, pues ambos han
alcanzado tal grado de simbiosis que lo increíble es que no se hayan
descubierto antes. El pistoletazo de salida de aquella coalición de talentos lo
marcó su disco conjunto de 2016 ‘Lluvia y truenos’, al que siguió la preceptiva
gira de presentación que cubrimos a su paso por
Bilbao.
Casi
una década después ambos se reencontraron en un bosque, entendido como ese
espacio metafórico de diversas ramas y árboles donde el espíritu creativo de
los dos escritores puede fluir sin ningún tipo de cortapisas. De ahí salió otra
obra maestra del calibre de ‘Nuevos bosques’, que también tuvo su reflejo en
directo en el bilbaíno Kafe Antzokia, un día de esos en los que parece que hay
que parar el mundo por el dichoso fútbol. Para los que nos importa un comino
esto último, la decisión estaba clara, pero nos agradó comprobar cómo no fuimos
los únicos que pensamos así, pues por ahí vimos a unos cuantos conocidos entre
el centenar y pico de asistentes que se arremolinó en el recinto.

Ricardo Lezón y The
New Raemon
admitieron en un inicio los nervios, algo comprensible, pues se batían el cobre
únicamente con la ayuda de Leia Rodríguez, hija del cantautor catalán, al bajo,
y aportando coros que desde luego no pasaron desapercibidos para la mayoría del
respetable. La joven intérprete se ganó también la simpatía de la concurrencia,
que hasta le pidieron que cantara ella una canción, una petición que fue
recibida por la propia interesada con cara de sorpresa absoluta.
Como
era de esperar, dieron bastante cancha a su última obra conjunta, con piezas
que verdaderamente ponían la piel de gallina, caso de “Era amor” o “Amor mío”,
que casualidad abren y cierran su disco más reciente. Ramón se tuvo que
disculpar por estar acostumbrado a tocar las canciones “a su rollo”, sin tener en cuenta el apoyo nada desdeñable que les
brindaba esa noche la bajista y corista Leia.
Una
vez hechos los ajustes necesarios, la cita fluyó a un nivel encomiable, con la
voz de Ricardo Lezón retumbando en joyas como “Camino verde” y su compañero
luciéndose más en “La bondad”. Pese a que el estilo de ambos cantautores al
margen de esta aventura, en realidad no tenga mucho que ver, es evidente que
han encontrado en esta simbiosis creativa un máximo común denominador que no chirría
en absoluto.
Confesaron
no saber de qué hablar entre canción y canción, por lo que hasta aludieron al
partido de esa noche, pero ahí lo verdaderamente elocuente era la música. Casi
un manifiesto podría considerarse “Sombra (Helicon)”, que mencionaba cosas como
“las películas en su idioma”, entre
otras opciones recomendables de crecimiento personal. Si uno echa un vistazo a
sus letras, podría intuir que ambos cumplen el estereotipo de autor
atormentado, pero nada más lejos de la realidad, la imitación de Ramón de Tom
Waits fue un claro ejemplo del cachondeo que ambos se traen entre manos.
Lanzaron
del mismo modo alguna pulla a los artistas que no tocan en directo asegurando
que los propios fallos se habían convertido en algo entrañable. Totalmente de
acuerdo que en tiempos en los que todavía hay bandas que utilizan elementos
pregrabados en sus shows, las pifias casi podrían entenderse como rasgos
inequívocos del alma de los músicos. La inteligencia artificial seguro que no
hace de esas cosas.
En
“Triste como un muro” sobresalió la voz de Ramón, así como esa estrofa que
decía: “Si me ves triste, es porque
llegará la alegría”. La peña por lo general respetó el ambiente íntimo de
la velada, supongo que todas las cotorras se quedarían desfogando sus instintos
fascistas con el fútbol, el silencio a veces era sepulcral y otros inesperados
sonidos, como el del ruido de botellas, se transformaban en inesperados
aderezos a las composiciones.
Recuperaron
material de su anterior trabajo con “La carta” y tanto Ricardo como Ramón se
preguntaron: “¿La cantamos los dos?”.
Alguien del público se apresuró a responder: “¡Que la cante ella!”, en alusión a Leia, que declinó la propuesta
añadiendo que no se sabía la letra.
“Malasombra”
fue una de las cimas de la velada, siempre nos agradó ese tono sombrío a
caballo entre Nick Cave y el Nacho Vegas decadente, que además se engrandeció
con los coros de Leia. “Por fin los ciervos” legó otra interpretación
descomunal, con Ricardo subiendo y bajando la voz en función de la intensidad.
Más piel de gallina.
La
homónima “Lluvia y truenos” les quedó muy bien a tres voces y no faltó del
mismo modo la inevitable “Gracia”, que Ramón empezó a cantar mientras afinaba
la guitarra. Aseguraron además que ellos no eran de los que hacían bises, una
actitud que resumieron con la frase: “Cuando
se acabó, se terminó”.
El
broche llegó con una canción de cada artista, “Electricidad” de Mc Enroe y
“Caen los árboles” de The New Raemon, todo muy igualitario, sin egos de ningún
tipo, aunque hay que mencionar que el segundo ya era fan del primero antes de
conocerse en persona, como nos relataron a lo largo del concierto.
En
suma, fue una maravilla para espíritus elevados que ojalá vuelva a
tener continuidad en el futuro, ya pasen diez o quince años, aunque confiamos
en que no haya que esperar tanto para catar la tercera entrega de una de las
coaliciones de autores más robustas del país. La tristeza llegó antes de la
alegría. Talento a paladas.