lunes, 22 de febrero de 2021

CAPSULA: CONTRA LOS PERÍMETROS

 

Sala Santana 27, Bilbao

 

¿Qué sentido tiene presenciar un espectáculo separados los unos de los otros en sillas después de pasar un tiempo considerable apelotonado en un transporte público sin límite de aforo ni restricción ninguna? Quizás a un servidor se le escapen detalles de un virus caprichoso que nunca infecta cuando curras y siempre acecha cual miura a partir de las diez de la noche y en los lugares destinados para el ocio. Una tomadura de pelo más, entre muchas otras, de gente que se salta sus propias leyes y enfila en barrena hacia un Estado totalitario que de democrático ya no va a poseer ni el nombre. Todo sea por salvar los sueldos de los de arriba.

Con un cierre perimetral que impedía abandonar los municipios sin causa justificada, realizar un concierto se asemeja a una especie de encaje de bolillos. Salvo que seas un grupo consagrado con tanto tirón entre los locales que entonces las prohibiciones vigentes tampoco afecten mucho a la afluencia en sí misma. Esto último es el caso de los vasco-argentinos Capsula, con una legión de fieles inasequible al desaliento que les acompaña allá donde oficien, por muchas barreras que intenten poner al respecto.


Y si uno les ha visto alguna vez en directo, es completamente entendible, pues no acertamos a recordar un bolo suyo malo, o por lo menos mediocre. Ya les habíamos catado hace escasos meses en el Palacio Euskalduna en una velada soberbia que nos hizo olvidar de repente la maldita pandemia, por lo que el plan de repetir para un nuevo show titulado ‘Seres eléctricos’ no nos disgustaba ni por asomo. Al contrario, reconforta acudir a esos sitios de los que sabes que saldrás con una sonrisa de oreja a oreja y agradeciendo al Altísimo la oportunidad vivida, pues los recitales se han transformado en una suerte de lujo asiático que suele suceder una vez al mes. Con suerte, claro.

Pero en Capsula llevan el oficio tan interiorizado que apenas bastan segundos para que la mayoría del personal coma de su mano. Su último trabajo ‘Bestiarium’ cada día queda más lejano, aunque eso no impide que sus piezas engatusen y se suban a la cabeza como el buen vino. Es lo que sucede con la psicodelia exótica de “Siren’s Lips” o con el halo experimental post punk de “Magnets”. Ejemplos palmarios de que una interpretación convincente engrandece cortes que a veces pasan más desapercibidos en estudio.


Uno de los puntos álgidos lo alcanzamos con la apocalíptica versión de Sumo “Mejor no hablar de ciertas cosas”, una auténtica combustión sónica precedida por una no menos inspirada intro en la que Martín habló de tiempos lejanos “como los 80, cuando la gente confiaba en los otros”. Ay, qué libertad respirábamos entonces.

Rescataron el legado de The Cramps en sus ritmos frenéticos e incitaron a las palmas, única interacción posible en los conciertos pandémicos. Pero observar un recital quitecito y sentadito como en una fiesta infantil se torna menos duro con un frontman de altura que se interesa de veras por los asistentes y hace todo lo que está en su mano por animarles. Su compañera al bajo y a la voz se torna un factor fundamental en la ecuación con “Santa Rosa”, más aguacero sonoro contra el que es imposible guarecerse. Y ni falta que hace. Hasta el ojo mismo del huracán.


El ímpetu de “No contestás” mantiene a la locomotora con el combustible necesario para que nadie se apee en ningún momento, antes de que echen mano de poso místico en “Cry With You” con la sugerente e hipnótica voz de Coni. Que permanezca durante muchos años en el repertorio. Y volvieron a ganarse el corazoncito de la mayoría con el inmortal “Russian Roulette” de Lords Of The New Church, otra oportunidad de encaramarse hasta las nubes en los últimos tiempos. Siempre impecable. Y que ojalá tampoco nos abandone nunca.

Agradeció el voceras Martín la presencia de los fieles, entre los cuales destacó a sus compatriotas Fabi y Pepe en las primeras filas, perdón, sillas. Y frente a los confinamientos, se levantó victorioso antes de los bises proclamando su voluntad de ir “contra los perímetros” y “contra todo”. Lo habían conseguido ya de manera aplastante, pero todavía quedaba el remate final, un canto de cisne en el que aludieron a Bowie de forma implícita en “Wild Fascination”  y luego ya explícitamente en el tremendo “Suffagrette City” del Duque Blanco, que volvió a clavar una pica en Flandes.

Echamos de menos la mesiánica “Communication” y alguna pieza más de ‘Ziggy Stardust’, como manda la tradición, pero eso no quita para que se cascaran otro bolazo de enmarcar con actitud a raudales, sonido imponente y vigoroso y una parroquia que agradeció cual maná este contundente regalo en tiempos de oferta cultural escasa. Una embriagante nebulosa de la que nos despertaron las fuerzas del orden al situar un control a la salida de la sala. Lo normal. En un Estado policial, vamos.

 

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

 

  

     

martes, 2 de febrero de 2021

MATURE ‘BUFÓN DE LA VIDA’: LOS QUE VIENEN A COMPRAR EL EDIFICIO

 

Labrarse un hueco en el concurrido panorama musical casi es hacer encaje de bolillos y apelar en ocasiones a una mera sucesión de hechos fortuitos con la esperanza de que en alguno de ellos surja una grieta por la que colarse. No digamos ya si encima a la situación complicada le sumamos una pandemia en la que el gobierno de turno trata como basura a todos los trabajadores del sector cultural, con un ministro del ramo que ni está ni se le espera y el único indicio de que sigue vivo es que de vez en cuando suelta algún chascarillo por Twitter. Un panorama postapocalíptico también para la creación y difusión, pues nunca tanta gente tuvo semejantes dificultades para algo tan cotidiano como currar.

Pero algunos llevan el gen obrero en la sangre y cualquier obstáculo se convierte más en un desafío que en un impedimento para materializar sus sueños. Es lo que sucede con los cántabros Mature, que en apenas dos años han conseguido montar un grupo y sacar un debut tan decente como el que nos ocupa en el que incluso tenemos la colaboración de una figura de primer nivel del calibre de Fernando Madina de Reincidentes. Y no parece tratarse del típico postureo, puesto que sus composiciones beben a paladas del legado de los sevillanos. Justificación total.

 

Respecto al contenido de un redondo que se pasa en un visto y no visto, “Mañana” abre de manera enérgica con riffs rotundos y letras de esas de las que dicen algo, inevitable no pensar en combos de rock urbano tipo Reincidentes o La Fuga. El guitarreo no nos abandona en “Lunes de terapia”, no en vano el poso rockero en la formación resulta bastante importante y tampoco andan escasos de capacidad para facturar melodías y estribillos que perduren en la memoria, lo cual siempre tiene mérito. En este sentido, esta pieza sería de las más atinadas, no cabe duda.

“El gran engaño” cuenta con el atractivo de la presencia de Fernando Madina de Reincidentes en un corte que parece hecho a su medida y que no está muy alejado de los himnos de su banda madre. Y ya si le añadimos esa denuncia sobre el maltrato que se marcan a dos voces desde el punto de vista de una víctima las comparaciones con “Ay Dolores” u otros temas de rollo reivindicativo se antojan ineludibles. Otro de los aciertos del álbum.

“Te necesito” mantiene el pulso del rock urbano, sin concesiones ni alejarse de los parámetros predominantes que a estas alturas ya nos resultan clásicos, aunque sorprende esa parrafada final a lo Robe de Extremoduro. “Pedida de mano” sube el listón con el concurso de Álvaro Echevarría “Cacho” a las cuerdas vocales y nos lega otra composición que les ha quedado niquelada por su combinación de contundencia guitarrera y letra poética de las que no se olvidan.

Y “Besos de dragón” quizás descoloqué un poco con ese ritmo ska que introducen en el estribillo, aunque en ellos resulte algo completamente natural, al igual que esos coros que engrandecen una pieza que si no resulta también de lo mejor de este conjunto, poco le faltará. Relajan con el comienzo de “Por oír tu voz” antes de pillar carrerilla y convertir el sosiego anterior en un simple espejismo tan prometedor como ver agua en el desierto. Pero lo que aquí escuchamos es real, muy real.

Finiquitan esta reseñable demostración de poderío compositivo con “Muerto el poema” dejando una sensación de haber empleado bien el tiempo en los escasos treinta minutos que dura esta obra y que desde luego debería ocupar un lugar muy alto de prioridades para seguidores de Reincidentes, La Fuga o incluso Platero y Tú. En el libreto interior ya han lanzado una inquietante amenaza a los que “les cerraron las puertas”. Vienen “a comprar el edificio”. Cuidado.  

 

ALFREDO VILLAESCUSA

 

 

miércoles, 20 de enero de 2021

LOS EXTRAÑOS ‘YO CONFIESO’: SONIDOS DEL BILBAO GRIS

 

Hubo un tiempo en el que en la capital vizcaína no se ponía el sol. No eran pocos los garitos que abrían hasta el amanecer y luego siempre quedaba la posibilidad de alargar la fiesta en casa de algún conocido por casualidad esa misma noche, no había tampoco los remilgos de la época actual. El museo Guggenheim era apenas un proyecto prometedor para el futuro, del mismo modo que ese metropolitano que transformaría por completo la vida de la villa y conectaría las dos antagónicas márgenes derecha e izquierda.

Desde aquella galaxia lejana proviene esta primera referencia de la discográfica Decadencia Corporal creada por el melómano Iñaki Gallardo, una interesante semilla de la que se esperan otros frutos golosos en los próximos meses. Y para estrenarse, nada mejor que recuperar un legado histórico en la escena bilbaína, esto es, el periodo que va desde Los Extraños a Los Raros que se ha condensado en esta ocasión a través de maquetas, rarezas, descartes y directos, según explica la misma portada del disco.


Pero antes de desmenuzar el contenido, pongámonos un poco en situación. Allá por el 86 se empieza a escuchar en el circuito local ‘Sus peores grabaciones’, tímida presentación de una banda en la que se encuentran Jon Zamarripa y Félix Senderos de Los Primitivos. Debutan en la mítica sala Yoko Lennon’s de teloneros de Eddie & The Hot Rods, nombre imprescindible para entender el protopunk británico, a la par que van completando la formación y extendiendo la palabra por antros inolvidables del botxo como la sala El Garaje de Ibarrekolanda o el Gaueko, punto de reunión de los aficionados a las nuevas tendencias de aquel entonces.

Graban una segunda maqueta titulada ‘Seguimos sin beber alcohol’ y en 1988 fichan por la escudería Discos Suicidas, pero al no tener registrado el nombre del grupo, se ven obligados a modificarlo y a denominarse a partir de ahora Los Raros. Bajo las palabras ‘No es un buen plan’ registran un álbum que presentan en el Intermezzo de Las Arenas antes de girar por Barcelona, Madrid, y por supuesto, todo el País Vasco. En el verano del 89 repiten en la Muestra de Pop Rock Local de Aste Nagusia y al de un par de bolos el proyecto se disuelve, a pesar de que tenían contrato para dos trabajos más.

Hechas estas aclaraciones previas, podemos detenernos en el material de ‘Yo confieso’, dividido en dos caras a la antigua usanza y que se inicia con una pieza homónima que es todo un homenaje a la obra del cineasta Alfred Hitchcock, atención a la letra. Recuperan asimismo “Palabras” de su primer esfuerzo, un corte hipnótico a medio camino entre Derribos Arias y Parálisis Permanente, un halo siniestro que no les abandona en la mayoría de los temas que componen este redondo.

“Escucha el silencio” procede de la segunda maqueta y cuenta con un aire más psicodélico engrandecido por la notable aportación de los teclados, que en esta banda no son ni de lejos un mero convidado de piedra. “Sex Appeal” es un interesante documento inédito cantado por Jorge de la Herrán escorado hacia el post punk, mientras que “Criticar” constituye uno de los momentos más inspirados gracias a una letra tan supurante como introspectiva. Y ese comienzo, ¿no parece reminiscente al “A Forest” de The Cure? O igual son delirios de este humilde redactor. Cierran la primera parte con la instrumental “Peter Gunn”, un tema popularizado en realidad por Emerson, Lake & Palmer, aunque nadie lo diría por su vertiginosa urgencia punk.


En cuanto a la segunda mitad de esta recopilación y los cortes finales de la primera, tenemos fragmentos de bolos en Bergara y Zaramillo donde se ha primado “la calidad de sonido, la no repetición de temas respecto a ‘No es un buen plan’ de Suicidas y la diversidad compositiva”, según explican en el libreto interior. Es el caso de la siniestrísima “La noche”, con cierto eco al “Quiero ser santa” de Parálisis Permanente o esa peculiar simbiosis entre “Armas rojas” y “La otra”, donde vuelven a pisar el acelerador punk.

El poso new wave sobresale en “Las mil caras del monstruo” antes de que “She Was A Child” nos legue otro de los instantes más sobresalientes del conjunto, a pesar de que no exista letra. Que cada cual cree la suya a su gusto, aliñada con lo que uno considere oportuno, como si fuera una ensalada. Y en “El vacío” se hará casi inevitable no pensar en Lou Reed o la Velvet Underground por su pegadiza melodía. Para finiquitar, recurren a “Fijación”, versión instrumental de una pieza habitualmente cantada.

Toda una lección de historia o arqueología del underground bilbaíno que debería conocer, por lo menos, cualquier aficionado con fuste, independientemente de sus gustos personales. Este lanzamiento es una auténtica oportunidad de oro en ese sentido, pero si pica todavía más la curiosidad, habrá una presentación del mismo el miércoles 27 de enero en la sala Bilborrock a las 19.15, con entrada libre hasta completar aforo. Lleven libreta o lo que sea para tomar apuntes, escriban o no.

 

ALFREDO VILLAESCUSA

 

 

 


lunes, 19 de octubre de 2020

THE NORTHAGIRRES + AITOR OCHOA & MAD MULE +THE DALTONICS: MOTÍN EN EL PATIO DE LA CÁRCEL

Sala Santana 27, Bilbao 

Ya decía el gran Jorge Martínez de Ilegales que “hace rock quien puede, no quien quiere”. Algo que hoy en día parece haberse convertido en lo más subversivo que uno pueda echarse a la cara, a tenor de las campañas gubernamentales en las que se difama y criminaliza a todo el sector del ocio nocturno con una rotundidad que asusta. Quizás debamos asumir que el objetivo de este tipo de medidas obedezca más a mecanismos de control social que a los lógicos protocolos de contención ante una pandemia. Da igual que todavía no se haya producido ningún contagio en un concierto, la consigna sigue siendo vincular ciertos espectáculos con muerte y poner el énfasis en imágenes de aglomeraciones en el exterior de bares para que así el personal salte con la indignación de furibundos franquistas. Qué ejemplaridad tan repentina que nos rodea.

 Si hace escasas semanas celebrábamos el retorno a la actividad de la sala Santana 27, uno de los pilares de la vida cultural de la villa bilbaína, a toda una carrera de obstáculos se tuvieron que enfrentar los organizadores para llevar a cabo tanto la cita de Los Deltonos del día anterior como la de The Northagirres, Aitor Ochoa & Mad Mule y The Daltonics que nos ocupa esta crónica. Porque a cualquier mente racional le resulta complicado entender que lo que valía una semana antes ya no sirva unas horas después, según nos daba a entender Juegos y Espectáculos del Gobierno Vasco al prohibir los bolos con mesas. Otra de esas incongruencias supinas con los transportes públicos a reventar en hora punta. Ya se podría aplicar esa manga ancha también en otros sectores.

Así que ahí nos plantamos en un recinto plagado de sillas, algunas incluso vacías de peña que había reservado con anterioridad. De sobra es sabido que cuando llueve es como si el mundo se parara en la capital vizcaína y no son pocos los que deciden recluirse en casa, como si lo que de verdad cayera fueran bombas radioactivas y no simples precipitaciones. Una acción que tenía todavía más delito con el pedazo cartel que se había organizado en una velada a un precio ridículo por tres bandazas.

 Abrieron la terna los siempre cachondos The Daltonics, con su animado rollo pub rock que bebe lo mismo de Dr. Feelgood que del descaro de Siniestro Total, solo hace falta escuchar la letra de temazos tipo “Vintage” o “El novio de mamá”, que con toda su chulería dedicaron a “las mujeres solteras de la sala”. Repasaron otros especímenes autóctonos en “Vienen tus cuñaos” y “Viudas de Epalza”, no sin olvidarse de los que esa noche tenían mambo en “Calcetines” o del agraviado gremio de los hosteleros, con recuerdo especial a Txema de Zuloa, que se hallaba presente en la primera fila. Se quejaron además de que “ya no se puede interactuar con la gente…solo si es una orgía autorizada”. Héroes locales.

Los irreverentes The Daltonics.
 

Y no menos apabullantes se tornaron Aitor Ochoa & Mad Mule, unas bestias que le daban a un rock americano bastante contundente con poso de Neil Young o incluso Beasts of Bourbon. “Parece el patio de una cárcel”, dijo el más que competente cantante y guitarrista antes de acometer otro derroche de pura electricidad. Toda una tormenta la que desplegaron desde el escenario, con punteos soberbios a cargo de un líder al que le quedaban genial hasta las piezas más reposadas. Mucha elegancia había en esas composiciones con aire de clásico que revelaban a unos músicos como la copa de un pino. Enormes. Para seguirles el rastro. 

Aitor Ochoa & Mad Mule, elegancia guitarrera al cubo.
 

Y los guipuzcoanos The Northagirres ya tiraron la casa por la ventana desde el demoledor inicio con “Cavaré”, que puede evocar lo mismo a La Frontera que a Burning. El ambiente se calentó tanto desde los asientos que alguno de las primeras filas hasta gritó: “¡No nos dejan bailar!”. Otra de esas cosas que un servidor tampoco logra entender, salvo que exista evidencia científica de que el virus prefiere a las personas levantadas y a lo loco. 

 Pero daban igual los impedimentos, allí se estaba para disfrutar y lo estábamos haciendo de lo lindo con “La vez”, en la que volvimos a pensar en la histórica banda de La Elipa. “La boca rota” era otra composición impecable, que también podría haber sido escrita por Pepe Risi, mientras que “Cuéntales” rememora el spaghetti-western de ponchos y mascar tabaco, un terreno casi virgen en la península y que ellos bordan tanto como Javier Andréu y compañía. Muy conseguidas esas atmósferas polvorientas en las que el teclado les aportaba la riqueza necesaria. Aquí ese instrumento no se trata de un mero convidado de piedra, como sucede en otras bandas. 

The Northagirres
 

 No esperábamos tampoco que se arrancaran con una versión muy punkarra del “C’Mon And Love Me” de Kiss, que fue de lo mejor de la velada. Lejos se quedaron de los que recurren a temas requetequemados como “Detroit Rock City” o “Rock N’ Roll All Nite”, ojalá se reivindicara con mayor frecuencia esta primeriza etapa de los neoyorquinos en la que estaban influenciados tanto por el rock clásico de The Beatles o Led Zeppelin como por el protopunk de MC5 o New York Dolls. 

 “Norte y sur” siguió echando carburante en la locomotora, antes de que incidieran de nuevo en el ambiente ferroviario con “Yo también”. Y que lo suyo es un agradable conglomerado de influencias rockeras lo certificaron con “Anoche vendí mi coche”, con esa garra guitarrera similar al “Go Down” de AC/DC. Solo podrían finiquitar un recital de altura estratosférica con “Lalala Lala Lalalala Lalala”, que en las distancias cortas se torna un auténtico trallazo. Tremendo. 

 

Ante el entusiasmo generado, los bises eran obligados, por lo que no tardaron en regresar con “Lo pactado”, más macarrismo burniniano en vena, y un “Elevator” de notable aroma stoniano que demuestra que cantar en inglés tampoco les sienta nada mal. La buena música entra incluso en swahili si hace falta. 

 Una cita, en definitiva, en la que tres grupazos oficiaron a un nivel increíble, por lo que sería complicado precisar quiénes sobresalieron por encima de los demás. Por afinidad estilística nos quedaríamos con los últimos, aunque otras opiniones al respecto se antojarían igual de respetables. Que no se pierda nunca la cultura de los conciertos. El motín en el patio de la cárcel es posible. 

 TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

martes, 6 de octubre de 2020

EL COLUMPIO ASESINO: CONTAMINADOS HASTA LAS TRANCAS

Sala BBK, Bilbao 

Habrá que acostumbrarse a esto de los conciertos separados y con mascarillas. Sobre todo cuando parece ser esa la única vía para sortear la férrea censura dictatorial impuesta por esas autoridades sanitarias que vinculan ocio nocturno con muerte y no tienen tanto remilgo a la hora de confinar peña en transportes públicos y aerolíneas. Pero hay cosas que no pueden ser, ya que dicho formato intimista no se antoja el más adecuado para ciertos grupos que invitan al fiestón descontrolado, ese puro hedonismo de madrugada que también ha sido proscrito, entre otras libertades arrebatadas desde el inicio de la pandemia. Salga de casa, trabaje y vuelva a su hogar. El futuro de ‘1984’ hace tiempo que llegó. 

De entre los combos que por su energía incitan a venirse muy arriba siempre estarán los navarros El Columpio Asesino, cuyo himno llenapistas “Toro” continúa siendo banda sonora perfecta para el desfase del fin de semana y quizás uno de los pocos ejemplos en el indie patrio en el que se aborda sin tapujos el tema de las drogas. Inclasificables y con un espectacular abanico de influencias que va desde Pixies hasta el post punk o el krautrock, han sorprendido recientemente en su álbum ‘Ataque Celeste’ con un giro hacia sonidos más sintéticos pero en el que no se han desechado esas atmósferas malrollistas que tan bien les funcionaban en el pasado.

Con las entradas agotadas en cuestión de horas, al igual que el resto de las citas con las que la sala BBK celebra su décimo aniversario, el ambiente a reventar andaba garantizado en el interior. Al contrario de lo que sucedió en Los Punsetes, cuando en torno a la mitad del aforo decidió no acudir al evento debido al mal tiempo, en esta ocasión seguro que no sobraron demasiados sitios, incluso un servidor tuvo que echar un ojo a su asiento para que unos advenedizos no se lo mangaran. Maravillas de los aforos reducidos, casi podríamos entretenernos jugando a las sillas. 

 La artista multicultureta Hakima Flissi gozó del privilegio de abrir la velada, aunque no nos sedujo demasiado su rhythm & blues de efluvios comerciales y algún destello soul. Es evidente que la chica posee una voz deslumbrante que llama la atención, pero cuando se acerca a los sonidos trap o latinos, con la notable aportación de una DJ bailonga, a uno le entran ganas de esconderse debajo de la mesa y no salir de allí hasta que el temporal haya amainado. Una mera cuestión de gustos con la que no sintonizamos, sin más. 

Hakima Flissi y su rollo multicultural.
      

Todo lo contrario de El Columpio Asesino, cuyo rollo experimental llevamos adorando casi desde el primer disco. Y por supuesto el golpe de timón que han dado con su último largo ‘Ataque Celeste’ lo abrazamos sin complejos, puesto que no vale cualquiera para saltar con tanta precisión del rock a la electrónica y no enredarse con el almíbar por el camino, quizás New Order en el ‘Get Ready’ y poco más. Una deconstrucción en la que los géneros dejan de importar y nos obligan a centrarnos solo en lo importante: la música. .

A modo de intro futurista con ecos de Aviador Dro, “Ataque Celeste” ya nos puso en guardia de que ese concierto sería especial por diversos motivos. El más obvio lo estábamos sufriendo con las dichosas mascarillas y la distancia de seguridad, pero también iba a ser la primera vez en la que veríamos sentado a un grupo que llevaba el ADN del descontrol muy metido dentro. Y la experiencia resultó de lo más gratificante, con un inicio realmente sensacional con “Huir”, constatación práctica de que el malrollismo no está reñido con la electrónica, y “Preparada”, otro temón para las distancias cortas que nos recuerda que “para empezar de nuevo hay que morir”. Que el fuego nos purifique a todos. 

 

Sin condescender en absoluto a la hipocresía quedabien, “Sirenas de mediodía” constituyó otro paso importante en el descenso a los infiernos que nos proponían los navarros. La voz de Cristina Martínez sigue sobrecogiendo en directo e insuflando brío a esa vertiente siniestra que les emparenta con Parálisis Permanente. Esta mujer debería ser la femme fatale definitiva del indie patrio. 

No se desviaron de la senda oscurilla con “Babel”, otra pieza que podría atronar en cualquier sesión gótica. Y añadieron dinamismo al asunto con los tonos casi susurrantes de Cristina mientras aporreaba una baqueta marcando el ritmo. Sin pausa que valga enlazaron con “La lombriz de tu cuello”, otra letra insana por doquier. Esto es lo que de vez en cuando hace falta, nada mejor para liberar tensión y cabreo contenido. Que los buenrollistas se metan las tacitas de Mr. Wonderful por donde les quepa. 

 

Con este panorama de efecto ascendente contener las emociones desde el asiento se antojaba complicado, por lo que no era extraño contemplar a algunos asistentes agitarse como si llevaran una camisa de fuerza. Bastaba pronunciar palabras mágicas tales como “Un coche bomba estalla en Moscú” para que el personal alcanzara el delirio y entonase las estrofas restantes como buenamente se podía con mascarilla. Si esto hubiera sido de pie y sin restricciones que valgan, se habría liado muy parda. 

 “A la espalda del mar” es otro corte negrísimo cual tizón que cuestiona ese empeño en meterles en el cajón de sastre de los indies, a pesar de que esos giros perturbados que otorgan a sus letras les alejan miles de kilómetros de Dorian o Love of Lesbian, por ejemplo. Sacaron el guante de seda con “Perlas”, que les quedó muy My Bloody Valentine antes de devenir en shoegaze chirriante. Versatilidad a tope. 

La guitarrista y vocalista Cristina agradeció la descomunal respuesta recibida, no sin asegurar que se tirarían “horas tocando los discos”. Estaba más que cantado que para despedirse recurrirían a “Toro”, su llenapistas definitivo y que no cansa por mucho que se escuche mil veces, esos guitarrazos siguen sonando a gloria en las distancias cortas. Cualquiera se movía de allí después de semejante subidón, eso mismo nos dijeron ellos al darse cuenta de la jugada. “Estáis como para ir a casa”

 

No quedaba otra que regresar en breve, algo que hicieron por todo lo alto con “Your Man Is Dead”, una pieza primigenia tan macarra como siniestra. “Se supone que el rock es para contaminar”, nos dijo el batera Álvaro y Cristina puso en duda tal afirmación. Muchos interpretaron aquello como una señal para la rebelión, para levantarse de la silla y atreverse a moverse, actos totalmente proscritos en la actualidad. El festín contó además con “Vamos”, otra tonadilla de alaridos para alcanzar el éxtasis con delirio ruidista y trompeta. ¿Qué más se puede pedir? 

 Acabamos contaminados hasta las trancas por sus letras insanas y su desmedido talento para adaptarse a las circunstancias actuales. Porque eso de conseguir sobresalir en un recital en el que la única interacción posible consiste en dar palmas ya tiene su mérito. Ya lo hemos dicho antes, pero lo volvemos a repetir para que quede bien claro, la que habrían montado si no existieran las medidas vigentes para la celebración de conciertos. El entusiasmo es un arma muy peligrosa. Normal que no nos dejen juntarnos.

 

 TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

martes, 29 de septiembre de 2020

LUKIEK + MARBAN: PURA VIDA DESDE LOS ASIENTOS

 Sala Santana 27, Bilbao

 Siempre hace ilusión recuperar espacios de libertad. Lugares abandonados desde hace meses que vuelven a brillar con el calor de la gente y demuestran que en realidad tampoco ha pasado tanto tiempo. Basta volver un poco a las costumbres de antaño para darse cuenta del vertiginoso cambio social que se ha producido en un país incapaz de aprender de sus errores y con la cultura de nuevo en el punto de mira de las autoridades gubernamentales. Pero sin que se note mucho la persecución política, en eso consiste ser “progresista” hoy en día. Hace unos añitos, el cantautor Nacho Vegas ya alertó de esta peste de arribistas e incompetentes supinos popularizando unas camisetas que rezaban “Odio a los progres”. Y cuidado, el que discrepe va directo al cajón de la extrema derecha.

En una época en la que montar conciertos cada vez se asemeja más a hacerlo en pleno franquismo, se agradece que sigan al pie del cañón promotoras como Hey Hey My My y que así se aprovechen las escasas oportunidades para el mundo musical que nos deja esta democracia del 2020. Ya no te llaman cochambre o piojoso como antaño, pero la culpa del descontrol de la pandemia lleva meses atribuyéndose sin base científica ninguna a los mismos. Todavía estamos esperando a que se confirme algún brote en un concierto, mientras que los casos en colegios y otros sitios se multiplican cada día. Simple cuestión de manipulación.

 

Ganas había por tanto de atravesar la puerta en este regreso a la actividad en la sala Santana 27, por lo que nos sorprendió comprobar que la pista principal se había transformado en una suerte de cabaret con mesas para grupos de varias personas y sillas individuales. Parecía que más que un concierto lo que allí se iba a contemplar era una sesión de monologuistas, pero ese detalle era insignificante comparado con la posibilidad de poder disfrutar de nuevo de bandas subidas a un escenario.

Con los ánimos del personal muy elevados por el sold out registrado en el recinto escasas horas antes, los getxotarras Marban ofrecieron todo un bolazo en el que brillaron tanto sus revisiones de Arctic Monkeys, caso de “Do Me A Favour”, como temas propios del calibre de “Perséfone”, con cierto deje a lo Love Of Lesbian. Muy bien interpretadas estuvieron las piezas de Alex Turner y compañía, pese a que no sea nada sencillo pillarles el punto vocal y lo único que echamos de menos es que no se animaran con algún corte del laureado ‘AM’, quizás uno de los mejores discos de la pasada década. Mucho nivel, para seguirles la pista.

Los getxotarras Marban dieron lustre tanto a Arctic Monkeys como a temas propios.
 

A Lukiek a estas alturas les tenemos catados en la mayoría de circunstancias posibles, esto es, en garitos pequeños, recintos medianos, festivales y demás. Y si algo se cumple con milimétrica exactitud es que saben hacer que la peña se divierta, han dado con esa fórmula mágica que otros tardan años, o incluso toda una vida, en encontrar. El poder descomunal de lograr que sus actuaciones no pasen desapercibidas en absoluto.

Para que un trío funcione en las distancias cortas es fundamental que sus integrantes estén compenetrados al cien por cien hasta el punto de que su sonido no se resienta en absoluto. No sería la primera vez en la que vemos brillar formatos minimalistas con mucha más convicción que bandas enteras atragantadas en su barroquismo y pretenciosidad. El guitarra Josu y compañía parecen controlar bastante los tiempos y tal vez por eso ofrecen bolos enérgicos desde el minuto uno, incluso en la complicada tesitura de pandemia, cuando la única interacción permitida es dar palmas.

 

“Cisne Disney” marcó las coordenadas noventeras por las que se moverían en el terreno musical, un inclasificable territorio entre el rock alternativo y el post punk al que cuesta atribuir referentes inmediatos. Es tal su personalidad que el hecho de que su vocalista y guitarrista Josu sea el compositor principal de Belako se antoja más un hecho anecdótico que otra cosa, pues ambos proyectos poco tienen que ver, a excepción de esa patológica obsesión por la década del grunge y de las camisas de cuadros.

“Ha habido tiempo de hacer cosillas”, nos advirtieron antes de dejar caer alguna novedad que no desentonaba para nada en el conjunto. Pero donde sobresalían era en piezas del debut tipo “Nondik Zatozie” o “Don Gomes” que la peña coreaba como si fueran auténticos himnos. Y quizás no se pueda montar el pogo o la bulla de la vieja normalidad, aunque eso no impide buscar alternativas diferentes de mostrar el afecto, una de ellas fue sentarse y levantarse de las sillas repetidamente. Todo un espectáculo no apto para apalancados.

 

Por el ímpetu que le echaron a la velada, se notaba que lo de subirse a las tablas lo habían pillado con ganas, en especial el batera, que ofició cual titán aporreando sin descanso, una máquina. Y la simbiosis entre Josu y el bajista era asimismo asombrosa, le ponían tal esmero que recordaban en ocasiones a Biffy Clyro, otros salvajes en directo. Un trípode en el que cada pieza se tornaba imprescindible para mantener la estabilidad.

De lo mejor del recital se antojó “Kontuz!”, post punk ortodoxo vía PIL para deleite de los puristas del género, mientras que el poso Nirvana se disparó en “Bi Polar Eztabaidan”. El entusiasmo del respetable no disminuyó un ápice a lo largo de la cita, la peña comía tanto de su mano que a veces parecía que daba igual lo que tocaran.

La recta final con “Vampiro Zara Orain” y “Automata” confirmó su impresionante poderío escénico y su inefable voluntad de liarla incluso aunque el público tenga que permanecer sentado. No son pocos los que aseguran que ver un concierto en estas condiciones no dista demasiado de un ensayo. Y puede que posean razón en parte, lo cual no quita para reconocer la valía de esos alquimistas capaces de transmitir emociones de esta peculiar manera. Se sentía pura vida desde los asientos.

 

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA