viernes, 7 de mayo de 2021

PAUL ZINNARD ‘TRANCE’: SENTIMIENTOS SIN PREGUNTAS

 

Hay discos que no necesitan justificarse de ninguna manera. Da igual que uno no controle demasiado el estilo o al artista en cuestión. La verdadera música no va de eso, no es una oposición en la que los conocimientos vayan a determinar por completo nuestro futuro. Se trata en muchas ocasiones de dejarse llevar, permitir que unas simples notas nos eleven varios metros por encima del suelo. Sin cuestionarse nada. Lo importante es disfrutar del momento, como si estuviéramos seguros de que aquello no fuera a repetirse nunca jamás. Vivir cada segundo como si fuera el último.

Tal actitud se desprende del reciente álbum de Paul Zinnard, nombre artístico del mallorquín Carlos Oliver. Un tipo cuya trayectoria se remonta hasta los noventa con The Bolivians y que luego continuaría con The Pauls, el grupo de referencia de donde tomó su seudónimo. A partir del 2010 comenzó a desarrollar una prolífica trayectoria en solitario desde el más puro underground y con una media de un álbum cada dos años, a pesar de que se saltara esta costumbre no escrita con este lanzamiento, pues su anterior ‘Songs For A Better Past’ data de 2018. Las reglas están para romperlas, no cabe duda.

En esta sexta obra Paul Zinnard se rodea de una banda tan competente que reducirla a la función de mera comparsa se tornaría una injusticia tremenda, sobre todo teniendo en cuenta la espectacular labor al piano y órgano Hammond de Willie B Planas, entre otros aspectos relevantes. La voz principal tampoco es de esas epatantes, de las que te caes al suelo, pero ni falta que hace en un artista que se mueve cual pez en el agua por un territorio en los límites del aliento profético de Bob Dylan o el poso noctívago de Edwyn Collins, sin descuidar por ello el inmenso legado de Neil Young, The Band y un puñado considerable de artistas.


Respecto al contenido, los parámetros se marcan a fuego desde el comienzo con “Into Your Room”, una canción con un leve aire Dire Straits que versa sobre algo tan sobrecogedor como el suicidio, optar por un tono sosegado no implica desde luego la voluntad de buscar el aplauso fácil de la mayoría. Toda una puerta de entrada con broche de oro al peculiar universo de este cantautor. “I Was A Boy” llama del mismo modo la atención por el protagonismo de su adictivo piano, nadie diría que en realidad trata sobre el fascismo o los nacionalismos que alimentan el odio. De las piezas más emotivas.

Pero a este tipo tampoco se le caen los anillos por apelar al intimismo en “I Wish I Could’ve Loved You More”, imposible evitar acordarse de nuevo de Mark Knopfler. Mucha clase destila “Satisfaction”, a la par que nos insufla la idea de que no es necesaria demasiada parafernalia para sentirse realizado en la vida. Tal vez la satisfacción realmente esté en el otro lado, como afirman en la letra.

“Some Kind Of Secret Love” rescata el encanto de las escenas cotidianas, antes de que “My Son” adquiera la solemnidad requerida para abordar el trágico hecho de un emigrante que muere recogiendo fruta debido a un golpe de calor. Y este bardo mallorquín no se despega de cierta seriedad en “Now I Know”, con su deje folk contemporáneo, o “Underneath The Sun”, de un marcado carácter bucólico. La simpleza bien entendida debería ser siempre un valor en alza.

Cualquiera podría pensar que “Lovers Go Mad” constituye otra canción más de amor, pero en realidad se trata justo de lo contrario, a tenor de su deliberada ironía. Y “Upside Down” nos termina de romper los esquemas por su apelación al amor sin sentimentalismos, seguro que funciona a la perfección en las distancias cortas. La guinda festiva para acabar con una sonrisa.

Recuperamos la reflexión que hacíamos al comienzo de esta reseña de que no existe obligación de intelectualizar todo, una deliberada indiferencia incluso hasta podría ser beneficiosa para la salud mental. No preocuparse por saber de dónde sale un artista determinado, sino simplemente entregarse a lo que nos ofrece, sin necesidad de un tratado filosófico al respecto. Sentimientos sin preguntas de esos que acontecen de vez en cuando.

 

ALFREDO VILLAESCUSA

 

 

lunes, 3 de mayo de 2021

SONIC TRASH ‘KING KONG PARTY’: FESTÍN GUITARRERO

 

Siempre en mi equipo todos aquellos que van a su rollo sin importarles lo que esté o no a la moda en un momento dado. Hablamos de esos artistas en el sentido más puro de la palabra que siguen fieles a una visión particular y no se apean de ahí por mucho que caigan chuzos en punta. Olvídense de ellos los advenedizos y los que dicen que no son de nada porque en realidad se apuntan a lo que toque, esos que cuando entran en los casinos van con la banca, porque ya se sabe de sobra cuándo gana.

En este espectro de disidentes podríamos encuadrar a los bilbaínos Sonic Trash, que gracias a su longevidad y su peculiar estilo se han convertido en un auténtico referente de la escena local alternativa. Podrán evocar referencias manoseadas hasta la saciedad como las de Sonic Youth o Lagartija Nick, pero la diferencia entre ellos y los otros miles que les reivindican es que ambos nombres se integran con naturalidad en una versátil coctelera en la que cabe desde el rock de ahora hasta el de antes, eso que Jerry Corral con notable acierto describía como “alto voltaje”. La típica música que te haría saltar del asiento de un plumazo.


Esa propuesta sigue intacta en este manifiesto guitarrero llamado ‘King Kong Party’ que evoca una sensación semejante a la de despertarse en pelotas en un sofá de una casa desconocida con un leve dolor de cabeza como único testimonio del desfase de la noche anterior. Pero que nadie se asuste, puesto que este jolgorio se antoja para todos los públicos, para esos seres superiores que beben como cisternas y también para los melifluos que se emocionan con un sorbito de champán. Lo importante aquí es la actitud, o ir a los sitios con ganas, como se diría coloquialmente.

Ese fervor nos lo despiertan de inmediato con “Kalamity (Zure Zapore Berria)”, un derroche de chulería con marcado sabor noventero que en las distancias cortas tiene que atronar. Y eso por no mentar la hipnótica atmósfera creada entre ritmos de inspiración oriental, un bajo imposible de obviar por su noctívago influjo y los adictivos tonos de David Hono y Birkite Alonso coaligados en tormenta perfecta. De enmarcar. “Bilbao Speed City” va tan a la yugular como el propio título y en esas circunstancias solo podríamos esperar rock n’ roll acelerado con cierto punto macarra para recordar a la ciudad que les vio nacer, otro trallazo para reventar en los bolos.  

Sin perder empaque, “Orient Ltd” se acerca bastante a lo que hacen en la actualidad sus paisanos Capsula, por lo que podría incluirse sin problemas en alguno de sus últimos lanzamientos. Y “Sexy Bass” suena mucho más personal, con notables juegos de voces y un enérgico estribillo de los de levantar mástiles al cielo. El aquelarre sónico de la parte final debería ser por derecho propio uno de los instantes destacados de este redondo.

“Amnesia”, por otra parte, se regodea quizás en la faceta más psicodélica de la banda, aunque en ocasiones sea inevitable obviar el ramalazo Lagartija Nick de la época de ‘Inercia’. Menos mal que hay momentos en los que no hace falta ni pensar, como al escuchar “Acelerado”, más rock n’ roll descarado en el que Hono vuelve a destacar como vocalista y que no requiere explicación intelectual alguna. O se siente o no. Eso es todo.

El último tramo no desfallece con “Kamazotz”, otra pieza enérgica con guitarreo, percusión epatante y un rollito fantasmagórico como de ritual vudú. Muy chulo les queda asimismo el inicio spaghetti-western de “Amarcore” para ponerse poncho y mascar tabaco antes de devenir en un curioso medio tiempo no exento de rabia y plagado de sutiles detalles. “Cortes” apela una vez más a las agallas por su incesante ritmo, pese a que tampoco se cortan a la hora de utilizar voces en off y otros recursos que te harán desechar esa idea equivocada de que se trata de un mero tema de relleno. Una maravilla que gana en cada escucha con unos segundos finales de infarto.

Después de haber elevado el pabellón hasta la estratosfera, poco más podría esperarse, pero se apuntan otro tanto en “Alma caníbal” con la aportación de un coro de niños en alemán. Un elemento pintoresco que tampoco habría incrementado demasiado el atractivo intrínseco que ya posee dicha composición por su aire Bowie o Lou Reed. El epílogo para reposar o elevarse hacia otra dimensión. Que cada cual elija su cuelgue favorito.

En definitiva, aquí tenemos un festín guitarrero que llamará la atención de los fieles y de los que no se conforman con cualquier cosa que repita los esquemas manidos de siempre, algo que se agradece especialmente en combos maduros con una importante trayectoria a sus espaldas. Que nadie vuelva a decir que es imposible eso de nadar y guardar la ropa, apuntar a la cabeza y al corazón al mismo tiempo. Hay múltiples lanzamientos que lo atestiguan, este es uno de ellos.

 

ALFREDO VILLAESCUSA

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 7 de abril de 2021

COBRA: LITURGIA A FUEGO Y OSCURIDAD

 

Sala Santana 27, Bilbao

 

En represivos tiempos en los que se cuestiona más que nunca la producción cultural de los ochenta por parte de ignorantes sin escrúpulos nunca está de más recordar el inmenso legado que nos dejó esa época. Para empezar, uno podría ver una película o escuchar una canción sin preocuparse si se estaba ofendiendo a alguna minoría o colectivo determinado. Ese descaro y rasgo inequívoco de libertad de expresión que apenas se encuentra ya en la actualidad, un comportamiento proscrito por esos fundamentalistas contemporáneos de la moral que tampoco se diferencian tanto de los que nos soltaban la barrila desde los púlpitos.

Si algún grupo ha reivindicado la herencia del celuloide en la era de los cardados y las hombreras esos son Cobra, que desde sus mismos inicios se calificó su estilo como “thriller rock” y cuentan en su repertorio con canciones que apelan a aficionados al séptimo arte, caso de “Miyagi”, en alusión al eterno maestro de la saga ‘Karate Kid’, o ese EP que sacaron dedicado a bandas sonoras. Y eso por no mentar ese rotundo logo del combo que alude a la personalizada pistola de Marion Cobretti.


Con el sector todavía casi en cuarentena y citas con cuentagotas, no es extraño que la mayoría de bolos no tarden en colgar el cartel de entradas agotadas. En este particular caso, hubo que suspender el evento en repetidas ocasiones, primero en marzo del 2020 debido a la pandemia, que coincidió con la gira de presentación del disco ‘Fyre’, y luego por un par de positivos en el seno de la banda. Y por si fuera poco, también andaba amenazando por ahí la junta militar del LABI con restricciones y cierres perimetrales. Realmente cuadrar un bolo en estas inciertas circunstancias se debe acercar a realizar todo un encaje de bolillos.  

Quizás el doom ritual no sea uno de esos géneros que uno disfrutaría a tope en plena tarde, pero hay que reconocer por completo la valía de los vizcaínos Ikarass por su cuidada puesta en escena con su cantante oculto tras una capucha, candelabros dispersados por ahí y la palabra “Cult” presidiendo el fondo. Una liturgia de la oscuridad que desde luego bordaron a nivel instrumental con cadencias hipnóticas, voces que se asemejaban más a invocaciones que a canciones al uso y ritmos tan pesados que a veces podría cortarse la espesura con un cuchillo. Su palo tampoco es que me interese especialmente, pero para los acérrimos tienen que ser un verdadero grupazo en directo. Un atracón de penumbra.

 Ikarass y su atracón de penumbra.

Y apostar por la consolidada coalición de talentos Cobra es asimismo un valor seguro, una inversión sin riesgos de ningún tipo, a tenor de lo que hemos contemplado en otras ocasiones. Qué se puede esperar de un combo en el que milita peña que ha llenado pabellones como el bajista David González (Berri Txarrak) o con una trayectoria tan versátil como Ekain Elorza (Dinero, Morgan) a la batera. Y eso por no mentar el buen hacer de Lete a la voz o la espectacular química que se observa entre ellos en general.

El enérgico pistoletazo de salida de “Firebird” puso a los asistentes en aviso ante la descarga monumental que se avecinaba, del mismo modo en que las nubes negras preludian una tormenta de impresión. Dejándose la piel desde el minuto uno no tuvieron complicado enganchar a la parroquia, máxime cuando su lanzamiento más reciente se presta tanto a la interpretación en las distancias cortas, caso de “Here Lies” o el himno que debería retumbar en estadios “Oroiminduak” con su impagable estribillo. Si estos tipos fueran de Alabama o cualquier otro estado norteamericano, todo el mundo fliparía con ellos. Es lo que tiene ese aldeanismo congénito que nos hace apreciar siempre más lo de fuera que lo de dentro, incluso aunque el nivel de los segundos supere al de los primeros.


Con las interacciones reducidas a la mínima expresión, era complicado constatar las señales de aprobación por parte del respetable, pese a que en las primeras filas la emoción contenida fuera patente y la peña agitando la cabellera proliferara por doquier. La atronadora batería de Ekain ejercía a modo de toque de corneta sumergiéndonos en un colosal torbellino sónico del que no se volvía igual que como se entraba. Una revelación plena, que para algo estábamos en época de recogimiento espiritual.

La vertiginosa velocidad del show apenas nos hizo reparar en la presencia de temas añejos en el repertorio, pero notamos en especial las paradas dedicadas a “Come On Now”, con sus contundentes riffs, o la cinematográfica “Rosebud”, que alude a la enigmática palabra presente en el filme ‘Ciudadano Kane’. Todo un clasicazo en su trayectoria, al igual que “Miyagi”, de un marcado poso grungero a lo Pearl Jam. Imprescindible en sus recitales.


Y no menos importante resulta “Life Is Too Short To Drive Slowly”, otra de las que no puede faltar en sus bolos, con sus punteos al tuétano y hasta colándose alguna referencia al “Voodoo Child” de Jimi Hendrix, el colofón adecuado a una recta final de infarto, aunque no nos aburriéramos en ningún momento. ¿Quién podría dormirse en una montaña rusa con reconocibles picos y remansos de paz que apenas llegan para recobrar el aliento y la emoción?

Fue, en definitiva, una liturgia a fuego y oscuridad a un ritmo incesante que bien valdría para recuperar la fe en tiempos de descreimiento general en lo que respecta a la cultura. Que dicho sea de paso, siempre fue segura, por mucho que desde arriba nos obliguen a acatar estúpidas normas de control social que no se aplican en otros ámbitos. La lumbre no se extinguirá ni aunque la pisoteen durante meses.

 

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 26 de marzo de 2021

MELENAS + ARIMA: DULCES ENSOÑACIONES DE DOMINGO

 

Sala BBK, Bilbao

 

Hubo un tiempo en el que para reivindicarse no había que solicitar autorización a nadie. No era necesario siquiera erigirse en portavoz de un colectivo que podría ser tan amplio como la misma música rock. ¿A quién pedían permiso Janis Joplin, Patti Smith o Grace Slick cuando les tocaba subirse a un escenario? Pues a nadie, se entendía aquello como una muestra más de una arrolladora personalidad capaz de romper las barreras ya existentes y a la vez adentrarse en nuevos terrenos a modo de ejemplo para miles de generaciones venideras. Que nadie venga a tratarte como si fueras una disminuida. Ellas estaban muy por encima de eso.

Con un espíritu similar seguro que nació el ciclo Rabba Rabba Girl! para dar visibilidad a la mujer dentro del rock, una iniciativa que no merecía pararse ni en tiempos de pandemia, habida cuenta del oasis cultural en el que se ha convertido la escena musical por muchas ridículas medallitas que se quieran poner los responsables de que en un concierto haya que estar sentado y en una manifestación se pueda estar de pie. Si nos pusiéramos a enumerar las contradicciones de esas arbitrarias normas que no afectan por igual a todos los sectores, a más de uno le explotaría la cabeza.


Había ganas de catar esta nueva temporada del Rabba Rabba Girl!, en la que ya se anunciaban citas tan prometedoras como la de la histórica Ana Curra el próximo 18 de abril o ese anunciado concierto “irrepetible” para el 6 de junio de un espectacular combo compuesto para la ocasión formado por alrededor de 15 músicas de Bizkaia. Planes interesantes para conservar la salud mental frente a olas, repuntes y otras palabras con las que nos llevan bombardeando desde hace ya más de un año.

Asistir a un concierto se ha convertido en un evento bastante fuera de lo común, por lo que no era de extrañar que la mayoría de las sillas de la sala BBK estuvieran ocupadas, al igual que un concurrido segundo piso. El interesante proyecto Arima, comandado por la guitarrista y vocalista Paule Bilbao, abrió la sesión y se convirtió a la postre en lo mejor de la cita. Evocaron el post rock con destellos shoegaze a lo My Bloody Valentine sin renunciar tampoco a acercarse en determinados momentos a The Cure, PJ Harvey e infinidad de grupos que nos molan.


Toda una sorpresa que nos engatusó de inmediato por su tremenda competencia en escena y esas atmósferas oníricas tan conseguidas. Y de grandes referencias internacionales pasaron a nombres más cercanos con su revisión del “Epilogoa” de Anari, que les sentó como anillo al dedo, y eso que no resulta tan sencillo clavar la melancolía y personalidad arrebatadora de la cantautora de Azkoitia, la Patti Smith vasca. Para hacerse fan de inmediato. Ojalá volvamos a coincidir pronto.

Creo que ya habíamos catado a las pamplonicas Melenas alguna vez en Bilborock o en algún festival, y por lo que recordamos, no nos debieron desagradar en absoluto, pues de lo contrario no estaríamos ahí. Aquel día, sin embargo, tenían un hándicap importante al haberles precedido unos teloneros tan buenos, pero tampoco se lo curraron nada mal, pese a que un poco más de comunión con el respetable no hubiera importado. Es lo que tienen las actuales restricciones para espectáculos en vivo, hay que ser realmente un crack para lograr algo de espontaneidad.

 

Con un pie en el post punk y otro en la psicodelia setentera comenzaron con “Primer tiempo”, ideal para sumergir a los asistentes en una suerte de tripi cósmico. Había también que pillarles el punto a tan tempranas horas, pues en ocasiones pueden resultar un tanto lineales, aunque a poco que se escuchen sus dos discos en estudio se perciben notables diferencias entre ambos trabajos. Una mera cuestión de enfoque.

Lo bueno que tienen estas chicas es que parecen picotear en un abanico muy amplio que puede abarcar desde la ingenuidad naif de Los Fresones Rebeldes a Los Punsetes en sus momentos más “planetarios” y menos mordaces, la mala leche que se gustan Ariadna y compañía no está al alcance de la mayoría. Hemos de reconocer que nos costó sumergirnos en piezas más reposadas del estilo de “29 grados”, con un leve toque vintage a lo The Raveonettes, mientras que “No puedo pensar” entra a la primera como si fuera un agradable chupito de alcohol dulzón. Y también se sube a la cabeza.


El personal, como hemos dicho, tampoco es que se desviviera demasiado, e incluso ellas mencionaron en alguna ocasión “la falta de feedback”, pero tampoco observamos a nadie aburrirse, la peña escuchaba con atención, igual que si se tratara de una auténtica clase magistral. Hubo recuerdo asimismo para algún conocido de Miravalles a pocos minutos del final y cuando acabó “Cartel de neón” no creo que quedasen demasiados insatisfechos en la sala. Por nuestra parte, nos encontramos más o menos lo que esperábamos, unas dulces ensoñaciones de domingo que bien valían para hacer un alto en la locura que llevamos viviendo desde hace un año y rememorar todos aquellos conciertos en los que no eran necesarias las sillas ni las mascarillas. Ese mundo previo al apocalipsis vírico que ya empezamos a echar demasiado en falta.

 

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA