Sala Crazy Horse,
Bilbao
Dicen que la esencia de todo músico es salir a la carretera.
Girar de un lado a otro como un culo de mal asiento. El problema reside cuando
esto último deja de ser una obligación ineludible al sacar disco y se convierte
en una actitud, una especie de forma de vida en la que cobra pleno sentido un
proyecto artístico y no se entendería la más mínima concesión en este aspecto.
El paraíso de los espíritus libres.
Cualquiera que esté un poco tanto de la trayectoria de Diego
García “El Twanguero” probablemente sepa que este reputado guitarrista que ha
colaborado con Bunbury, Jaime Urrutia, Raphael, Santiago Auserón y un
inabarcable etcétera en realidad nunca conoció hogar, pues ya muy joven se
trasladó a Madrid primero desde su Valencia natal y luego más tarde pegó el
salto a Nueva York o a Buenos Aires.
En ‘Carreteras Secundarias Vol. 2’, la segunda entrega de su
viaje sonoro por el continente americano, se adentra en el corazón de la jungla
de Costa Rica, donde pasa una temporada, no con un machete, sino armado con su
inseparable guitarra Ramírez. Por todo lo expuesto anteriormente, pillar a este
trotamundos en directo es una auténtica oportunidad que conviene aprovechar,
pues no se sabe cuándo volverá a repetirse.
El bolo del Crazy Horse en realidad tuvo que haberse
producido en enero, pero por las restricciones derivadas de la pandemia, no ha
sido hasta mayo cuando se pudo materializar el compromiso pendiente. Es
evidente que sus anteriores visitas a la capital vizcaína habían dejado cierto
poso entre el personal, por lo que no fueron pocos los que se animaron a
contemplar de cerca al maestro de las seis cuerdas.
Con la única compañía de su guitarra,
El Twanguero demostró desde el inicio que el formato del show sería
el de un peculiar cuentacuentos que relataba diferentes anécdotas o vicisitudes
del tema en cuestión antes de arrancarse con su interpretación. Así sucedió con
“La leyenda de Cañaveral”, una suerte de introducción acústica que daba inicio
también a su último trabajo.
Que la naturaleza en su estado primigenio es una sinfonía
inagotable de sonidos quedó patente en “Samba de la jungla”. Y llegados a
cierto punto del camino, hay que tomarse las cosas con calma y experimentar una
experiencia “ayahuasquera”, el verdadero comienzo de ese viaje al corazón de
las tinieblas como el que proponía el escritor Joseph Conrad.
Contar historias y atrapar a la peña en realidad no es tan
sencillo como parece, hace falta una dosis importante de carisma y el desparpajo
suficiente para conquistar al respetable. De eso andaba sobrado Diego, pues la
mayoría apenas pestañeaba mientras relataba sus visiones producto de la
ayahuasca, caso de ese jaguar que le incitó a emprender rumbo hacia Costa Rica.
En su honor precisamente compuso una pieza dedicada a ese salvaje animal que se
contagió de los ritmos latinoamericanos que se fue encontrando en su periplo.
Un diario puede registrarse en otras formas que no sean la escrita.
Una parada importante en su aventura fue el puerto de Limón,
donde confluía un peculiar vórtice formado por Costa Rica, La Habana y Nueva
Orleans. Tal ambiente multicultural le evocó “Blues del Cafetal”. Como ya hemos
dicho, en esta búsqueda de sonidos cobraba un papel fundamental la guitarra
Ramírez que le acompañó durante su estancia en la jungla. Por ese motivo no
debería sorprender que ya de primeras hubiera conexión entre ambos y el
resultado fuera “Náufrago”. Una composición que sin duda le valdría de sobra
para mantenerse a flote.
Este trotamundos de la guitarra nos relató del mismo modo su
largo viaje desde Argentina hasta Chicago, donde permaneció una temporada y vio
a auténticos bluesmen hasta que se dio cuenta de que el clima de allí no era
uno de sus fuertes. No dudó en visitar del mismo modo Nashville, la meca del
country, así que se arrancó con un ritmo típico de este género, y en Austin
aseguró que conoció al actor y músico Johnny Depp.
Echó un vistazo atrás a su trayectoria y se acordó de la
primera vez que fue a un festival en EE UU y ahí le preguntaron qué música
tocaba. Su respuesta fue “Spanish Rag”, un derroche de virtuosismo en el que
pudo hasta salir humo de su guitarra. La cosa cada vez se iba poniendo más
blusera, por lo que el repertorio se trató de un viaje sonoro en toda regla, desde
las profundidades de la jungla a algunas relevantes urbes del continente
americano.
En este repaso hubo palmas espontáneas que brotaron porque
lo pedía la canción e incluso la multitud se animó a cantar el celebérrimo “Hit
the Road Jack” de Ray Charles. Otro punto vital en su carrera fue descubrir a
Chet Atkins con 12 o 13 años, el guitarrista que más le había influenciado,
según confesó, y al que calificó como “un
hombre orquesta”. En este sentido, rememoró la cinta que tenía de ‘Chet
Atkins plays Christmas Songs” y rescató un “Mr Sandman” con más rollo swing que
navideño.
No podía faltar en su recital aquel corte en el que cantó
Bunbury “Guitarra dímelo tú”, que Diego interpretó casi recitada y no le quedó
nada mal con ciertos toques de tango. Se había ganado a la concurrencia, por lo
que tuvo que regresar a las tablas por aclamación popular. Turno entonces para
evocar su estancia en la India (¿hay algún rincón del globo en el que este
hombre no haya estado?) y luego perderse en una pieza crepuscular de efluvios
tarantinianos. Un epílogo en condiciones.
La verdad es que cuando supimos que iba a ser un concierto
acústico nos asustamos un poco y pensamos que se nos iba a ir de las manos,
pero nada más lejos de la realidad, pues en ningún momento se nos hizo pesado
esta especie de diario sonoro de un tipo con un talento inabarcable, tanto a
las seis cuerdas como para la narración de historias que emocionan. No
subestimen las garras del jaguar.
TEXTO Y FOTOS:
ALFREDO VILLAESCUSA