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jueves, 1 de junio de 2023

THE NEATBEATS: PRECISIÓN JAPONESA

 

Sala Crazy Horse, Bilbao

 

Acudir a un concierto con garantía es siempre motivo de felicidad. De vez en cuando sucede que uno se topa con grupos que son infalibles en directo y para salir disgustado del recinto tiene que ocurrir una hecatombe o algo verdaderamente fuera de lo normal. En circunstancias habituales lo lógico es que la banda se deje hasta la piel y que encima reciba el respaldo de un entregado respetable.

 

Tal es el caso de los japoneses The Neatbeats, que se han recorrido repetidas veces la península, por lo que no resulta raro que la mayoría les haya visto en alguna que otra ocasión. Un servidor podría contar hasta dos y no dudó en repetir para llegar al trío, pues conocía de sobra la destreza en las distancias cortas de los de Osaka.

Para que los neófitos se hagan una idea, mencionar que son una especie de The Beatles en su etapa de Hamburgo, pero en versión nipona. Van vestidos con impolutos trajes negros, algún tupé por ahí, y encima se van alternando a las voces, pese a que los tonos generalmente procedan del líder Takashi Manabe. Se nota lo que les gusta en cuestión de música y a la hora de reproducirlo en el escenario su fidelidad es impresionante.

 

Con todos estos mimbres, no era extraño que el bilbaíno Crazy Horse anduviera a reventar un pleno martes, con la mayoría de los habituales de la parroquia rockera y también grupillos de universitarias con ganas de marcha. No era mal plan desde luego acercarse a un garito entre semana y disfrutar de un bolazo de los que seguro que permanecerá en la memoria.

Una parte importante del repertorio de The Neatbeats está conformado por  versiones, pero nadie debería pensar que se trata de un espectáculo de segunda ni por asomo. Los tipos efectúan revisiones muy convincentes, como “You Can’t Judge A Book By The Cover” de Bo Diddley o “Yakety Jack” de The Coasters, entre muchas otras. Incluso se animan a cantar piezas en su idioma natal, algo que no provoca ningún parón o disminución del entusiasmo.

 

Brillaron en especial en el fundamental “Keep A-Knockin’” de Little Richards, todo un himno del rock n’ roll primigenio, y sorprendieron al interpretar “Black Is Black” de Los Bravos. Esto no es lo que uno se esperaría de un grupo procedente del país del sol naciente, pero ya hemos dicho que se toman muy en serio su labor.

A ellos además les encanta que la gente se vuelva loca con ellos. Prueba de ello lo encontramos cuando una chica intentó hacer una foto a uno de los miembros y este al percatarse no solo hizo su mejor pose, sino que levantó los dedos con el signo de la victoria. El fenómeno fan nunca debería estar mal visto.

 

La primeriza época de The Beatles con Tony Sheridan quedó inmortalizada en “Hamburg Twist” y luego subieron un peldaño más con un corte tan mítico como “Twistin’ the Night Away” de Sam Cooke, que puso al personal a bailotear de lo lindo. Como si fueran directores de orquesta, no dudaron en pedir al respetable que se acercara y alejara, provocando imágenes de película. No fue el único movimiento que solicitaron, pues poco después incitaron a moverse de lado a lado. Si les hubieran dejado, habrían pegado fuego al recinto.

Oficiaron todo seguido, ni un segundo de respiro concedieron, como mucho, paraban para demostrar sus conocimientos lingüísticos. Se cascaron también un medley impresionante de clásicos del rock n’ roll en el que distinguimos “Sweet Little Sixteen” de Chuck Berry o el legendario “Long Tall Sally” de Little Richards, entre muchas otras cosas. Como si fueran una enciclopedia del rock y quisieran ilustrar con ejemplos prácticos a los recién llegados a este estilo.

 

Dejaron tal subidón en el ambiente que cuando hicieron amago de abandonar el escenario arreciaron los gritos de “beste bat”, creo que ni pudieron bajarse de las tablas. Pero estaba en su naturaleza ser agradecidos, por lo que regresaron para unos efectivos bises que finiquitaron con “What’d I Say” de Ray Charles en formato alargado, con el gentío interaccionando a tope. No se podría pedir más.

Tal vez para otros grupos una hora y diez minutos se torne demasiado escaso, pero con estos nipones dudo que nadie saliera con esa impresión, pues estos tipos sudan pero bien la camiseta, a ver quién aguanta a ese ritmo sin descanso ni charlas inútiles. Impecable precisión japonesa digna de relojes suizos. Para enmarcar.

 

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

 

 

 

 

lunes, 9 de enero de 2023

EL TWANGUERO: LA IMPORTANCIA DEL CAMINO

 Alguien dijo que lo verdaderamente importante es el camino y las experiencias que uno se lleva consigo al recorrer un trayecto. En una época en la que se da importancia crucial a los logros materiales, no está de más reivindicar el pensamiento del gran Jack Kerouac, un tipo que logró condensar el espíritu de toda una generación, además de servir de inspiración a todos aquellos que entendían el vagabundeo como una forma de vida.

 


Uno de los que desató en un momento dado su ansia de trotamundos fue el guitarrista Diego García, más conocido como El Twanguero. Un señor al que se le quedaba pequeña su Valencia natal y no dudó en embarcarse en un periplo por el continente americano de norte a sur, desde EE UU hasta la Patagonia, sin olvidarse del territorio inhóspito de la jungla y de los ritmos predominantes en cada zona por la que pasaba, igual que cuando antaño los exploradores se adentraban en la maleza y abrían camino machete en mano.

Hace unos cuantos meses este inquieto artista ya estuvo en la capital vizcaína en un bolo acústico que debería haberse producido en enero, pero por los últimos coletazos de la pandemia no pudo realizarse hasta mayo. Ahora regresaba al Crazy Horse acompañado de banda, en formato eléctrico, pero con la misma intención de proporcionarnos un viaje musical en toda regla. Y con el entusiasmo de una afición que no ha menguado en absoluto desde su última visita.

 

Sin demasiada pompa y con la actitud desafiante del artista acostumbrado a tocar en garitos modestos, El Twanguero encendió el motor de su guitarra y de su inconmensurable talento y nos llevó por medio del “Viento de Levante” hacia una melodía con efluvios spaghetti-western que podría encajar en una película de Tarantino. No hay nada como la épica para ir entrando en materia.

La cosa se animó con el ritmo de poso sudamericano “Raska Yu”, en la que evocó su colaboración con el violinista Ara Malikian, y “Rockabilly Mambo” exprimió a tope el tono eléctrico de la velada, aparte de poner a bailotear al grueso del personal.

Diego nos confesó que aquello no era un concierto al uso, sino un viaje musical, algo que sospechábamos desde el inicio, aunque para contemplar a las cotorras en pleno esplendor molestando con su insufrible cacareo no era necesario irse hasta la jungla, las teníamos pululando por el recinto en forma humana. Todavía intento entender qué puede llevar a alguien a pensar que sus mierdas personales son más interesantes que lo que toque o cuente un tipo venido de fuera.

 

Al igual que en la anterior ocasión, el virtuoso de las seis cuerdas nos habló de Chet Atkins, al que calificó como “hombre orquesta” y recuperó un “Mr. Sandman” que fue inmediatamente reconocido por el respetable. Otra parada importante en su periplo por el continente americano era la jungla, donde realizó todo un estudio de los sonidos presentes en dicho ambiente y nos aseguró que “los pájaros cantaban en re mayor”.

Contagiado por los recuerdos de la selva, se arrancó con “La leyenda de Cañaveral”, una pieza evocadora para templar ánimos, y “Samba de la jungla” continuó este viaje hacia al corazón de la oscuridad, que decía Joseph Conrad. Las cotorras de apariencia humana deslucieron un poco la interpretación, pero había que aguantar la falta de educación de los que estaban ahí para incordiar, lástima que el derecho de admisión no se aplique de manera más rigurosa.

 

En realidad creo que el orden fue a la inversa, pero no había problema en acordarse entonces de la atmósfera blues de Chicago, por lo que tocó unas notas deudoras del género y nos dijo que durante su estancia en la ciudad norteamericana vio tocar “a los grandes” pero no aprendió “nada”, algo que dudamos por completo dada la maestría de este hombre a las seis cuerdas.

La versatilidad domina su trayectoria, pues conviven desde los ritmos fronterizos inspirados por Morricone hasta la rumba o la cumbia, entre otros géneros, por lo que alguien con semejante apertura de miras no podría pasar por alto a Nashville, la meca del country, en su viaje musical. La banda sonora con la que acompañó este alto en su camino provocó que alguno gritara “Yee-haw” como si estuviera en un rodeo.

 
La anécdota de cuando fue a un festival y ahí le preguntaron en una entrevista cómo definía su estilo también nos la contó la vez anterior, pero daba igual, seguía siendo un placer escuchar “Spanish Rag” mientras Diego se recorría el mástil de arriba abajo con una destreza encomiable, al tiempo que la peña le acompañaba con palmas y taconeo en el suelo.

Dedicó una canción a “su amigo y vecino” Enrique Bunbury, por lo que quedaba claro que estaba hablando de “Guitarra dímelo tú”, una de las imprescindibles en su repertorio, ya sea acústico o eléctrico. Y evocó del mismo modo el inmortal “Hound Dog” de Elvis en formato blues, la capacidad de sorpresa está garantizada en un bolo de estas características.

 

Se despidió acordándose de una melodía tan arraigada en el subconsciente colectivo como la de la BSO de ‘El Padrino’ antes de fundirse en esos ritmos de corte latino tan predominantes en su trayectoria. Respondió a los gritos de “No te vayas” y regresó rememorando una estancia en la India en la que exploró la música de meditación. ¿Hay algo que este hombre no haya hecho en sus incontables periplos por el mundo?

Nada como enfrascarse en las notas de “El camino” para subrayar la importancia de lo vivido más allá de los kilómetros recorridos, un peculiar punto de vista que no abunda en tiempos de ostentación exterior y empobrecimiento espiritual. Menos mal que todavía quedan recitales que revierten esa tendencia y conceden la importancia debida al camino en sí mismo.

 

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

martes, 31 de mayo de 2022

EL TWANGUERO: LAS GARRAS DEL JAGUAR

 

Sala Crazy Horse, Bilbao

 

Dicen que la esencia de todo músico es salir a la carretera. Girar de un lado a otro como un culo de mal asiento. El problema reside cuando esto último deja de ser una obligación ineludible al sacar disco y se convierte en una actitud, una especie de forma de vida en la que cobra pleno sentido un proyecto artístico y no se entendería la más mínima concesión en este aspecto. El paraíso de los espíritus libres.

Cualquiera que esté un poco tanto de la trayectoria de Diego García “El Twanguero” probablemente sepa que este reputado guitarrista que ha colaborado con Bunbury, Jaime Urrutia, Raphael, Santiago Auserón y un inabarcable etcétera en realidad nunca conoció hogar, pues ya muy joven se trasladó a Madrid primero desde su Valencia natal y luego más tarde pegó el salto a Nueva York o a Buenos Aires. 

 En ‘Carreteras Secundarias Vol. 2’, la segunda entrega de su viaje sonoro por el continente americano, se adentra en el corazón de la jungla de Costa Rica, donde pasa una temporada, no con un machete, sino armado con su inseparable guitarra Ramírez. Por todo lo expuesto anteriormente, pillar a este trotamundos en directo es una auténtica oportunidad que conviene aprovechar, pues no se sabe cuándo volverá a repetirse.

El bolo del Crazy Horse en realidad tuvo que haberse producido en enero, pero por las restricciones derivadas de la pandemia, no ha sido hasta mayo cuando se pudo materializar el compromiso pendiente. Es evidente que sus anteriores visitas a la capital vizcaína habían dejado cierto poso entre el personal, por lo que no fueron pocos los que se animaron a contemplar de cerca al maestro de las seis cuerdas.

 Con la única compañía de su guitarra, El Twanguero demostró desde el inicio que el formato del show sería el de un peculiar cuentacuentos que relataba diferentes anécdotas o vicisitudes del tema en cuestión antes de arrancarse con su interpretación. Así sucedió con “La leyenda de Cañaveral”, una suerte de introducción acústica que daba inicio también a su último trabajo.

Que la naturaleza en su estado primigenio es una sinfonía inagotable de sonidos quedó patente en “Samba de la jungla”. Y llegados a cierto punto del camino, hay que tomarse las cosas con calma y experimentar una experiencia “ayahuasquera”, el verdadero comienzo de ese viaje al corazón de las tinieblas como el que proponía el escritor Joseph Conrad. 

 Contar historias y atrapar a la peña en realidad no es tan sencillo como parece, hace falta una dosis importante de carisma y el desparpajo suficiente para conquistar al respetable. De eso andaba sobrado Diego, pues la mayoría apenas pestañeaba mientras relataba sus visiones producto de la ayahuasca, caso de ese jaguar que le incitó a emprender rumbo hacia Costa Rica. En su honor precisamente compuso una pieza dedicada a ese salvaje animal que se contagió de los ritmos latinoamericanos que se fue encontrando en su periplo. Un diario puede registrarse en otras formas que no sean la escrita.

Una parada importante en su aventura fue el puerto de Limón, donde confluía un peculiar vórtice formado por Costa Rica, La Habana y Nueva Orleans. Tal ambiente multicultural le evocó “Blues del Cafetal”. Como ya hemos dicho, en esta búsqueda de sonidos cobraba un papel fundamental la guitarra Ramírez que le acompañó durante su estancia en la jungla. Por ese motivo no debería sorprender que ya de primeras hubiera conexión entre ambos y el resultado fuera “Náufrago”. Una composición que sin duda le valdría de sobra para mantenerse a flote.

 Este trotamundos de la guitarra nos relató del mismo modo su largo viaje desde Argentina hasta Chicago, donde permaneció una temporada y vio a auténticos bluesmen hasta que se dio cuenta de que el clima de allí no era uno de sus fuertes. No dudó en visitar del mismo modo Nashville, la meca del country, así que se arrancó con un ritmo típico de este género, y en Austin aseguró que conoció al actor y músico Johnny Depp.

Echó un vistazo atrás a su trayectoria y se acordó de la primera vez que fue a un festival en EE UU y ahí le preguntaron qué música tocaba. Su respuesta fue “Spanish Rag”, un derroche de virtuosismo en el que pudo hasta salir humo de su guitarra. La cosa cada vez se iba poniendo más blusera, por lo que el repertorio se trató de un viaje sonoro en toda regla, desde las profundidades de la jungla a algunas relevantes urbes del continente americano.

En este repaso hubo palmas espontáneas que brotaron porque lo pedía la canción e incluso la multitud se animó a cantar el celebérrimo “Hit the Road Jack” de Ray Charles. Otro punto vital en su carrera fue descubrir a Chet Atkins con 12 o 13 años, el guitarrista que más le había influenciado, según confesó, y al que calificó como “un hombre orquesta”. En este sentido, rememoró la cinta que tenía de ‘Chet Atkins plays Christmas Songs” y rescató un “Mr Sandman” con más rollo swing que navideño.

No podía faltar en su recital aquel corte en el que cantó Bunbury “Guitarra dímelo tú”, que Diego interpretó casi recitada y no le quedó nada mal con ciertos toques de tango. Se había ganado a la concurrencia, por lo que tuvo que regresar a las tablas por aclamación popular. Turno entonces para evocar su estancia en la India (¿hay algún rincón del globo en el que este hombre no haya estado?) y luego perderse en una pieza crepuscular de efluvios tarantinianos. Un epílogo en condiciones.

La verdad es que cuando supimos que iba a ser un concierto acústico nos asustamos un poco y pensamos que se nos iba a ir de las manos, pero nada más lejos de la realidad, pues en ningún momento se nos hizo pesado esta especie de diario sonoro de un tipo con un talento inabarcable, tanto a las seis cuerdas como para la narración de historias que emocionan. No subestimen las garras del jaguar.

 

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

 

 

jueves, 20 de febrero de 2020

SEÑOR NO: DIABLOS MUY CALIENTES


Crazy Horse, Bilbao

Debería existir una especie de alta alcurnia del underground. Unos galones que se colocaran en la pechera a la vista de todos para que los ignorantes agacharan la cabeza al soltar alguna bobada y los fieles pudieran reivindicar a los suyos con el mayor orgullo del mundo. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que los grandes de verdad nunca presumen y a menudo adoptan un perfil bajo para pasar lo más desapercibidos posible. Una actitud contraria a la de los falsos profetas que no cesan de otorgarse aires de grandeza o se inventan etiquetas artificiales o títulos que escondan el inmenso vacío que llevan dentro.

A los donostiarras Señor No habría que considerarles aristócratas dentro del rock n’ roll patrio, no solo por formar parte de esa santísima trinidad incendiaria de Buenavista junto a Nuevo Catecismo Católico o Discípulos de Dionisos, sino también por una trayectoria intachable de fidelidad a unos principios. Y eso vale bastante en épocas de constante cambio de chaqueta según sople el viento favorable del momento. Sin rendir pleitesía a nadie, salvo a esos entusiasmados seguidores a los que retan en cada concierto suyo, pequeñas eucaristías que sirven para renovar la fe y mantener la llama con idéntica intensidad.


Dado lo expuesto anteriormente, no cabía otra que acudir a la presentación dominguera matutina del EP ‘Siete veces no’ de Xabi y compañía. Una jornada además en la que el tiempo acompañó como si fuera verano y tal vez por eso mismo se juntó en el siempre acogedor Crazy Horse una más que respetable congregación con unos cuantos conocidos, como por ejemplo Iñaki y Pepe Bombs de Turbofuckers. El ambiente era tan de relax que no importó lo más mínimo que el inicio se atrasara hasta casi la hora peninsular de comer. Sin prisa.

Pero una vez que Señor No pillaron los bártulos el personal dejó sus quehaceres ociosos y se situó cerca del escenario para no perderse ni un detalle de la lección magistral de estos catedráticos del rock n’ roll con agallas. El bautismo llegó con “La ruta interior”, un reconstituyente total para despejar la resaca de un plumazo a cualquier persona decente antes de picar en lo más reciente con “Nadie”, otro tema enérgico que rascaba cual cajetilla de trujas en la garganta. Que nunca pierdan ese ramalazo Motörhead que les distingue de otros paisanos suyos como los ya mentados Discípulos de Dionisos o Nuevo Catecismo Católico.


A pesar de que en el último disco operan a tres guitarras con la notable aportación de Joseba B. Lenoir, fue una pena que en las distancias cortas no anduviera por ahí el ex Sumisión City Blues, con ese espectacular realce que suele proporcionar a los proyectos en los que participa. Todavía se nos pone la piel de gallina al recordar el homenaje que tributó hace unos años a Neil Young junto a Willis Drummond.

Una baja que tampoco se notó en exceso, pues el leonés Jorge se bastaba de sobra a las seis cuerdas junto con el descontrolado voceras Xabi. Y ya si encima añadimos a un batera sensacional como Fosy, también guitarrista de La Banda Trapera del Río cuyos redobles te volaban hasta la peluca, poco más cabe añadir. Una formación consistente capaz de dar cera sin descanso a la enfervorizada muchedumbre.


El clásico “Llámame” elevó la temperatura del garito antes de los preceptivos levantamientos de mástil, en consonancia con ese espíritu escandinavo del que tanto beben los grupos de Buenavista. “Inherente”, de su álbum ‘No cambies siempre’, mantiene el tirón, al igual que la única pieza en euskera de la velada, “Amaren Seme”, pero no cabe duda de que al personal le hierve la sangre en especial con el repertorio añejo o con riffs de cierta enjundia, caso de “A veces no”. Doctorados en agallas.

“Viviendo en el desván” enfiló cual cañonazo a bocajarro revelando su faceta más punk, mientras que en “Como una pompa de jabón” abrieron el tarro de esencias decadentes y rememoraron a ilustres figuras del panteón de los malditos como Stiv Bators o Johnny Thunders. Muy equilibrado en este sentido resultó el repertorio, aunque para que no decayera la atención ya andaba Xabi  espoleando a la concurrencia entre canción y canción. Un toma y daca que debía ser recíproco para que funcionara a pleno rendimiento.

Certeros disparos del calibre de “No me hables” provocaban convulsiones entre los parroquianos, pero el poso desgraciado seguía sobrevolando en “Perra” y alcanzaba proporciones épicas. Una sesión muy auténtica que finiquitaron en principio con la pura electricidad desbocada de “Masacrante”, con el líder desgarrando la voz y arrodillado en el suelo, sin temor a mancharse, al contrario que otras estrellitas de cartón piedra. 


El griterío generado obligó a Xabi y los suyos a regresar con “A todas luces”, otra tonadilla más para meterse picos por la vena, buena mierda. Y hubo un guiño al idioma de Shakespeare con una versión del “My Pal” de los australianos God. Quizás a modo de profecía del efecto que causaron, recurrieron a “El diablo está caliente” para cerrar con los galones debidos y permitir de nuevo al inquieto vocalista revolcarse por el suelo cual gorrino en un lodazal. Una empresa en la que le acompañaron los devotos haciendo un círculo a su alrededor y aplaudiéndole como a un mesías. Enorme.

Sin perder de vista el último tema que tocaron, es evidente que estos diablos siguen muy calientes en cuanto se suben a las tablas, por lo que se recomienda encarecidamente verles si se tiene la más mínima ocasión. Valga a modo de refuerzo añadir que no recordamos haber catado algún bolo mediocre de Señor No. Una negación que se torna positiva por completo. En este aspecto sí es sí siempre. Hasta el final.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA


martes, 31 de diciembre de 2019

KURT BAKER COMBO: TODO UN REGALO NAVIDEÑO


Crazy Horse, Bilbao

Las tradiciones no reconocidas como tales suelen ser las mejores. Hablo en concreto de esa especie de rituales que no acostumbran a plasmarse por escrito de manera oficial, pero que suceden con precisión mecánica cada año. No hacen falta luz ni taquígrafos para certificar la voluntad inexorable de llevar algo a cabo, sino simplemente que existan las ganas de ello. Coger el toro por los cuernos y plantarse en el lugar en cuestión. Sin darse excesiva pompa. El embrión del famoso hazlo tú mismo punk.

Entre estas costumbres no establecidas oficialmente destacaríamos el bolo que suele ofrecer por estas fechas el estadounidense afincado en la península Kurt Baker. Si en alguna ocasión hemos mencionado aquella regla que situaba un recital de The Dictators o Sex Museum en el Kafe Antzokia invariablemente cada Semana Santa, con alguna excepción de por medio, creo que podemos ya incluir en la misma categoría los conciertos del príncipe del power pop en el Crazy Horse. Un lugar que ya siente como su casa y que incluso cuenta con auténticos clásicos del garito, como comprobaríamos a lo largo de la velada.


Con una notable afluencia de parroquianos habituales del rockerío bilbaíno, como Iñaki y Pepe de Turbofuckers o Fabi de Penadas Por La Ley, estaba claro que el ambiente no sería un problema aquella noche. De hecho, todas las veces que hemos visto a este crack de Portland ha habido entre el respetable un jolgorio de impresión. Lo más normal con temas enérgicos que invitan a la diversión y al buen rollo.

Todavía coleteaba su último trabajo de estudio ‘Let’s Go Wild’ en este regreso por tierras vascas de Kurt Baker Combo, pero la principal novedad observable a simple vista era la nueva formación de la que se ha rodeado el de Maine en esta ocasión. Lo más llamativo era que ya no estaba su batería chalado ruso con desbordante ímpetu, en su lugar teníamos a un chavalín con pinta mod que dio el callo como un profesional, aunque algún que otro detalle revelara su excesiva frescura. Y para reforzar más su potente sonido, había ahora también otro guitarra que libraba a Baker de las seis cuerdas para concentrarse en su faceta de frontman, algo para lo que ha nacido, sin duda.


El trallazo “Upside Down” funcionó a modo de percutor del show en el inicio, y sin despegarse del álbum ‘In Orbit’, enlazaron con “Baby’s Gone Bad”, power pop reconocible a lo largo y ancho del globo terráqueo desde las primeras notas. Turno de volver al material reciente con “So Lonely” y “Foolish Stuff”, otro par de piezas para epatar en las distancias cortas. Y lo mejor de todo es que casi ni hay descanso entre medias, salvo algún arrebato parlanchín que hasta le podemos perdonar al orfebre de melodías.

“Everybody Knows” es otra fundamental en sus directos, mientras que “I Can’t Help Falling In Love” constituye un avance que ya editaron el pasado verano. Al carismático voceras siempre le gusta regresar a Bilbao, no lo tiene ni que esconder, por eso se le notó muy motivado, buscando el contacto con el respetable y tratando que los fieles vivieran otra noche antológica. Y a buen seguro que lo consiguió junto a sus compinches.


Su fortaleza como compositor reluce en “Next Tomorrow” y en el “Nobody But Me” de Isley Brothers no puede evitar acordarse de que siempre la ha tocado en el Crazy Horse, según explicó antes de hacernos la pelota diciendo con su notable acento guiri que “Vitoria quizás es más verde, pero Bilbao es más fiesta”. Muy cierto. ¿Quién quiere capitales sostenibles con cero ambiente nocturno? Dejemos los largos paseos por los parques para la senectud.

Y después de esa joya llamada “I Can’t Wait”, el norteamericano siguió dorando la píldora explicando que había venido desde Chicago expresamente para tocar y que allí no había “ni Guggenheim ni tortilla de patata”. La palabra “chupitous” sonó por primera vez, esperando que alguien se hiciera eco de la petición. A la espera del bebercio para músicos, los parroquianos refrescaron el gaznate con el clásico de Leiber y Stoller “Love Potion No.9”, que con los tonos melódicos de Baker se antoja casi gloria bendita. Posee un ojo clínico para las versiones, basta escuchar su disco ‘Got It Covered’ de 2010.


“Can’t Go Back”, lanzado el pasado noviembre, sería otro single reciente que no desentonaba en su equilibrado repertorio antes de emprender viaje a “otro planeta” en “Sends Me To Mars”. Durante este intervalo, por fin llegó la priva para los artistas y Baker brindó con los asistentes por el año nuevo, al tiempo que exhibió su espíritu navideño, no en vano ya ha grabado algún tema típico para estas fechas como “Christmas In The Sand”.

Y en “Partied Out” apeló al desmadre festivo que tanto le gusta, no sin desear no tener “resaca” al día siguiente, dudamos que consiguiera semejante proeza. Un alma caritativa acercó un chupito a Kurt y este no dudo en calificarle como “el santo de Navidad”, lo fácil que es hacer feliz a este hombre. En pleno apogeo del despiporre, encadenó un trío de infarto con “Don’t Steal My Heart Away”, “Don’t Go Falling In Love” y un “Aorta Baby” que a estas alturas ya se ha convertido en un santo y seña de su trayectoria en solitario. Y mientras el personal montaba jaleo en el centro, el voceras se metió en el meollo y aprovechó para intercalar el “What I Like About You” de The Romantics. Hubo tanto frenesí que el micro dejó de funcionar y tuvo que pillar el del guitarra. Cosas que pasan.


Regresaron para los bises con un “Bad Boy” de Larry Williams un tanto descacharrante porque el batería se debió confundir de canción, pero no tardaron en arreglar el desaguisado apelando a que “los fallos son el rock n’ roll” y arrancándose con el “Walking Out On Love” del rey del power pop Paul Collins, casi nada. Y en esta racha versionera, rescataron una joya a medio camino entre el garaje y el punk como el “Don’t Look Back” de The Remains. Un sabor de boca inmejorable previo a que retomaran ya con propiedad el “Bad Boy” de Williams. El broche inapelable.

Un recital rotundo de los de darse golpes en el pecho como un gorila, todo un regalo navideño de Baker para sus fans. Porque, como nos dijo durante el trascurso de la velada, él no conoce a ninguna “persona triste” en esta época del año. Es un feliciano de la vida. Y le entendemos hasta cierto punto. ¿Qué podría haber de malo con Kurt Baker cantando?

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA