jueves, 10 de mayo de 2018

WHISPERING SONS Y SECOND STILL LLEVAN SU POST PUNK ASFIXIANTE A LA PENÍNSULA


Ya no queda nada para que el próximo domingo 13 de mayo Whispering Sons y Second Still lleven su post punk asfixiante de tintes cold wave hasta la sala Wurlitzer de Madrid. Dos bandas que representan la vertiente más contemporánea de ese sonido nacido a finales de los setenta de la mano de The Cure o Joy Division, entre muchos otros que contribuyeron a poner en pie tan ambicioso género.

Los belgas Whispering Sons cataron ya la capital hace un par de años junto a los alemanes Bleib Modern y las sensaciones que dejaron en los aficionados fueron tan positivas que no extraña que regresen a la península tan pronto. Formados en 2013, desde sus inicios llamaron la atención dentro de su estilo al ganar con su EP ‘Endless Party’ uno de los concursos de música más prestigiosos de Bélgica.


Recientemente, han editado un nuevo single llamado ‘Performances/Strange Identities’ a través de la discográfica Weyrd Son Records, que se ha vendido casi de inmediato, por lo que la continuidad de este proyecto parece más que asegurada. No será complicado que revaliden su éxito en nuestro país.

Sonido 4AD

Respecto a Second Still, este trío con sede en Los Ángeles marchó un año a Nueva York, donde compuso su debut 'Early Forms' de 2016 y ellos mismos se encargaron de producirlo. Este trabajo llamó la atención de la discográfica Manic Depression Records y les colocó en una trayectoria ascendente que ha cristalizado en su nuevo single “Walls” en el que rinden homenaje a ese evocador sonido etéreo 4AD popularizado por bandas como Cocteau Twins o Dead Can Dance.

Su último álbum homónimo ‘Second Still’ funde la herencia post punk primigenia con el cold wave más actual. Unas credenciales que demuestran de entrada con “Recover”, una pieza tan enérgica como hipnótica.

Recordamos los datos relevantes del evento:

  • 13 de Mayo de 2018
  • Wurlitzer Ballroom / Calle de las Tres Cruces, 12, 28013 Madrid
  • 12 € anticipada / 15 € taquilla
  • Entradas: Diskpol / Rara Avis / Escridiscos


lunes, 7 de mayo de 2018

RUFUS T. FIREFLY: Y EL AULLIDO DEL VIENTO SE HIZO CANCIÓN


MAZ Basauri, Social Antzokia (Basauri)

Conseguir llamar la atención es algo de lo más complicado que existe en plena época de las redes sociales, con miles de post y noticias que demandan nuestra inmediata consideración. La lucha encarnizada por lograr que un par de ojos reposen en un objeto o en unas líneas determinadas se ha convertido en una auténtica jungla que ha relegado prácticamente al ostracismo a miles de cosas antaño valiosas. Nadie tiene tiempo para nada, así que al igual que los cowboys del Lejano Oeste más vale desenfundar primero y apuntar bien antes de que llegue el siguiente para comerse la tostada.

Por eso mismo la gesta de los madrileños Rufus T. Firefly cobra más relevancia si cabe. Porque existen muchas bandas que despuntan, casi tantas como chicas guapas, pero pocas que alberguen en su interior un espíritu que enamore y te haga elevarte varios metros por encima del suelo. Una suerte de viaje astral a miles de kilómetros de distancia en el que las fronteras entre lo electrónico y lo orgánico se difuminan, conceptos como etiquetas o géneros se antojan obsoletos y uno percibe esa sensación de formar parte de un todo indivisible que engloba desde los seres más desarrollados hasta el más insignificante de los microorganismos.


Una idea similar aparece en el álbum ‘Magnolia’, un “alegato en defensa de la naturaleza, el arte y el amor”, según sus propios creadores. Una celebración de la vida que entronca en cierta manera con la contracultura de los sesenta y traza un sinuoso recorrido hasta llegar a la postmodernidad de Muse o Radiohead. Un verdadero pensamiento alternativo al margen de las modas o dictados del momento.

En menos de un año ya les habíamos visto tres veces a los de Aranjuez en diversas circunstancias como festivales tipo BBK Live o Sonorama y hasta en selectos garitos abarrotados con fans de Pink Floyd entonando sus temas a pleno pulmón. Y en la jornada inaugural del MAZ Basauri junto a Sidonie tampoco podría decirse que estuvieran solos, puesto que agotaron entradas en el marco de una cita que va creciendo en cada edición, a pesar de que algunos vagos sigan pensando que pillar el metro para ir a un concierto es poco menos que ir al fin del mundo.

Según viene siendo habitual en esta gira, Rufus T. Firefly comenzaron con ese in crescendo de poso embriagante llamado “Tsukamori”, probablemente de los mejores inicios de disco que hemos escuchado en los últimos tiempos. Y el teclado tan alegre como hipnótico de “El Halcón Milenario” contribuyó a que nuestra alma quisiera abandonar la carcasa mortal. Pero si existe un aspecto que es imposible obviar cuando se acude a uno de sus bolos es la notable presencia de la batería de Julia, todo un despliegue de talento con cada golpe en el lugar adecuado y algo especial que casi te impide fijarte en lo que resta del escenario. Un poder de atracción inefable.


“Cisne Negro” confirma la solidez de su último lanzamiento en las distancias cortas, al igual que “Última noche en la tierra”. Era impresionante que con dichos cortes la mayoría del personal permaneciera como las vacas al pasar el tren, es decir, lo mismo que les sucedió cuando tocaron en el BBK Live. Es evidente que necesitan hacer mayor trabajo de campo por la zona norte para que el personal empiece a conocerlos y ya entonces cante las canciones en los conciertos.

Otro de los detalles que revela la pasta de la que están hechos es su forma de apiñarse en torno a la batería de Julia, igual que si estuvieran en un local de ensayo o en un salón de casa. Y eso que han tocado en recintos de proporciones considerables. Frente a estrellitas que necesitan grandes despliegues para verse realzadas, ellos optan por el minimalismo en ese aspecto, la cercanía con el público, que tiene la impresión de contemplar a unas leyendas con maneras de andar por casa. La sencillez inapelable desprovista de ego.


Un dardo directo al corazón se antojaba “Pulp Fiction”, también con un pegadizo teclado que no se despega de la cabeza desde que esa melodía entra en nuestra existencia. Y a un servidor le conquista asimismo “Pompeya” por su aire a lo Muse total bordeando en ocasiones el industrial y con una parte instrumental final con sacudidas a lo Wolfmother de quedarse verdaderamente anonadado. Más motivos para enamorarse de Julia.

La declaración de amor freak “Nebulosa Jade” volvió a sobrecoger una vez más, en especial sus referencias a John Bonham o Harrison, aunque no estamos seguros si los jóvenes millennials del respetable sabrían quiénes eran esos señores. El viaje psicodélico siguió con “Magnolia” mientras recordábamos la voz de Bowie antes de que se desbocaran con los instrumentos en uno de esos intervalos que les ganan el cielo. 


Ya nos habían llevado muy lejos, por lo que era hora de despejarse, lavarse la cara y bañarse en las aguas setenteras del “Río Wolf”, que desató toda una tormenta eléctrica. Lástima que lo ajustado del formato impidiera que se estiraran con bises, pero esperemos que regresen por la zona con la mayor brevedad posible. Como cabezas de cartel, por supuesto.

Dado que Sidonie no entran dentro de nuestras apetencias musicales, huimos del recinto ipso facto, aunque dudamos profundamente que los catalanes superaran lo de Rufus T. Firefly, una banda con un abanico estilístico tan inabarcable como su talento. Cualquiera que todavía no les conozca, está perdiendo el tiempo y quizás hasta la vida. Esa noche el aullido del viento se hizo canción.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA


   

domingo, 6 de mayo de 2018

THE CAPACES + NEGRACALAVERA: RÁPIDO, SUCIO Y SUDADO


Nave 9, Bilbao

Existe una notable proporción de tocapelotas que acuden a los conciertos casi como si fueran a La Scala de Milán. Exigen que nadie les perturbe su sacrosanto campo de visión, que no haya por ahí demasiado movimiento, todos tiesos como gatos de escayola, y por supuesto, que aquello suene inmaculado, obviando que a menudo los directos tienen su atractivo porque suelen contar con cierta espontaneidad o improvisación. Dejemos los recitales perfectos para autómatas u otros seres fuera de este mundo.

Lo opuesto a esa perfección artificial que mencionábamos representan The Capaces, catalanes que llevan fusionando el punk rock clásico con el hardcore más cafre y despiadado desde finales de los noventa. Con discos que se caracterizan por la abundancia de temas que no llegan a dos minutos como munición sonora, han conseguido labrarse una reputación por sus directos impepinables y podemos dar fe de que su onda expansiva se prolonga durante días, o semanas incluso. Una experiencia extrema que debería vivirse por lo menos una vez en la vida.


Levantarse un domingo sigue siendo una tarea titánica para los que salen de fiesta los sábados, pero con bolos de este calibre que te enseñan de un plumazo lo que vale un peine cualquiera se olvida de resaca, cansancio y demás detalles accesorios. Quizás sean el equivalente musical a un chupito de whisky para ponerse a tono y con ganas hasta de correr una maratón.

Antes de los licores contundentes,  gozamos del nutriente piscolabis de los locales Negracalavera, herederos en lo musical y en su chulería de Porco Bravo y que al igual que estos actualizan el eterno legado escandinavo de The Hellacopters, Turbonegro y Gluecifer. De hecho, en sus bolos acostumbran a recuperar de los últimos el “Take It”, mientras que de Nicke Andersson y compañía se decantan por la abrasiva “(Gotta Get Some Action) Now!”.

Los dioses del rock, Negracalavera.
 Ya les habíamos visto en anteriores ocasiones y su aperitivo se digirió con la habitual contundencia, con su vocalista Txema dándoselas de mesías del rock al afirmar que hay “demasiadas estrellas en el rock n’ roll”, ya se sabe que uno de los principales mandamientos para subirse a un escenario debería ser creérselo a tope, sin rollos. Quizás la peña todavía no se había quitado las legañas, pero lo cierto es que los “negracas” oficiaron incendiarios rememorando a Obligaciones de Vitoria con “Lágrimas” y despidiéndose con su autoafirmativo corte homónimo. Larga vida a estos dioses del rock.

Dicen que hay desastres naturales que te pueden pillar de improvisto y sin posibilidad alguna de guarecerte para salvarte, pues eso mismo sucedió con The Capaces, cuyas descargas son una bomba de relojería con un poder inaudito de deflagración, una auténtica tormenta eléctrica, un vendaval de guitarras furiosas que a veces desafían hasta la propia capacidad del ser humano para tocar a esa velocidad. Mira que hemos visto a grupos tocar rápido, pero es que eso era de otra dimensión.


Con el pistoletazo de salida de “Black Dahlias”, parecía que se había inaugurado una carrera imposible entre sus miembros por terminar antes. Nada de brasas insustanciales que no interesaban a nadie, las piezas se enlazaban como si formaran parte de un todo indivisible. Y su cantante se antojaba una bestia parda en cualquier hábitat imaginable, ya sea con esta banda o con el proyecto soul Shake!. Una locomotora cuyo combustible no se agotaba ni por asomo.

Menos mal que el personal despertó y la actitud nada tuvo que ver con lo contemplado anteriormente por parte del respetable, si con esa tralla que bordeaba el hardcore alguien permanecía impávido, debería hacérselo mirar. “Esto me gusta, rápido, sucio, sudado, mal”, decía la inquieta vocalista y aquello pudo ser el mismo evangelio según The Capaces al apelar a las entrañas y a la energía pura. La antítesis del virtuosismo onanista.


La cerveza llovió y hasta se montaron pequeños pogos mientras los oficiantes se agitaban cual poseídos, tienen que acabar reventados sudando la gota gorda después de cada recital. Había que estar preparado para algo verdaderamente cafre, una transgresión en plena época de ofendidos y remilgos. Gloria bendita.

No era de extrañar que a tal ritmo frenético se fusilaran el repertorio seguramente antes de alcanzar la media hora, aunque la verdad es que sus discos apenas suelen alcanzar esa marca, si es que llegan. Daba igual, habría que ver a otros meter tanta caña sin apenas descanso. “Pues ya hemos terminado”, dijo la cantante como si nos acabara de contar un cuento a los presentes, una impresión que no fue compartida por el respetable, según indicaban los gritos de “beste bat” y alguno hasta afirmaba “Es pronto”.


No tardaron en volver a desatar la caja de los truenos, aunque sucedió lo mismo que con el resto del repertorio, casi ni nos enteramos y daban ganas de ponerse a pedir bises hasta el infinito. Pero siempre es preferible dejar con una cierta apetencia que aburrir por saturación, una copita o un chupito antes que beberse la botella entera y echar la bilis.

Recomendado encarecidamente para periodos de bajón, atolondramiento injustificado o simple tontería en general. Es el equivalente sonoro a un par de rotundos sopapos a tiempo. Y así salimos sin chistar. Nos volaron hasta la peluca.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA


miércoles, 2 de mayo de 2018

LAPIDO: UN ALMA DISCRETA


Sala BBK, Bilbao

Hay artistas que no necesitan sermones grandilocuentes ni posturitas para enganchar al personal. Es lo que sucede con aquellos que tienen composiciones de la envergadura suficiente para dejar que hablen por sí solas y todo el mundo preste atención de inmediato como si se tratara de una verdadera clase magistral. Toda una gesta en la época contemporánea en la que casi siempre se habla a gritos y apenas se escucha a los interlocutores. El arte de la conversación hace tiempo que quedó sepultado por el gallinero de las redes sociales.

En este contexto se erige en triunfadora la voz certera y sin estridencias de José Ignacio Lapido, guitarrista y principal compositor de los míticos granadinos 091, aparte de columnista en prensa y escritor de guiones y música para televisión. Desde 1996 lleva embarcado en una trayectoria en solitario en la que ha hecho gala de lo que él ha llamado la “ética de la resistencia”, esto es, no desanimarse por los altibajos ni tampoco permitir que se suba demasiado el pavo a la cabeza. Como tal vez le pasaría hace un par de años cuando con la reunificación de su antigua banda llenaron salas y gozaron de todo el éxito que no obtuvieron en el momento de su separación.


Tras ese alto en el camino salpicado de flores, tocaba retomar la faceta personal de siempre con ‘El alma dormida’, un álbum dedicado a su madre fallecida cuyo mismo título evoca las famosas ‘Coplas a la muerte de su padre’ de Jorge Manrique. Una sala abarrotada de señores y algunos niños demostró que sus trabajos siguen despertando un interés considerable, que quizás no sea tanto como el de 091, pero que vale incluso para que se publiquen libros analizando sus letras, caso de ‘En cada lamento que se hace canción’ de Jordi Vadell.

Con la pompa que imprimía la selecta Sala BBK, Lapido comenzó ampuloso y americanizado, rememorando en ocasiones a Tom Petty, con unos acompañantes de auténtico lujo que recordaban por su prodigiosa compenetración a la E Street Band de Springsteen. El rock n’ roll vigoroso de “Nuestro trabajo” servía para enganchar al personal, pero también para recalcar que no se trataría de una velada estridente o de guitarras que despidieran fuego, sino de algo tranquilito, de vermut de los domingos.


La electricidad siguió controlada en “Lo creas o no” y en “Mañana quién sabe” se acercó al rock de autor inofensivo a lo Leiva o Quique González. La peña se fue animando con los guitarrazos de “¡Cuidado!” y hasta un señor emocionado que daba palmas en primera fila se puso a preguntar a los niños de al lado si les gustaban las canciones, etc. La típica retahíla del brasas común. Ni respetan a los menores.

El granadino anunció que cambiaría de tercio para la reposada “Como si fuera verdad”, aunque probablemente sea una de las mejores piezas de ‘El alma dormida’ y que por su tono la podría cantar Bunbury. Pilló acústica para “Estrellas del purgatorio” antes de alcanzar uno de los puntos álgidos de la velada con “Dinosaurios”, con cierto deje castizo a lo Pereza. El señor megafan del que hablábamos en el anterior párrafo pidió “Palo cortao” de 091 y el chaval de al lado saltó “¡Esa la había pedido yo!”, a lo que respondió el hombre con ganas de conversación: “¿Las estudias en el cole o qué? ¡Te las sabes todas!”.


Estaba lleno de espectadores veteranos, sí, pero allí no había cotorras, pues todo el mundo prestaba tanta atención como si fuera un recital de música clásica. La verdad es que era complicado aburrirse con temas enérgicos del calibre de “Noticias del infierno” que bordeaban el hard rock, o con las ínfulas springsteenianas de “Lo que llega y se nos va”. Pero si algo caracterizaba al bolo del ex 091, es que había valles y picos, así que no extrañó que explotara su vertiente más sentimental en “Algo me aleja de ti”, en la que se escapó algún “¡Wow!” producto de la intensidad alcanzada.

Y con cierto aire jocoso anunció “La versión oficial” como una canción sobre “catedráticos” y “rectores”, en alusión al polémico máster de Cifuentes, aunque confesara que se escribió con “varios meses de antelación”. El country melancólico de “No hay prisa por llegar” precedió a la rockera “La antesala del dolor”, en la que hasta el teclista se mostró desfogado. Otro ejemplo de menú equilibrado.


Sin que flaqueara ni un instante esa simbiosis absoluta entre Lapido y sus músicos se despidieron reivindicando el poso rockero con riffs de infarto. La vuelta empero se tornó más sosegada con “En el ángulo muerto”, en la que se escucharon comentarios de aprobación entre los mayores como “Muy bien, chaval”. Un jovencito de casi sesenta palos.

“La hora de los lamentos” siguió la senda emocional y “Cuando el ángel decida volver” evocó parajes desérticos para calarse sombrero. La respuesta fue tan abrumadora que el granadino tuvo que regresar por segunda vez para “En la escalera de incendios” y “Cuando por fin”, ideal esta última para finiquitar un recital de altura de rock maduro, pero no por ello carente de fuerza.

Dos horas pasadas se cascó esta alma discreta de 091 sin que nos invadiera el sopor en ningún momento, lo único que echamos en falta es que en el recinto no hubiera barra de bar, pese a que juraríamos que lo vimos anunciado por ahí. Un detalle insignificante frente al buen hacer contemplado, con base sólida y sin levantar la voz. A veces la serenidad es un valor al alza.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA