domingo, 25 de septiembre de 2016

YOU AM I: TODOS SOMOS NOSOTROS



Sala Satélite T, Bilbao

Hay bandas que contemplan lo de las giras como un mero trámite que es necesario cumplimentar para conseguir cierta credibilidad, una especie de formulario imprescindible en cualquier conjunto serio que se precie. Y se lanzan a la carretera del mismo modo en que un gris funcionario ficha cada mañana, sin demasiado entusiasmo y esperando por dentro que esa tortura termine lo antes posible para así volver a la apacible rutina. Pandas de acomodados a los que jamás les verás con las mangas arremangadas sudando la gota gorda o dejándose la piel para cuatro gatos, un puesto en un almacén recóndito quizás sería más adecuado para ellos.

Ese no es el caso de los australianos You Am I, que presumen de saber “cómo pasarlo bien de gira”, por algo son unos veteranos de la carretera. De hecho, antes de iniciar el presente periplo peninsular se tomaron tres días de descanso, únicamente para asegurarse de que estarían en perfectas condiciones para “patear culos durante y después de los shows”. Ellos sí que han aprendido a disfrutar de la vida.


Todavía se recuerda el paso por el Kafe Antzoki de estos marsupiales que en su tierra natal se han convertido en la primera banda capaz de concatenar tres álbumes seguidos al número uno en la prestigiosa lista de ventas ARIA Charts.
 
En su vuelta al País Vasco les había tocado una jornada repleta de mil y un saraos en las inmediaciones, pero dada la complicada coyuntura hay que reconocer que consiguieron atraer a una más que respetable multitud en absoluto imaginable.

Sin demasiada dilación respecto a la hora fijada, un glamouroso Tim Rogers al frente de You Am I saludó a la concurrencia con un “Hola, tías y tíos” que delataba anteriores visitas a la península. Entraron enseguida al lío con la trallera “Good Advices”, procedente de ‘Porridge and Hotsauce’, lo último editado hasta la fecha, y no tardaron en provocar las risas del personal cuando el vocalista dijo con su marcado acento guiri: “¿Dónde está, señor leche? ¡Mi polla es tu sueño!”, antes de su inevitable himno “Mr Milk”, acogido con entusiasmo por sus contagiosos coros.


En este aspecto cabe resaltar que cuidaron al extremo las melodías vocales y demostraron tablas al reproducir los temas con fidelidad a lo que puede escucharse en estudio. En las distancias cortas, además, su lado alternativo guitarrero prevalece sobre las ínfulas power pop de algunas de sus composiciones.

Con una carrera que abarca ya casi las tres décadas, la velada se tornó en una celebración absoluta de su aportación al mundo de la música, con piezas de su seminal ‘Hi Fi Way’, como “Minor Byrd” o “Cathy’s Clown”, que inspiró a gente del calibre de Jet, The Vines o los mismos Wolfmother. De hecho, unas cuantas más cayeron del citado lanzamiento, aunque se quedaron bien a gusto repasando su discografía prácticamente en su integridad.


El voceras nos agasajaba cada dos por tres con cumplidos tipo “Gracias, guapos”, se notaba que lo estaban disfrutando tanto como nosotros, y uno de los momentos estelares llegó cuando el líder agarró esa silueta de cartón de los Rolling Stones que está dando bastante juego últimamente en los bolos y morreó a Jagger sin ningún reparo. Y no se les cayeron los anillos al recurrir al cancionero ajeno en el “There She Goes” de The La’s, que enlazaron con un fragmento del siempre recordado “Go Your Own Way” de Fletwood Mac.

El cantante seguía con el peloteo diciendo que estaban en “el mejor club del mundo”, aunque con semejante recepción cualquiera hubiera pensado eso como mínimo. Balancearon con notable acierto la vertiente rockera con las melodías más poperas, sin empalagar en ningún momento, ni tampoco tornarse lineales hasta el aburrimiento, su buen rollo en escena acababa por contagiarse sin remisión, la diversión se hacía inevitable.


Lejos de abusar de las versiones, fueron salpimentando su repertorio con pequeños homenajes que añadían dinamismo al conjunto, caso del inmortal “Like A Rolling Stone” de Dylan, más melódica y con un punto glam rock setentero, la peña hasta silbó y todo de lo niquelada que resultó. Y sus amplias miras musicales sobresalieron asimismo en el atronador “Pretty Vacant” de Sex Pistols, donde su nihilista “And we don’t care” se elevó hasta la estratosfera.

Con actitud de estrellas totales, enfilaron los ritmos contagiosos de “It Ain’t Funny How We Don’t Talk Anymore” o “Constance George” antes de subir otro escalafón con el inconmensurable “Teenage Kicks” de The Undertones, clasicazo absoluto de la transición entre el post punk y la new wave, cantada por el guitarrista con cierto deje a lo Lennon y coros reminiscentes de The Beatles. Enorme.

Tim Rogers en pleno éxtasis.
 Aquello era una celebración de la historia del rock con mayúsculas, por lo que recitar la formación mítica de Kiss constituía uno de los salmos fundamentales del culto antes de arrancarse con el eterno riff de “Detroit Rock City”. Y no faltaron tampoco viejas conocidas entre los seguidores como “Berlin Chair”, de su debut ‘Sound As Ever’, o “The Applecross Wing Commander”, otro testimonio de su recurrente en la velada ‘Hi Fi Way’, que además sirvió para dejar un regusto inmejorable en el paladar.

En suma, los australianos se encuentran en un estado de forma espectacular y se antoja imposible aburrirse ni un momento en un bolo suyo. Pero su inefable comunión con el público viene de lejos, por lo menos se remonta a sus orígenes como banda cuando en un concierto una colgada se les acercó y comenzó una especie de hechizo que revoloteaba acerca de “yo soy tú”, “tú eres yo”.

Un mantra todavía vigente que nos lleva a concluir que todos somos nosotros, una comunidad que vibra con la electricidad y las melodías. Esas que se mueven en un insondable terreno entre el power pop y el rock alternativo.

TEXTOS Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA



martes, 13 de septiembre de 2016

NOCHE DE POST PUNK/DARK WAVE DE LA MANO DE TENSIÓN RITUAL


En una de esas inusuales conjunciones de los astros que parece que solo se dan cada año bisiesto, la discográfica Tensión Ritual ofrece la oportunidad de disfrutar en la madrileña sala Wurlitzer el próximo 18 de septiembre de una interesante tripleta de sonidos oscuros procedentes de Europa. Una ocasión única de conocer las vanguardias artísticas que definen el verdadero espíritu de la música underground contemporánea.

Desde Alemania llegarán Bleib Modern, una de las bandas más importantes de la nueva ola coldwave germana, aunque no renuncian a picotear en otros estilos como el shoegaze o el indie rock más atmosférico.

Concebidos en un principio como un proyecto unipersonal en la estela de Depeche Mode, no tardaron en convertirse en un grupo con todas las de la ley con cinco miembros y consolidaron un universo sonoro en el que cabían desde la psicodelia hasta las letras intimistas y torturadas destiladas por su líder Philipp.

De escucha obligada para fans de Lebanon Hanover, así suenan:


 Les acompañarán los belgas Whispering Sons, que también se mueven entre el post punk y el shoegaze, con una voz femenina hipnótica que se erige en uno de sus principales atractivos. Recientemente han reeditado su primer EP ‘Endless Party’ en vinilo a través de Minimal Maximal.

Ahí va una muestra de lo que hacen: https://whisperingsons.bandcamp.com/

Y para completar la estampa de devotos de la oscuridad, estarán también el dúo francés Poison Point, compuestos por sintetizadores y bajo que insuflarán cierto calor a la cita con su darkwave bailable.

Otro proyecto de hombre-máquina surgido de la mente de Timothée Gainet, aunque desde agosto de 2016 se transformaron en dúo con la incorporación de Arnaud Derochefort a los teclados, batería electrónica y programaciones.

He aquí varios ejemplos de sus contagiosos ritmos: http://poisonpoint.bandcamp.com/

Empezará a las 22.00 puntual y las entradas se pueden conseguir en la Librería Molar (https://www.facebook.com/molarmucho/), La Integral Madrid (http://www.laintegral25.com/) y la propia taquilla de la sala Wurlitzer.



lunes, 12 de septiembre de 2016

WILLIE NILE: ¡JO, QUÉ NOCHE!



Kafe Antzokia, Bilbao

Hay personajes a los que la suerte siempre les pasa de refilón. Eternos olvidados de la industria discográfica, no tardan en buscarse la vida por su cuenta a la vieja usanza, esto es, pateándose garitos y ganándose una reputación sólida desde el escalafón más bajo, sin miedo alguno a mancharse las manos. Tampoco se toman muy a pecho las críticas negativas, incluso aunque provengan de una figura de renombre como Lester Bangs, ya se sabe que al fin y al cabo todo depende de gustos.

Con un currículum que echa para atrás que incluye colaboraciones junto a Ringo Starr, Elvis Costello o su gran amigo Bruce Springsteen, al que se ha unido en el escenario en repetidas ocasiones, Willie Nile cuenta con una reputación considerable entre sus colegas de profesión que le ha llevado a abrir para The Who o a que los mismos Rolling Stones le birlaran por la cara el tema “She’s So Cold” para su disco ‘Emotional Rescue’. Algo que no pareció molestarle demasiado, pues zanjó con un “Me encantan los Rolling Stones” cualquier posible litigio al respecto.


Y otra de las patas fundamentales que cimenta su fama es el entusiasmo de sus fans, absolutos protagonistas del eco épico de muchas de sus composiciones. Es un trovador contemporáneo a la manera de Bob Dylan o Leonard Cohen, apegado a una realidad cotidiana que intenta revestir de cierta grandeza. Tal vez esa faceta humilde sea su secreto, aparte de su incontestable habilidad para el directo, pues resulta complicado salir aburrido de un bolo suyo.

Empezaba la temporada concertil  en un Kafe Antzoki  bastante lleno para ser un jueves, repleto de viejunos con camisetas de Dylan, Cash y otras últimas novedades, véase la ironía. Había también grupúsculos de chicas jóvenes que hacían pensar que quizás en realidad no esté todo perdido y exista esperanza en el futuro de la especie. 


Era ya la tercera ocasión que coincidíamos en ese mismo sitio con Willie Nile y uno de los atractivos de esta gira peninsular estaba en la banda puramente americana de la que se haría acompañar, pese a que posteriormente se incorporaría al jolgorio su eterno escudero patrio, el asturiano Jorge Otero, de Stormy Mondays.

Una de las claves que explicaban el tremendo ambientazo vivido en este inicio de curso residiría en la complicidad exhibida entre artistas y público. A Nile le gritaban “¡Grande!” desde la muchedumbre cada dos por tres y los escuderos repartían miradas de complicidad entre las primeras filas, el bajista incluso hizo un gesto de que le había molado la camiseta de Hanoi Rocks de un servidor. Y el guitarra tampoco pudo evitar inmortalizar el momento en el que la multitud comenzó a corear el consabido “oé, oé”.


El repertorio estuvo centrado en el reciente álbum ‘World War Willie’, que contiene auténticos trallazos como la épica springsteeniana de “Forever Wild” o la no menos certera “Granpa Rocks”. Rindió homenaje a su biografía personal en “Life On Bleecker Street”, el nombre de aquella calle en la que inició el arduo oficio de arrastrar almas a garitos cada noche.

Los puños se levantaron en alto para “The Innocent Ones”, cargada de sonido New Jersey hasta las cachas y que probablemente no costaría imaginar cantada por el ‘Boss’. Con los ánimos desbordados, estaba claro que el bueno de Willie bajaría a batirse el cobre entre el gentío, por lo que se le hizo un corro en su honor y el personal botó a su alrededor como si se tratara de una verdadera divinidad a la que venerar. 


El sentimiento de hermandad no disminuyó con la coral “Let’s All Come Together” y en “Bad Boy” se las dio de canalla al traducir el título como “chico malo”, aunque aseguró que él no lo era, pero que el guitarra “tal vez”. El grito de guerra “Hellyeah” contribuyó a la progresión ascendente de su recital, antes de relajar con el poso dylaniano de “Love Is A Train”, que definió como “una de sus canciones preferidas”, un instante sosegado en el que el bajista aprovechó para posar con las chicas de las primeras filas y lanzar miraditas.

Muchos venían con la lección aprendida y la novedad “Trouble Down In Diamond Town” fue precedida por un “one, two, three, four” expelido a pleno pulmón por el respetable. Espectacular. No escatimó en referencias a la historia del rock en su himno “House of a Thousand Guitars” y terminaron de meterse al personal en el bolsillo con su revisión del clásico “Sweet Jane”, vinculado inexcusablemente a la figura de Lou Reed, un neoyorquino de pro.


Y con los aullidos del personal todavía resonando en la sala, enlazaron con el mítico “Heroes” de Bowie, en la que algunos hasta chocaron las palmas en señal de aprobación. El ritmo se había tornado imparable y no era cuestión de desaprovechar la coyuntura favorable de la velada, por lo que enfilaron con “One Guitar”, otra de las imprescindibles en sus shows. La camaradería entre músicos y respetable quizás llegó a su punto álgido cuando el bajista se arrodilló ante una chavala y le ofreció una púa cual caballero andante a disposición de su monarca. A la chica el gesto tampoco es que le emocionara mucho, puso cara de circunstancias, de decir “`pues bien, ya tengo púa para el salón de casa”.

El fiestón montado fue tan colosal que se requirió la vuelta al escenario a grito pelado y no tardaron en condescender mientras la peña seguía cantando ese estribillo “na na na” de “One Guitar”. Y el desmadre absoluto mandó en el “A Hard Day’s Night” de los Beatles en el que los honorables maduros bailaron como perritos, o directamente como freaks alcoholizados de bar a altas horas de la madrugada. “¡Jo, qué noche!”, pensarían algunos a la mañana siguiente.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA


lunes, 29 de agosto de 2016

LOS CHICOS + DISCÍPULOS DE DIONISOS: DOS AMORES DISTINTOS



Sala Satélite T, Bilbao

No resulta fácil conectar hoy en día. Por lo menos de una forma espiritual. La tiranía de lo políticamente correcto y las buenas costumbres suele impedir cualquier tímido intento de acercamiento mínimamente sincero al margen del habitual postureo social. Ante este panorama no cabe otra opción que la resistencia, permanecer agazapado como un francotirador y lanzar alguna que otra bomba en las redes sociales. Dinamitar el sistema desde dentro.

Pero a veces se produce la conexión, la simbiosis, la sintonía total, dos almas que miran en la misma dirección. Es el caso de la manera que tienen de entender el espectáculo los guipuzcoanos Discípulos de Dionisos, insignes representantes de la reserva de rock n’ roll punkarra de los locales de Buenavista, y los madrileños Los Chicos, que saben también bastante lo que es montar una jarana considerable, por algo su lema principal dice que “siempre están de gira”.

Mástiles al cielo en Discípulos de Dionisos.
 Pocas formas se antojaban mejores de celebrar el final de las fiestas bilbaínas en el Satélite T que con un doble cartel de infarto conformado por las dos bandas antes mencionadas. Una apetecible cita que volvió a consolidar al recinto como un auténtico templo del rock n’ roll y una referencia inexcusable para cualquiera que quiera conocer lo que se cuece en la capital vizcaína en cuanto a la actividad en directo.

Con un calor tan sofocante que en ocasiones ralentizó la velocidad de algunos temas, Discípulos de Dionisos se batieron el cobre como jabatos en esas duras condiciones desde que abrieran la veda con “Vidas Cruzadas” y alcanzaron ya el punto de ebullición con “Comer, Beber, Amar” o “Coca Ardiendo”, donde tuvieron que pedir al dueño más aire acondicionado. Entre la muchedumbre el ambiente no era muy diferente, el sofoco casi de desmayarse se soportaba con entereza gracias a las toneladas de actitud que despedían los pioneros del porno punk.

Los pioneros del porno punk en plena acción.
 Y es que esos riffs deudores de The Hellacopters, Turbonegro y demás combos con agallas podrían levantar a un muerto en las más adversas circunstancias, salvajes sonaron “Seventeen”, “Soldados del orgasmo” o “Mus o muerte”, mientras algunas fans entregadas abanicaban al vocalista, que si no se deshidrató, poco que le faltaría.

En un mundo digital nos quedamos con lo analógico”, de esta guisa presentaron su himno “Vagina Eléctrica”, que desató los caldeados ánimos, y el “Skulls” de The Misfits apuntaló la velocidad de un recital tan apabullante como una locomotora desbocada. Solo faltaba la presencia a las tablas de sus compis de velada en “Vas a probar mi puño” para que el desparrame adquiriera cotas estratosféricas. Quizás nos molaran más en su anterior visita, pero sus bolos continúan siendo igual de demoledores. Sudamos bien a gusto, vaya.

El listón andaba por las nubes después de una descarga impepinable, por lo que requería suma habilidad mantener el nivel en tales coordenadas. Y Los Chicos lo lograron de sobra, bregados hasta la médula en el directo, han girado cuatro veces por Australia, tienen seis LPs editados y hasta han aparecido en recopilaciones internacionales. Defensores absolutos de la fiesta, su música parece englobar casi todo, punk, garaje, country, soul y cualquier cosa que haga mover los pies. Por cierto, otra de sus promesas dice que no se puede parar de bailar una vez que llegan a la ciudad. Lo cumplieron al completo.

Los Chicos bien abrigados para el calor.
 Desde que asomó por allí su vocalista ataviado de blanco impoluto y sombrero de cowboy, el personal se dejó mecer por un inigualable frontman que más bien parecía un predicador por su manera de conducir a las masas. Aparte de acercarse para sentir el calor humano que desbordaba la sala, no tardó en bajar con el resto de los mortales y encaramarse al único altar al que se debería rendir pleitesía en la época contemporánea: la barra de bar.

Piezas adrenalínicas de country macarra como “Party Boogie”, que los acercaban a una suerte de Dead Bronco, provocaban hasta que alguna fémina aireara los bajos de su vestido, aunque uno de los momentos culminantes del recital fue cuando su inquieto cantante agarró la silueta de cartón de los Rolling Stones que tenían en el garito y simuló conversar con ella hasta provocar las risas cuando afirmó que “Keith Richards dice que os droguéis”. 


Ese no sería el único numerito, pues demolieron de un plumazo barreras entre artistas y público al sumergirse todos a excepción del batería en medio del gentío y seguir desde allí tocando como si fuera lo más normal del mundo. La silueta de los Rolling volvió a dar mucho juego cuando mandaron agacharse al respetable y la hicieron surfear por encima de la multitud, al tiempo que intercalaban un fragmento del “T.V. Eye” o el “1969” de The Stooges, decanos absolutos de la actitud incendiaria en bolos.

Que la parroquia comía de su mano era un hecho, constatado además por el sujetador que les lanzaron y que no dudaron en ponerse. Su elegancia empero estaba fuera de toda duda, pues tardaron en deshacerse de esas chaquetas que daban calor solo verlas. Y rindieron tributo a la herencia cultural del terruño al entonar a capella en repetidas ocasiones el “Ya no quedan más cojones Eskorbuto a las elecciones” de los históricos punkis de la margen izquierda. Un jolgorio de los que hacen época en el que hasta se derramó cerveza como en las grandes ocasiones.


“Nos vemos en los bares”, dijeron antes de volver para unos bises que en realidad no eran necesarios dado el elevado grado de satisfacción entre los presentes. Txarly, el amo del garito, salió para encender los ánimos y que el despiporre siguiera su curso. Los madrileños recogieron el guante y asestaron un tremendo cañonazo en forma del inapelable “Kick Out The Jams” de MC5, donde contaron con la colaboración del vocalista de Discípulos de Dionisos ya para rematar el acto de fraternidad.

Al finalizar uno se preguntaba cuál de los dos conciertos contemplados esa noche había sido mejor, pero la decisión era harto complicada. Ya lo decía un compi fotero, son dos amores distintos que emocionan por igual, a algunos les gustarán más las rubias, a otros, las morenas, pero lo cierto es que ambas pueden llevarte en un momento dado a otra dimensión.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA