jueves, 29 de enero de 2026

TENNESSEE: MÁS DE CUATRO DÉCADAS BAJO EL INFLUJO DE ELVIS

 

Kafe Antzokia, Bilbao

 

Con los grupos de los ochenta la mayoría suele tener muchos prejuicios. O bien se les considera más pasados que el chotis o tal vez se piensa que no estarán en condiciones de subirse a un escenario con un mínimo de dignidad. Existen tantos ejemplos de esto último que se entiende por completo tanto recelo al respecto. Y luego también hay que tener en cuenta que en la juventud uno siempre quiere ser el más duro y el más auténtico, por lo que no resulta raro acabar cargado con un buen número de apestados a las espaldas.

 

En el caso de los madrileños Tennessee en la época se les consideraba un grupo tan para chavalas como los New Kids On The Block o cualquier otra boy band de las que triunfaban en aquellos tiempos y eso probablemente llevó a que se les colgara la etiqueta de “rock n’ roll pastel”. Lejos de productos prefabricados por discográficas y magnates varios, lo cierto es que la banda que lo petó con “Te vi correr” en realidad era un grupo de rock n’ roll en el sentido amplio de la palabra y a buen seguro uno de los pocos ejemplos de estilo doo wop de la península, por algo no tardó en surgir una vinculación con la versión española del musical ‘Grease’.

Celebraban 45 años de trayectoria, motivo suficiente para que el bilbaíno Kafe Antzokia estuviera a reventar, pero ya se sabe que el negocio de la música no siempre es justo. El día lluvioso y desapacible pudo restar algunos espectadores comodones, pero eso no quitó para que al final se congregara una multitud bastante respetable, y encima intergeneracional, algo que no esperábamos ni de lejos. ¿Tendría que ver su participación en la gira de “Yo fui a EGB”?

 

Los aficionados conocerán el dato de sobra, pero mencionar que el grupo surgió en 1978 bajo el nombre de Elvis Boys en honor al rey del rock n’ roll, un dato fundamental para entender y disfrutar del show que proponen Tennessee hoy en día, pues versionaron en repetidas ocasiones al desaparecido artista de Tupelo, aparte de otros guiños sazonados a lo largo de la velada. Obviar este detalle podría provocar una desubicación importante.

Ya de entrada recurrieron a un clásico del rock n’ roll como “Crazy Little Mama” y luego a grandes canciones suyas del género como la emotiva balada “Llueve en mi corazón” o “Una noche en Malibú”, que además pegaban con la tónica meteorológica de la jornada. Bueno, lo de Malibú más por el escapismo que otra cosa.

 

Con un arranque tan sólido era inevitable no meterse hasta la cocina en el espectáculo, por lo que no extrañó que el público participara espontáneamente en “Rama Lama”, otro clásico del rock n’ roll que adaptaron en su día a su manera, al igual que muchas piezas de su repertorio, y que contó con coros perfectos, así como la voz del guitarrista Isidro muy bien conservada. Dicha tarea compartió con Roberto Gil, que adoptaba el papel de un frontman más tradicional incitando a la interacción con el respetable.

“Qué triste es el primer adiós” siguió engrandeciendo la velada y demostrando que en el terreno de la balada con eco duduá se mueven con bastante soltura, aparte de que se notaba lo mucho que habían trabajado el tema de los coros, algo no muy habitual en la actualidad. Y a los que decían que lo suyo era “rock n’ roll pastel” les dedicaron “Siempre lucharé por tu amor”, lo cual no dejaba de tener cierta ironía. Esta sí que era forma de aceptar las críticas, sin hacerse mala sangre por ello, asumiendo deportivamente que su estilo encantará a algunos y será odiado por otros. Ni siquiera Jesucristo consiguió caer bien a todo el mundo.

 

Preguntaron a la gente si conocían la historia de su origen como Elvis Boys y una chica de la primera fila respondió afirmativamente, algo que celebraron con la frase “Una fan no puede estar equivocada”, antes de atreverse con una magistral revisión de “Sweet Caroline” de Neil Diamond. Fue grandiosa, aunque un servidor la conserva sobre todo en la memoria por la versión punk de Me First And the Gimme Gimmes o por la película del oso porrero ‘Ted’.

Otra adaptación en la cabeza de todo el mundo era “Unchained Melody”, popularizada por el filme ‘Ghost’ en 1990, pero ellos aseguraron que “Elvis la cantó como nadie”, y la verdad es que su visión fue también con mucho fuste. Y sin olvidarse del legado del que les dio nombre en un inicio, recuperaron del mismo modo la inolvidable “Suspicious Minds”, con palmas y hasta explosión guitarrera al final, con solos y todo. 

Anunciaron “una canción de amistad y valores” antes de precisamente “Dame tu amistad”, que contó con la participación de varias fans sobre el escenario. Y Roberto devolvió el favor en “Stand By Me”, seguramente uno de los temas más famosos de la historia, sumergiéndose entre la muchedumbre, previamente a solicitar al personal cantar el estribillo a capela.

En este punto ya nos empezó a incomodar tanta participación, pues no habíamos acudido para realizar acrobacias. “Let’s Rock and Roll” valió para despedirse con dignidad, si no fuera por la desmedida petición de palmas una y otra vez. Regresaron con su “buque insignia” “Te vi correr”, aunque precisaron que nunca habían tenido “barco”. ¿Qué tocó entonces? Pues palmas y más palmas. Ah, y con lo de solicitar gargantas a capela también tenían cierto vicio.

El broche debía ser alguna otra alusión a Elvis y eso llegó con el himno “Can’t Help Falling In Love”, con Roberto con la camisa y el ánimo desatado. Desde luego que esa noche rindieron tributo a sus orígenes por todo lo alto.

A pesar de esa obsesión por la participación del público, el grupo merece seguir recorriéndose los escenarios durante más décadas con el influjo de Elvis, porque están en condiciones para ello y además la gente no se ha olvidado de ellos ni mucho menos. Todo el mundo tiene en la mente la misma canción al hablar de Tennessee, pero no fueron ni por asomo eso que se llamaba un “one hit wonder”. Aquella noche en el Antzoki lo certificaron de sobra.

martes, 20 de enero de 2026

SUPERCREMALLERAS: PRÓXIMA ESTACIÓN, EL ÉXITO

 

Kafe Antzokia, Bilbao

 

Hay grupos de los que te hablan tantas veces que casi resulta una obligación verles en directo. Frente a la desbordante oferta cultural de hoy en día, siempre es necesario prestar atención a esos fenómenos que atraen el aplauso unánime, no porque su estilo sea lo que esté pegando en el momento, sino porque su destreza sobre las tablas rompe barreras entre generaciones y uno acaba saliendo del recinto pensando: “¡Pues sí, es una bandaza!”.  


Todo lo anterior podíamos aplicarlo a los oriundos de Gernika Supercremalleras, que ya habían recalado en otras ocasiones por la capital vizcaína, y por lo que nos dijeron, les teníamos apuntados en la lista de tareas pendientes. Lo cierto es que superaron por completo nuestras expectativas al ofrecer un bolo dinámico, a velocidad de vértigo como si fuera punk, en el piso superior del bilbaíno Kafe Antzokia. Agotaron entradas, lo que ya de por sí certifica el espectacular tirón que poseen por estos lares.

Algunos seguro que se tuvieron que quedar con las ganas por falta de aforo. En el interior, el ambiente estaba de lo más concurrido, con muchas chicas y una desbordante presencia juvenil que les consolidaba como un auténtico fenómeno de nuestro tiempo. El entusiasmo del respetable era como si se tratara de verdaderas estrellas de estadio, coreando desde el primer minuto y creando ese ambiente especial que se siente cuando existe una peculiar conexión entre artistas y público.

 

Presentaban su reciente disco sobre Madrid ‘Avenida América’ y podría decirse que Supercremalleras oficiaron al vertiginoso ritmo de la vida en la capital del Estado. “Un año de mierda” pegó el pistoletazo de salida evocando a Carolina Durante y ese tono confesional que tanto se lleva en los combos de palos similares. Pero se notaba que en su caso no había impostura, sino convencimiento en lo que cantaban y en lo que transmitían en el escenario, que era bastante.

Un detalle fundamental de su directo, aparte de que le echaban muchas ganas, era que sonaban mucho más potentes que en estudio, todo un acierto dada la aparente comercialidad de su propuesta. Habría que puntualizar que no era que fueran excesivamente almibarados, sino que sus canciones eran más bien redondas, como “Rojo”, con potencial de himno desde las primeras estrofas y alusiones tanto a la banda Morgan como al mismo sitio donde tocaban esa noche, el Kafe Antzokia.

 

Esos gestos eran los que hacían piña entre la afición y creaban la hermandad de fans necesaria para que un grupo suba como la espuma. Se dirigían al personal en euskera, pero las interrupciones no fueron demasiadas, salvo las justas para agradecer a la peña y poco más. Allí hablaba la música en primer lugar, por lo que tampoco resultaban inusuales las propias referencias a otros artistas dentro de sus canciones, caso de “Arctic Monkeys” y la manía por cambiar de estilo de estos últimos.

Dadnos cariño, Bilbo”, pidió el vocalista y guitarrista antes de “Al dente”, de los cortes más destacados de su último disco, aunque lo cierto es que mola de principio a fin. El aire power pop de “Qué bien nos quedamos” les emparentaría con los malagueños Airbag, y encima también hablan del verano. Pero si querían  que se fijara la atención en un punto reconocible por la mayoría del respetable en edad de salir de fiesta, ahí estaba “La Riviera”, donde un grupo de chavales recibió la dedicatoria de esa estrofa que hablaba del “pogo de unos pijos”.

 

La cita no tenía pinta de aflojar en ningún momento, pues para elevar la garganta al máximo parecía concebida “Un trato”, antes de volver a mirar hacia el centro de la península con “Fuencarral”, esa siempre concurrida calle de la capital. Se fueron acercando hacia al final con “Perro”, pero “Generación del 27” supuso sin duda uno de los puntos álgidos de la velada, con la peña cantando a pulmón ese glorioso estribillo que habla de “los supervivientes del rock n’ roll”. Los ánimos estuvieron tan exaltados que hasta un espontáneo se subió a las tablas, o quizás se trataba de un colega suyo, pues parecía haber varios de ellos en el recinto.

“Jodido” siguió poniendo a prueba las cuerdas vocales de los fieles y pegaron la estocada con “Ex”, todo un temazo por el que merecerían llenar hasta estadios. “Vamos a petarlo este año”, dijeron antes de despedirse, y no dudamos nada de su palabra si todos sus bolos son como el que vimos aquella noche.

Al fondo del escenario había un cartel como el del metro de Madrid, pero con el nombre del grupo en el medio, algo sobre lo que bromearon aludiendo a su “diez en Plástica”. Ginebras nos enseñaron que en aquel lugar uno incluso podía enamorarse, pero estos muchachos con ganas de comerse el mundo solo deberían escuchar un mensaje: Próxima estación, el éxito.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

SARA ZOZAYA + MAHL KOBAT: POLIFONÍA FANTASMAGÓRICA

 Kafe Antzokia, Bilbao

 

Siempre deberían abrazarse aquellas propuestas que nos permiten desconectar aunque sea unos minutos del mundanal ruido y de los rigores de la rutina cotidiana. No son pocos los artistas que funcionan a modo de puerta de entrada hacia un universo indómito, ajeno a muchas de las leyes del panorama musical o esa dictatorial tendencia de llamar la atención solo durante diez o quince segundos. Pararse un rato para asimilar cosas no se estila para nada, y eso sin duda influye en los paupérrimos índices de comprensión lectora del país, entre otras consecuencias.

Sara Zozaya

La joven cantante, multiinstrumentista y compositora Sara Zozaya empezó tocando el acordeón, pero no tardó en encontrar su propio camino y para los 12 años ya escribía sus propias canciones. En la actualidad la hemos podido ver colaborando con Viva Belgrado, al frente del combo Merina Gris o dando rienda suelta a su faceta en solitario donde salta a la vista que no hay reglas, una pura anarquía artística en la que lo mismo coquetea con el post rock que con el autotune.

Nunca la habíamos visto en directo con su propio espectáculo, por lo que no sabíamos muy bien lo que esperar. Lo que sí que notamos es que ya se ha hecho con un selecto grupo de admiradores que consiguieron abarrotar el piso superior del bilbaíno Kafe Antzokia. La juventud era una amplia mayoría, pero también algunos mayores certificaban que su rollo es completamente intergeneracional, solo de los que se atrevan a cruzar el umbral, sin importar la edad.

Mahl Kobat
 

No pillamos demasiado el punto a Mahl Kobat, el proyecto del ondarrutarra Benat Bidegain, que quizás se tornó demasiado intimista para abrir la velada. Tal vez en otro contexto lo hubiéramos encontrado más apetecible, pero ese día se nos hizo cuesta arriba su palo sosegado. Luego escuchándolo en casa descubrimos que canciones como “Nor Nork II” tampoco estaban tan mal, otro asunto sería si su traslación a los escenarios pudo haberse realizado con mayor energía y atractivo. Un entremés reposado de veras.

Lo que sí que moló fue la transición hacia Sara Zozaya, que no se limitó a la consabida pausa de unos minutos, sino que se trató de una figura casi espectral dirigiéndose hacia el teclado y ocupando su lugar, en silencio sepulcral y con un tocado en el pelo que le otorgaba cierta apariencia decimonónica. Un espectáculo currado que no descuidaba los ambientes ni las sensaciones.

Sara Zozaya, a la guitarra

En teoría, Sara presentaba su reciente EP ‘attä’, cuatro canciones oníricas para elevarse a medio camino entre el dream pop y el ambient, con destellos folk o incluso post rock. No en vano su último lanzamiento ha sido editado por la discográfica Aloud Music, que suele contar en su catálogo con artistas más tralleros o peculiares.

Aparte de esa voz de etérea sirena que atrapaba desde los primeros minutos, engrandeció el recital con imágenes de fondo que contribuían a generar una atmósfera inquietante en su show, muy de David Lynch. Y la artista se metió tanto en su papel que prescindió de las habituales y aburridas presentaciones de temas. Ese tipo de concesiones comerciales no formaban parte de su personal concepto de espectáculo.

 

Nos rompió los esquemas con la revisión muy a su estilo del inmortal “Bizarre Love Triangle” de New Order, que desde luego no esperábamos y nos puso de inmediato la piel de gallina. Qué temón. Un contexto en el que las piezas del reciente ‘attä’ se amoldaban con la precisión de un rompecabezas y ganaban en intensidad respecto a lo que podía escucharse en estudio. Reinaba en el recinto un silencio tan respetuoso y sepulcral que hasta los camareros evitaban mover demasiado los hielos de las bebidas para no perturbar la magia generada.

Pero Sara tampoco se limitó a permanecer hierática al teclado, cogió la guitarra en “xxx”, si no me equivoco, y en algún que otro tramo. En esos momentos percibimos que sus atmósferas eran bastante similares a las del post rock, tal vez no siempre en cuanto a intensidad, pero sí en lo que respectaba a su espíritu.

 

Con una concentración que revelaba lo mucho que se esforzaba en ofrecer un cuidado espectáculo, ofició de manera sobria, ya lo hemos dicho, pero no fría ni distante, pues su música es cálida, como un refugio en plena noche invernal de las de antes. Utilizaba de vez en cuando autotune, pero para ella no era un recurso para suplir carencias vocales, en ese sentido iba bastante sobrada, sino un elemento más con el que transmitir la idea que tenía en mente.

La pantalla de fondo poseía del mismo modo entidad suficiente para convertirse en parte relevante del conjunto, no se trataba de meras imágenes aleatorias. Hubo un momento particularmente impagable en el que bajo un fondo de estrellas su voz se fue perdiendo como si fuera una galaxia lejana, un recuerdo de otros tiempos. Y de esta manera tan evocadora acabó el recital, así sin apenas darnos cuenta.

Fue un concierto breve, quizás demasiado, pero con emociones a flor de piel y un respeto sobrecogedor por parte del público. Toda una polifonía fantasmagórica con voz de sirena, teclado espacial y la épica atmósfera del folk o el post rock. Para no regresar jamás. Pura magia.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

DUTCH MUSTARD + BARRRK + ONNO: LO VERDADERAMENTE INDEPENDIENTE

 

Sala Azkena, Bilbao

 

Pocas etiquetas existirán más manoseadas y manipuladas en la actualidad que la de independiente. Es curioso cómo dicho término es esgrimido sin rubor lo mismo por grupos con una multinacional detrás que por oportunistas sin escrúpulos que no dudan en apuntarse a cierto carro para sonar contemporáneos y que no les vinculen con música pretérita de la noche de los tiempos. Un mero postureo como el de la mayoría de los que se declaran indies sin serlo o los que ven un halo de superioridad intelectual en cualquier cosa con el calificativo de alternativo.

 

Dutch Mustard

Frente a modas pasajeras, todavía existen algunas oportunidades de catar el puro underground, el de verdad que nace en los garitos y no va paseándose como si tuviera que perdonar la vida a la pobre masa inculta que no aprecia los manjares selectos de los elegidos. El festival Bilboloop siempre ha sido un ejemplo de espíritu independiente, al apostar por talento emergente y dar voz a propuestas que de otro modo seguramente ni hubiéramos reparado en ellas.

Habían preparado además este año una interesante jornada con un bolo previo de Onno, proyecto en solitario de David Hono de Sonic Trash, en el Ambigú, una suerte de entremés antes de que el grueso del personal se dirigiera a la sala Azkena. El propio David nos contaba cómo le dijeron para tocar a última hora y para ello preparó algunas canciones en formato acústico. Por una de esas curiosas carambolas del destino se encontraba por la zona la pluriempleada y muy competente batería Mariana (Maika Makovski), así que ese detalle engrandeció todavía más la cita.

David Hono (Sonic Trash) junto a Mariana (Maika Makovski)

Lejos de conformarse con recurrir a piezas populares para que el personal canturreara, David optó por versiones más sibaritas, caso de “Just Like The Rain” de Richard Hawley o “The Book of Love” de The Magnetic Fields. Pero hubo también alguna concesión cercana al mainstream, caso de “Redemption Song” de Bob Marley & The Wailers, que fue la que mejor les quedó, aparte de un claro indicativo de la espectacular versatilidad que maneja David, capaz de hablarte lo mismo de The Cure que de Bruce Springsteen. Grandes.

Había ganas de comprobar el potencial en directo de los locales Barrrk, con un post punk de filo contemporáneo que prometía desplegar todo su potencial en las distancias cortas. Y así fue, gustaron tanto al respetable que muchos dijeron que fue lo mejor de la velada. La verdad es que eran muy buenos, con una frontwoman enérgica, con el descaro suficiente para subirse a las tablas de cualquier garito.

Barrrk
 

En lo musical, se notaba que bebían de diversas fuentes, pues podrían evocar tanto propuestas recientes como la de los también locales Ezezez que asemejarse a un grupo de la época de la Movida, su canción “Perro” podría ser un inequívoco ejemplo de esto último. Diríamos además que quizás brillen más cuando emplean el castellano en vez del euskera o el inglés, ese aspecto todavía no lo tienen suficientemente definido. En cualquier caso, hay que apuntar su nombre y repetir en bolos suyos. Son un grupazo.

Otro combinado interesante ofrecían los londinenses Dutch Mustard, cuya carrera comenzó en Países Bajos antes de asentarse en la capital de Reino Unido y que basculaban entre el dream pop, el shoegaze de corte noventero y el rock alternativo de la misma época. Como suele suceder otras veces que tocan grupos locales, pensábamos que el grueso del personal huiría del recinto como bellacos, pero para nuestra sorpresa se quedó bastante gente, lo cual celebramos.

Dutch Mustard, en pleno éxtasis
 

Era su primera vez en la península y su elegante vocalista demostró talento de sobra desde el inicio con la grungera “A Song For Dreamers” antes de adentrarse en terrenos más vaporosos con “Loser”, con una atmósfera muy similar a Slowdive. También su música poseía cierto influjo de PJ Harvey, algo que se sintió sobre todo en “Broke Me”, pero sin duda uno de los picos de la noche lo alcanzaron con la flotante “Dreaming”, de los mejores temas de su catálogo.

Por desgracia, no cuentan todavía con un amplio cancionero, así que su tiempo en escena no fue demasiado, el suficiente para hacerse una buena idea de su potencial gracias a la amplia paleta de estilos que manejan. “Life”, lo último que han editado hasta la fecha, si no me equivoco, sonó en los estertores finales, casi como si fuera un experimento de Trent Reznor y NIN.

Dutch Mustard, clavando las atmósferas flotantes
 

“Feel Everything” puso la guinda evocando esas atmósferas oníricas a lo The Cure que bordan a la perfección y que les emparentan del mismo modo con el legado que dejó el género alternativo y shoegaze durante la década de los noventa. Pues hasta aquí dio de sí una velada variada que además contó con el beneplácito de la afición, toda una sorpresa, pues pensábamos que estaríamos cuatro gatos.

En suma, Bilboloop cumplió de sobra su cometido de acercar propuestas fuera de lo común a los aficionados de a pie que no se guían por modas ni estímulos pasajeros, aquellos que apuestan por lo verdaderamente independiente y no se les caen los anillos a la hora de acudir a bolos de bandas que no se conocen demasiado. La auténtica actitud indie, lo demás es postureo.