jueves, 10 de marzo de 2016

BLUES PILLS: ESE ROLLITO HIPPIE



Kafe Antzokia, Bilbao

Lo cierto es que el buenrollismo ha hecho mucho daño. Ya advertía Kiko Amat que aquellos entusiastas del LSD y el amor libre son los únicos que creen que todo el mundo es bueno. “Y así les va”, añadía con su sorna habitual. Tal vez el periodista catalán exagerara un poco, pero no conviene pasar por alto la recomendación. Y más después de que aquellos jóvenes antaño rebeldes se mezclaran entre la progresía política y dieran lugar a la absoluta degeneración de los valores de izquierda. Cuando Jorge Martínez de Ilegales dijo “vamos a dar por el culo a todos estos hippies”  poco antes de montarse una bronca monumental sabía perfectamente lo que hacía.

Y ese tufillo en apariencia contracultural ha llegado hasta nuestros días en multitud de combos psicodélicos, entre ellos los transnacionales tan en boga Blues Pills, surgidos de las cenizas de Radio Moscow tras una disputa con guitarras volando, quince puntos de sutura y la huída de la sección rítmica que dejó al coloso Parker Griggs más solo que la una. Por suerte, la sueca Elin Larsson conoció a un par de tipos en California y no tardaron en grabar una humilde maqueta en el garaje del padre de uno de los chavales. Todo en familia.


El resto es historia conocida, su fichaje por la escudería Nuclear Blast y su posterior boom hasta convertirse en referencia imprescindible en los festivales veraniegos, para demostrar que también se apuesta por talentos emergentes, faltaría más. Por eso mismo no extrañó que una considerable muchedumbre llenara sin llegar a reventar el Antzoki bilbaíno, había entre el respetable muchas chicas, como suele ser habitual en los grupos con fémina al frente, quizás por una mal entendida solidaridad.

Llegaban hinchadas las expectativas ante los austríacos White Miles, dúo con hembra descocada y batería animal que se mueven entre el stoner y el hard rock enérgico. Hay que reconocer que su puesta en escena tenía garra con la voceras ofreciendo el mástil a modo de sacrificio a la concurrencia, pero sus temas tampoco eran nada del otro jueves. A veces se vislumbraban ciertas miraditas entre ellos, pero estaban a años luz de la complicidad de Niña Coyote Eta Chico Tornado, un ejemplo muy en su rollo. Y a nivel musical los de Donosti también se los comerían con patatas.


Con un nombre inspirado en un blog de música setentera, Blues Pills cuidan hasta el mínimo detalle para asemejarse a un grupo a la antigua usanza, ya desde ese mismo escenario con luna y estrellas que invita a sentarse con las piernas cruzadas y liarse un porrillo. Una intro devenida en “Black Smoke” ejerció a modo de sustancia embriagante, aquello sonaba en condiciones, aunque la voz tampoco era para tanto como en estudio.

Pero algo además fallaba. Eran fríos como témpanos, casi ponían idéntico sentimiento al de un funcionario acostumbrado a fichar por las mañanas. A cumplir y punto. Elin se situó en una inexpugnable torre de marfil y no hubo manera de bajarla de ahí, imperturbable, distante, aparte de sus movimientos de melena en bucle, hemos visto gatos de escayola con mayor movilidad.


Y las dos columnas que le flanqueaban tampoco hacían demasiado para animar el cotarro, es más, parecía una especie de Día de la Marmota con los mismos efectos de guitarra y triquiñuelas repetidos una y otra vez hasta el infinito, unos convidados de piedra a los que se podría dejar tranquilamente cuidando niños o cualquier otra labor doméstica que a la vuelta seguirían en sus trece. Pesaba mucho la sombra psicodélica y a veces incluso se atragantaban, en especial en esos interludios instrumentales que se antojaban largos hasta la extenuación.

El raquítico repertorio no daba para mucho al contar solo con un álbum de estudio, por lo que no cabría esperar una duración descomunal, aunque recurrir al viejo truco de alargar canciones sin ton ni son no resulta lo más decente. Rememoraron a Hendrix en “Bliss” y “Gipsy” añadió un poco de ímpetu, a la par que mandaban levantar manos al cielo y algunos cerraban los ojos en trance. Y seguramente si hubiera habido barro por ahí, más de uno se habría revolcado alegremente.


Lo único cercano a despertarse fue “High Class Woman”, donde Elin incluso amagó con bajar las escaleras a codearse con los mortales de a pie, aunque esa barrera artificial colocada entre artistas y respetable ya no reventaría ni con dinamita. Era algo así similar a esas cúpulas de cristal que suelen aparecer en pelis de ciencia-ficción para prevenir ataques del espacio exterior. Ni con una grúa se les sacaba de su ensimismamiento.

Y el comienzo de “Little Sun” a lo “Stairway To Heaven” suscitó una amplia ovación entre la parroquia, no era para menos, aunque siguieron sin transmitir la intensidad que uno escucha en su casa. La vuelta para los bises tras una hora escasa por lo menos nos trajo un tema nuevo en el que Elin por fin brilló a la voz y se lució tanto que hasta alguno gritó “¡Wow!”. Y en esa tónica se mantuvieron al final con “Devil Man”, otro saqueo más a Zeppelin con ese inicio que recuerda a “When The Levee Breaks” en el que la voceras volvió a cosechar aplausos por sus alardes vocales.


Vaya, justo cuando ya habían calentado lo suficiente, van y se piran. Muy sueco, sí señor. La peña se entregó empero a ese rollito hippie, muy vistoso, pero que en realidad esconde múltiples carencias. Dicen que la banda a la hora de elegir su nombre tuvieron que soportar unas cuantas coñas debido a que podría llegar a confundirse con la Viagra. Lo cierto es que esa noche tampoco levantaron demasiado. Tal vez se trate de un mero placebo.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA

martes, 8 de marzo de 2016

JAMES ROOM vs TOM WAITS: AGUARDIENTE Y VINO BARATO



Teatro Campos, Bilbao

La actual invasión de bandas tributo ha propiciado que se menosprecie el sincero acto de rendir homenaje a un músico concreto. Porque, como todo en la vida, sigue habiendo clases. Una cosa son los jetas que se aprovechan del repertorio ajeno de grupos todavía en activo y que no sería muy complicado ver en cualquier momento y otra muy distinta es la veneración respetuosa y con el nivel adecuado hacia artistas ya fallecidos o que para catar un directo sea necesario casi una conjunción de los astros.

El ciclo Izar & Star lleva ya un tiempecito haciendo bandera de lo último con cuidados eventos que ya pasarán a formar parte de la historia concertil de la villa. A las pasadas citas antológicas centradas en Lou Reed o Neil Young, habrá que sumar sin vacilación alguna la impecable revisión que se marcó el genial James Room de Tom Waits, cubriendo casi todos los aspectos de la obra de la coz cantante, esto es, blues pantanoso, folk intimista, swing, cabaret o esa vertiente tan experimental como inclasificable. Desechó las puras obviedades comerciales tipo “Jersey Girl” o “Downtown Train”, pese a que incluso la solicitó una espectadora, para ejecutar con una solvencia envidiable un repaso a sus obras más características como ‘Rain Dogs’, ‘Frank’s Wild Years’ o su recordado debut ‘Closing Time’.


Debería ser denunciable empero escuchar en un recinto sin poder fumar y sin barra de bar canciones inspiradas por esa peculiar voz que el crítico Daniel Durchholz describió “como si hubiese estado sumergida en un depósito de Bourbon, ahumada durante unos meses y luego llevada fuera y atropellada por un coche”. Tampoco había por allí demasiados bohemios, sino pureteo a tope y chicas elegantes que hasta se atrevían a sentarse en el suelo en plan hippie cual vulgares perroflautas.

El folk bucólico y luminoso de The Tallest Man on Earth a cargo de Pierrot, nombre tras el que se esconde el bilbaíno Jon Urrutia, no resultó tan soporífero como imaginábamos después de catar algunas composiciones del original compositor sueco. La culpa de ello estuvo en los acompañantes de relumbrón de los que se rodeó, como por ejemplo Ander Unzaga de Travellin’ Brothers a las teclas, que se marcó al final un espectacular solo con el resto de sus compis mirando y que fue recompensado por la concurrencia con varias salvas de aplausos. Superó las expectativas.


Cualquiera no vale para interpretar piezas de una figura tan poliédrica y compleja como la de Tom Waits, pero si alguien ha nacido expresamente para ello, ese es el cantautor local James Room, un elegante tipo barbudo, con sombrero y chaqueta americana que podría confundirse con tranquilidad con un respetable señor de Wisconsin, Colorado o algún estado sudista. Porque para empaparse del espíritu de un artista no vale simplemente con escucharse su discografía completa, sino captar su contexto cultural, saber quiénes eran Bukowski, Kerouac o el resto de la Generación Beat que tanto influyó en un inicio al bardo de Pomona.

Y mucho debería equivocarse un servidor para advertir todo ello en la magistral actuación de este bilbaíno fronterizo, que ya desde el mismo comienzo consiguió ponernos el corazón en un puño con un recogido “Blue Valentine” acompañado del miembro de Quaoar y guitarrista de su banda Weird Antiqua ‘The Malamute’. Y ya con los compis que faltaban se marcaron un “Trampled Rose” aindiado y con aires de chamán que recordaban a Woven Hand y al Reverendo David Eugene Edwards, incluidos los gestos de rebanarse el cuello y entrar en trance. 


Cambiaron de tercio total con un inmenso “Heartattack and Vine”, enfatizando en el ritmo arrastrado de garito humeante y logrando que gran parte de la parroquia chasqueara los dedos y se moviera al son de esa música tabernaria. Y el personal no paró de danzar con “Ice Cream Man”, transformada en un frenético swing con parejas emulando epilépticos pasos de baile en plan años 20 y con James agachándose, dando palmas y girando sobre sí mismo igual que si fuera el mismísimo Waits. De cátedra.

“Podéis seguir bailando, pero ahora más abrazados”, dijo el carismático voceras antes de atreverse con la jazzera “All The World Is Green” y la arrabalera “Little Drop of Poison”, donde demostró su inconmensurable chorro de voz. Para quitarse el sombrero. Lástima que no hubiera bohemios por ahí.
Y en esa línea canalla profundizó con “I’ll Be Gone”, otra pieza cabaretera que evocaba las calles del parisino barrio de Montmartre. Ya tiene mérito interpretar temas de Waits con semejante nivelazo. Hicieron un pequeño paréntesis al rescatar “Jailed Lion” del debut de James Room, pero se mutó de tal manera con el resto del repertorio que apenas se notó la diferencia.


No podría entenderse un homenaje a la coz cantante sin “Jockey Full Of Bourbon”, que contó además con cencerro y poso bluesero a la voz. Y uno de los cortes más queridos por los seguidores es “Alice”, que da nombre a una obra de teatro de idéntico título y que a la voz de James no disminuyó un ápice de intensidad. Aquí hubo que sufrir a un par de guapitas rajando como si estuvieran en la pescadería, pero por fortuna no tardaron en marcharse del evento demostrando su profunda ignorancia.

“Os va a costar reconocer el principio”, advirtió el bueno de Room antes de “Chocolate Jesus”, otro tema de garito con armónica impresionante y peña bailando como en los vídeos de Nick Cave. Y según comentó el vocalista, muy apropiada resultaba “Rain Dogs” para una jornada lluviosa desapacible, al igual que “Make It Rain”, casi invocando al dios de la lluvia a ritmo de blues arrastrado y acercándose en el aspecto vocal al inmortal Joe Cocker. Un poderío que se confirmó cuando James aparcó el micro y se dejó las cuerdas vocales gritando en frente de los asistentes y lanzando confeti. Como los grandes.


Semejante despliegue de versatilidad propició que los bises se reclamaran a pleno pulmón y entonces hubo un recuerdo para el recientemente fallecido miembro fundador de The Eagles Glenn Frey, uno de los responsables de que se popularizara “Ol’ ‘55”, imprescindible himno del debut de Waits ‘Closing Time’. Mención aparte resultaron en este sentido los coros de Iñigo, cantante de Quaoar que aquí se dedica a tocar la batería con notable precisión. Hasta una pareja se besó de la emoción.

Y el epílogo con “Anywhere I Lay My Head”, con megáfono incluido, encajó en esa perfecta maquinaria en la que se convirtió el repertorio, cuidado hasta el extremo. Definitivamente, lo de esa noche fueron algo más que simples versiones, sino creaciones de otro revestidas con un perfume propio y embriagador. El del aguardiente y el vino barato. El de un tipo que se creía el puto amo. El puto Tom Waits.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA









viernes, 4 de marzo de 2016

DUSTAPHONICS: UNA PELIRROJA AUTÉNTICA



La Nube, Bilbao

La corrección política y la gilipollez de algunos llegan hasta extremos insoportables. No hace mucho hubo una estéril polémica acerca de un cartel considerado sexista porque aparecía una mujer lanzando un beso a lomos de una bici. Es el signo de los nuevos tiempos, que se muestran implacables con determinadas conductas y tan laxos con lo que de verdad debería ser preocupante.

Cualquier susceptible que lea el titular de esta crónica pensará enseguida que el que escribe estas líneas es un retrógrado insoportable por aludir al aspecto físico de una fémina, o peor aún, al color de su cabellera. Pero muchas veces el orden sí que altera el producto y no produce el mismo efecto colocar un adjetivo antes o después de un nombre. Cuando se hace lo segundo, se establece un matiz restrictivo que delimita el alcance de lo anterior y lo diferencia del resto de su especie. 

La radiante pelirroja Hayley Red.
 Por ello, estimamos que no supone perjuicio alguno mencionar la principal seña de identidad externa de la espectacular vocalista de Dustaphonics Hayley Red y a la vez resaltar ese carácter decidido que le permite montar un jolgorio impresionante en una sala inmensa, un garito reducido y seguro que incluso en el salón de su casa. A esta chica le hierve la sangre, no hay duda.

Porque solo de épico podría calificarse lo vivido aquella noche en la primera edición del Nubefest, festival montado en el ya mítico enclave concertil del barrio bilbaíno de Santutxu, que por su incesante agenda cada día parece más la cuna de la civilización occidental. Y eso que afuera hacía un tiempo totalmente desapacible que invitaba al perpetuo plan casero de peli y mantita y convertía una incursión al exterior en toda una aventura.


Había un buen motivo para dejarse caer por allí, porque aparte de apoyar estas dinámicas iniciativas culturales, se había configurado un plantel humilde muy digno con la aparición estelar de los británicos Dustaphonics, que estuvieron por estos lares hará un año en el Kafe Antzoki y ya nos obligaron a recordar su nombre para futuras ocasiones.

Calentaron el ambiente primero los valencianos colgados Ukelele Zombies, que se asemejaban a una suerte de versión garajera de Eskorbuto, con un desparpajo total a las tablas y un descaro cercano a la irreverencia de los soberbios gallegos Novedades Carminha. Contaron chistes como si estuvieran entre colegas, censuraron a Carlos Goñi “por seguir vivo” y en sus momentos ruidosos o surferos evocaron a los mexicanos Los Explosivos, que también se pasaron por el mismo local hace un tiempecito. Muy entretenidos estos jartos de la vida.

Ukelele Zombies, la versión garajera de Eskorbuto.
 Ante una nutrida multitud  con ganas de bailoteo, la coctelera de Dustaphonics con marcado sabor a Bo Diddley comenzó a agitarse con “When You Gonna Learn” y para cuando se arrancaron con la participativa “Party Girl” la voceras Hayley ya se había quedado con el personal. La pelirroja estuvo inmensa en el apartado vocal y se erigió en el alma del fiestón que se estaba montando, chocó manos con la peña, sacaba a algunos a bailar con ella y el reducido escenario del garito se antojó muy pequeño para soportar las envestidas de ese huracán rojizo que asolaba los cimientos.

Era imposible aburrirse por el amplio espectro que abarcaban los británicos, ese que va desde el protopunk vía MC5 hasta el soul o el surf instrumental de “Showman Twang Tiki Gods”, muy del estilo del “Misirlou” de Dick Dale, parte indisoluble del acervo cultural del populacho desde ‘Pulp Fiction’. Y lo cierto es que no se antojaba complicado conectar con temazos adrenalínicos como “Mojo Yar Bones”, cuyo “ohhh” del estribillo fue repetido por la parroquia con una fidelidad asombrosa.


Cualquiera se apuntaría al jolgorio con los punteos al tuétano de “Eat My Dustaphonics” realzados por los contoneos de Hayley o esos acordes que evocan la ola perfecta en “Grand Prix”. Preguntaron si nos gustaba más Bo Diddley o The Ramones y ante la división de opiniones optaron por la tercera vía, esto es, intercalar en un mismo tema fragmentos de ambos y elevamos gargantas por Diddley, pero también entonamos el mítico grito de guerra “Hey, Ho! Let’s Go!”, que devino en una lluvia de incesantes “Gabba Gabba Heys”. El colofón ideal.

Ya se habían marcado una ristra considerable de canciones, pero no estaba en su voluntad dejar al personal sin los preceptivos bises y volvieron con una pieza instrumental en la que sacaron a chicas del público a bailar, alguna incluso con mucho desparpajo hasta movía la cabeza como poseída. Y para no romper la paridad, los chicos no iban a ser menos, así que dedicaron a los machos un rudo rockabilly que rememoraba el “Whole Lotta Shakin’ Goin’ On” del ‘Killer’ Jerry Lee Lewis.


Y también hubo recuerdos para los músicos de la audiencia, aunque la verdad es que tampoco había demasiados. Era una obligación dejarse chillando las cuerdas vocales, por lo que si no se cumplía esta regla, Yvan y los suyos paraban abruptamente hasta que se insuflara el calor requerido, como de hecho hicieron en una ocasión. Su refinada energía punk no aceptaba combustibles mediocres o de baja calidad.

Retornaron de nuevo y algunos hasta perdieron la cuenta  de las veces que volvieron a coger los instrumentos, parecía que aquello no iba a acabar nunca y que tocarían por lo menos hasta el amanecer. Les dio lo mismo que hubiera treinta, cuarenta o cien mil personas, se desvivieron para que la concurrencia acabara sin aliento. Todo un ejemplo de profesionalidad.


Y en un altar habría que colocar asimismo a esa pelirroja auténtica que comandó a las huestes fiesteras a un vertiginoso aquelarre con la música como leit motiv. Afuera hacía un tiempo de perros que invitaba a guarecerse, pero el calor humano que se desprendió esa noche no fue normal. Aquello sí que era un refugio a salvo de inclemencias.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA


martes, 1 de marzo de 2016

THE LOVE ME NOTS: UN GARAJE SUDOROSO



Sala Satélite T, Bilbao

Hay personas que revolucionan las tablas. Da igual por donde pasen. A un servidor le vienen ahora a la cabeza los saltos al público del casi septuagenario Iggy Pop, los múltiples desvaríos escénicos de Juliette Lewis, o en otro plano, la fuerza poética y el inefable aura que todavía sigue conservando Patti Smith en las distancias cortas. No faltan referentes que conviertan el para algunos rutinario hecho de subirse a un escenario en una auténtica celebración de la vida, un inaudito despliegue de energía que distingue a las almas puras de las que parecen estar bajo tierra desde antes de tiempo.

Herederos de toda esta tradición de figuras epatantes son The Love Me Nots, combo paritario de Phoenix, Arizona, que ya en los primeros momentos de su trayectoria recibieron un importante espaldarazo de público allá por el pleistoceno vía My Space. En vista de la demanda, no tardaron en patearse el suroeste norteamericano y conseguir aparecer en diversas radios del país, incluido en ‘The Underground Garage’, el popular programa del escudero de Bruce Springsteen Steve Van Zandt y que es considerado una especie de gurú dentro del rock.

Las  chicas de The Love Me Nots.
 Su visita a la península estaba ya marcada en rojo por gran parte del rockerío local, por lo que no extrañó que el Satélite T volviera a registrar una afluencia más que reseñable para un día entre semana. Por desgracia, como les pasó recientemente a las chicas de The Baboon Show, a la banda le pilló una gripe en medio de la gira y se vieron obligados a cancelar el show de Valencia. De hecho, nos comentaron que previamente al bolo bilbaíno andaban con 39 de fiebre, por lo que la espada de Damocles de la suspensión revoloteaba por ahí.

Pero The Love Me Nots entraron a escena con determinación y casi pareció que se olvidaron en la maleta su estado febril. “¡Es la magia del rock n’ roll!”, decía el promotor como si se hubiera producido un milagro bíblico similar al de los panes y los peces. Y menos mal que en teoría estaban de capa caída, no queremos imaginar en lo que se habría convertido aquello si llegan a estar en plenas facultades. 


Evocando el poso psicodélico de The Doors a través del teclado y con contoneos sensuales escuela The Cramps, no tardaron en engatusar con “Don’t Let Him” y “You Gotta Go”, piezas que abren su último largo ‘Sucker’. Tenían además una bajista estilosa a lo Poison Ivy, impasible, pero con clase. Una pena que se hubiera olvidado ese sombrero con el que aparece en las fotos promocionales.

La voceras Nicole era un auténtico huracán, deudora absoluta del cuelgue en escena de Juliette Lewis y expulsando de vez en cuando verborrea poética cual Patti Smith. A veces incluso tocaba el teclado en posiciones inverosímiles y el bolo se acercaba a una especie de feria gitana, una sensación acrecentada por sus movimientos de manos. Faltaba echar las cartas.

Posiciones curiosas para tocar el teclado.
 “You’re Really Something” se amoldó más a lo que podríamos entender por garaje, aunque lo cierto es que bebían de varios estanques, porque aparte de los omnipresentes The Cramps llegaban ecos de The Stranglers o incluso de The Zombies u otras insignes figuras de la British Invasion. Y de vez en cuando sorprendían con un blues de garito humeante tipo “Broken”, un tema de esos para acomodarse en una esquina con un sombrero y mirar al resto de la concurrencia con cara de perdonavidas, como si realmente fuera su día de suerte. Os habéis librado, chicos.

Aparte de las vistosas féminas, se notaba que tanto el batería como el guitarra, que respondía al etílico nombre de Michael Johnny Walker, andaban también muy rodados. No en vano se han recorrido en varias ocasiones la costa oeste estadounidense y no es tampoco la primera vez que llegan hasta Europa. En su currículum de actuaciones en vivo figuran shows compartidos con auténticos personajes de relumbrón como Joe Cocker, The Jim Jones Revue o Supersuckers.


La cantante había comenzado con pelo liso, pero para estas alturas ya parecía una leona total, era lo normal con cortes enérgicos como “The End Of The Line”. Contamos además con la participación de un improvisado traductor simultáneo que nos iba relatando las palabras de Nicole, se requirió tanto sus servicios que únicamente le faltó salir a cantar.

No se olvidaron por supuesto de su trallazo “You’re Not Giving Me Enough” o del aire ye-ye de “Make Up Your Mind”, con ese ineludible colchón de teclado que te sumergía en una burbuja psicotrópica. El personal estaba tan desbocado que el guitarra no dudó en adentrarse en el mar de fieles. Y ante los requerimientos de la afición regalaron el bis “I Do”, ideal para conducir con gafas de sol en un descapotable por la Ruta 66 y hacer una parada en algún garito de mala muerte.

El etílico Michael Johnny Walker exprimiendo la guitarra.
 Dice la leyenda que The Love Me Nots se formaron en un garaje sudoroso de Phoenix  en el caluroso verano del 2006. Por esas latitudes tendría que pegar de cojones, eso no cabe duda, aunque no debería diferenciarse demasiado del ambiente asfixiante vivido aquella noche en el Satélite. El sudor congénito de unos amantes de la vida en la carretera.

TEXTO Y FOTOS: ALFREDO VILLAESCUSA